sábado, 21 de febrero de 2015

ENCUENTROS: Capítulo octavo. El tiempo ¿lo cura todo? (Aviso + 18)

El dolor por el accidente pasó. El reloj no se detuvo más. Recuperé el sueño, la tranquilidad, la paz.

Algo en mí había cambiado gracias a toda esta experiencia. Yo no era la misma persona, no era la misma mujer.
Algo cambió en mí, y era él quién lo había provocado.

La escasa inocencia, mi orden de preferencias que no hace mucho dominaba como lista maldita, mi carácter dulce y mi sobredosis de responsabilidad,  habían dejado paso a una profunda melancolía, a un sentimiento de no querer tener vida fuera de la revista y a la sensación más intensa de desprotección sólo desaparecida tras la cámara de fotos.

Habían pasado cuatro meses, cuatro meses en que no había vuelto a saber nada de él. Nada. No hay mensajes subliminales. No hay presencia en ningún bar. Como si se lo hubiese tragado la tierra . Pero pese a ello, mi primeriza sensación de angustia por no tenerle , con el tiempo, había decidido ocultarse.
Supongo que el instinto nato de supervivencia y de no querer mirar atrás, sobre todo si los hechos del pasado te queman tanto por dentro como si te retorcieran el corazón con una sola mano y tú lo estuvieras viendo , algo tuvieron que ver.

No. Debía mirar hacia adelante, debía centrarme en mi trabajo. Debía....
Una mañana llegué más tarde a casa de lo que era habitual en mí. La revista me envió a cubrir un evento a unos 40 km y teniendo en cuenta que me sobrevino la noche en la carretera, tampoco quise darme demasiada prisa.
Subiendo en el ascensor sólo podía pensar en llegar, tomar un baño y relajarme en el sofá retomando la lectura del libro que dejé a medias hace ya unos meses , y acompañar mi paladar con el dulce sabor afrutado de un buen vino rosado que había comprado hace poco en la vinacoteca de la calle 56.

Nunca hasta ahora , con la casa a oscuras y la luz de la luna entrando por las ventanas , me había percatado del embrujo que suponía encontrarse sola en casa, y realmente me apetecía.
Tras respirar hondo y quitarme los zapatos que llevé en la mano hasta el dormitorio, sin encender las luces ya que la tenuidad de la que entraba por la ventana iluminaba relajadamente, me dispuse a preparar el delicioso baño de agua tibia, y tras servirme una copa de vino y colocar una toalla enrollada a la altura del cuello, estuve tan relajada que el agua acabó enfriándose y yo no me había dado cuenta.

Salí de él, me coloqué el albornoz y cuando me dispuse a entrar en el salón algo hizo que me detuviera en la puerta.
Tenía la extraña sensación de que algo alteraba el aire, de que éste se había vuelto más espeso de repente. Me adentré unos pasos y al observar el sofá, la figura de unos hombros y una cabeza sobresalían.
Caminé lentamente hacia donde esa figura se encontraba, pero el hecho de que se levantara y se diera la vuelta me detuvo en seco.
No hacían falta más luces que aquella inmensa y cercana luna llena entrando lateralmente y cubriéndolo todo.

Cuatro meses que no sabía nada de él. Cuatro meses, y ahora se encontraba delante mía, observándome como solía hacer. Sin decirnos nada. No hacían falta palabras, ni gestos. La conexión entre nosotros no había cambiado. Aquella conexión que a él ,con ventaja indiscutible por ser lo que es, le permitía hasta leerme el pensamiento. Aquella conexión que a mí, desde que mi entrega fue absoluta, me permitía entender el lenguaje no verbal de sus más que expresivos e intensos ojos azules.
Rodeó el sofá, y se acercó a mí lentamente.
Yo me apoyé sobre mis manos en la moldura de la puerta. Cerré los ojos deseando que todo aquello fuese un sueño porque era consciente de que volvería a perderle y no sabía hasta que punto podría volver a soportarlo.
Sin embargo no era un sueño.

Sentí su respiración en mi cara,  su mirada , sus labios suaves y tiernos en mi mejilla izquierda. No, aquello no era un sueño. ¡Oh Dios ! Como te había echado tanto de menos. Pero ¿Cómo se podía añorar tanto a alguien a quien apenas conoces? ¿A alguien que tras contarte su tenebrosa realidad te dice que eres una misión ? ¿A alguien aparentemente maldito?
Con el revés de su mano, acarició mi rostro con una delicadeza infinita, casi contemplativa , mientras yo continuaba sin querer abrir los ojos.

El silencio se rompió con un más que reconocido suave susurro.

- Mírame.

No quería. Para mis adentros pensaba ¿Y si en realidad no es él? ¿Y si es o...?
Sólo había una forma de afrontar la verdad. Le miré.
Nunca nadie, ni él, se había apoderado de mis labios con tal exquisita candidez, esperando la misma respuesta por mi parte. Y a cada ligero giro , a cada ligera presión, la intranquilidad desapareció encontrarme en otro mundo, un mundo de confianza plena , sin temor. No había pasado, ni presente. El futuro ni se cuestionaba. Sólo él y yo.
Sus caricias y entrega total como el amante más tierno y entregado, como el artista que mima cada trazo de su pintura y acaricia cada pasada de su escultura de barro. Sin prisa. El reloj había vuelto a pararse sintiendo cada traza de su cuerpo junto al mío. Sin pausa. Como si tuviésemos toda la vida para una entrega permanente . La entrega más pura y sincera que podía manifestarse entre dos cuerpos. 
Algo había cambiado en él, pero no me atrevería a interrumpir aquella entrega cual devoción por su hermosura.
Mi deseo, aquel odioso y al mismo tiempo amado deseo de poder tenerle en mí al menos una sola vez .

Temor. Temor a que efectivamente volviese a desaparecer , esta vez para siempre. Temor que afloraba en mí en forma de lágrimas silenciosas y de estrecharle aún más si cabía contra mi cuerpo para que no se escapase.

Su mirada dulce tranquilizadora y sus dedos entrelazados con los míos, sólo eran superados por una sola única palabra. Una palabra venida de sus labios, venida de su voz. "Tranquila".

FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos Los derechos reservados)

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