El dolor por el accidente pasó. El reloj no se detuvo más.
Recuperé el sueño, la tranquilidad, la paz.
Algo en mí había cambiado gracias a toda esta experiencia.
Yo no era la misma persona, no era la misma mujer.
Algo cambió en mí, y era él quién lo había provocado.
La escasa inocencia, mi orden de preferencias que no hace
mucho dominaba como lista maldita, mi carácter dulce y mi sobredosis de responsabilidad, habían dejado paso a una
profunda melancolía, a un sentimiento de no querer tener vida fuera de la
revista y a la sensación más intensa de desprotección sólo desaparecida tras la
cámara de fotos.
Habían pasado cuatro meses, cuatro meses en que no había
vuelto a saber nada de él. Nada. No hay mensajes subliminales. No hay presencia
en ningún bar. Como si se lo hubiese tragado la tierra . Pero pese a ello, mi
primeriza sensación de angustia por no tenerle , con el tiempo, había decidido
ocultarse.
Supongo que el instinto nato de supervivencia y de no querer mirar
atrás, sobre todo si los hechos del pasado te queman tanto por dentro como si
te retorcieran el corazón con una sola mano y tú lo estuvieras viendo , algo tuvieron que ver.
No. Debía mirar hacia adelante, debía centrarme en mi
trabajo. Debía....
Una mañana llegué más tarde a casa de lo que era habitual en
mí. La revista me envió a cubrir un evento a unos 40 km y teniendo en cuenta
que me sobrevino la noche en la carretera, tampoco quise darme demasiada prisa.
Subiendo en el ascensor sólo podía pensar en llegar, tomar
un baño y relajarme en el sofá retomando la lectura del libro que dejé a medias
hace ya unos meses , y acompañar mi paladar con el dulce sabor afrutado de un
buen vino rosado que había comprado hace poco en la vinacoteca de la calle 56.
Nunca hasta ahora , con la casa a oscuras y la luz de la
luna entrando por las ventanas , me había percatado del embrujo que suponía
encontrarse sola en casa, y realmente me apetecía.
Tras respirar hondo y quitarme los zapatos que llevé en la
mano hasta el dormitorio, sin encender las luces ya que la tenuidad de la que
entraba por la ventana iluminaba relajadamente, me dispuse a preparar el
delicioso baño de agua tibia, y tras servirme una copa de vino y colocar una
toalla enrollada a la altura del cuello, estuve tan relajada que el agua acabó
enfriándose y yo no me había dado cuenta.
Salí de él, me coloqué el albornoz y cuando me dispuse a
entrar en el salón algo hizo que me detuviera en la puerta.
Tenía la extraña sensación de que algo alteraba el aire, de
que éste se había vuelto más espeso de repente. Me adentré unos pasos y al
observar el sofá, la figura de unos hombros y una cabeza sobresalían.
Caminé lentamente hacia donde esa figura se encontraba, pero
el hecho de que se levantara y se diera la vuelta me detuvo en seco.
No hacían falta más luces que aquella inmensa y cercana luna
llena entrando lateralmente y cubriéndolo todo.
Cuatro meses que no sabía nada de él. Cuatro meses, y ahora
se encontraba delante mía, observándome como solía hacer. Sin decirnos nada. No
hacían falta palabras, ni gestos. La conexión entre nosotros no había cambiado.
Aquella conexión que a él ,con ventaja indiscutible por ser lo que es, le
permitía hasta leerme el pensamiento. Aquella conexión que a mí, desde que mi
entrega fue absoluta, me permitía entender el lenguaje no verbal de sus más que
expresivos e intensos ojos azules.
Rodeó el sofá, y se acercó a mí lentamente.
Yo me apoyé sobre mis manos en la moldura de la puerta.
Cerré los ojos deseando que todo aquello fuese un sueño porque era consciente
de que volvería a perderle y no sabía hasta que punto podría volver a
soportarlo.
Sin embargo no era un sueño.
Sentí su respiración en mi cara, su mirada , sus
labios suaves y tiernos en mi mejilla izquierda. No, aquello no era un sueño.
¡Oh Dios ! Como te había echado tanto de menos. Pero ¿Cómo se podía añorar
tanto a alguien a quien apenas conoces? ¿A alguien que tras contarte su
tenebrosa realidad te dice que eres una misión ? ¿A alguien aparentemente
maldito?
Con el revés de su mano, acarició mi rostro con una delicadeza
infinita, casi contemplativa , mientras yo continuaba sin querer abrir los
ojos.
El silencio se rompió con un más que reconocido suave
susurro.
- Mírame.
No quería. Para mis adentros pensaba ¿Y si en realidad no es
él? ¿Y si es o...?
Sólo había una forma de afrontar la verdad. Le miré.
Nunca nadie, ni él, se había apoderado de mis labios con tal exquisita candidez, esperando la misma respuesta por mi parte. Y a cada ligero
giro , a cada ligera presión, la intranquilidad desapareció encontrarme en otro
mundo, un mundo de confianza plena , sin temor. No había pasado, ni presente.
El futuro ni se cuestionaba. Sólo él y yo.
Sus caricias y entrega total como el amante más tierno y
entregado, como el artista que mima cada trazo de su pintura y acaricia cada
pasada de su escultura de barro. Sin prisa. El reloj había vuelto a pararse sintiendo cada traza de su cuerpo junto al mío. Sin pausa. Como si tuviésemos
toda la vida para una entrega permanente . La entrega más pura y sincera que
podía manifestarse entre dos cuerpos.
Algo había cambiado en él, pero no me
atrevería a interrumpir aquella entrega cual devoción por su hermosura.
Mi deseo, aquel odioso y al mismo tiempo amado deseo de
poder tenerle en mí al menos una sola vez .
Temor. Temor a que efectivamente volviese a desaparecer ,
esta vez para siempre. Temor que afloraba en mí en forma de lágrimas
silenciosas y de estrecharle aún más si cabía contra mi cuerpo para que no se
escapase.
Su mirada dulce tranquilizadora y sus dedos entrelazados
con los míos, sólo eran superados por una sola única palabra. Una palabra
venida de sus labios, venida de su voz. "Tranquila".
FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos Los derechos reservados)
FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos Los derechos reservados)

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