Sumido todavía en el éxtasis del momento vivido, aquel dulce
enfrentamiento de rostros supuso la
mejor culminación. Ella intentó relajarle puesto que la agitación se denotaba
en su pecho. Le colocó una mano en él y otra en la nuca, y agarrándole con fuerza, con voz casi susurrante , intentó que se
tranquilizara.
· ITZABÓ: Tranquilo, no dejes de mirarme
a los ojos y respira hondo, muy despacio.
Izan, parecía no querer desprenderse de aquel nivel
de concentración al que ella le había hecho llegar, y las sensaciones que conllevaban. Extraña
perturbación la que fue capaz de sentir,
en conjunción completa con su
cuerpo, sin más roce que el calor en suspensión o su piel cubierto por la ropa.
Era como abrazarla sin haberla tocado, pero la sensación de calidez era la
misma. Un sentimiento fuertemente espiritual que sólo ella , por los años y su
experiencia, era capaz de controlar.
· IZAN: -más
recuperado , con seguridad y determinación- Vámonos de aquí.
No fue una sonrisa evidente, pero lo que representaba el
rostro de Itzabó, su expresión, fue suficiente para comprender que aceptaba la
propuesta, fuese cual fuese.
Cuando salieron de la
Escuela y ella se subió a la moto, pasó sus manos por delante de su cintura
agarrándose fuertemente, pegando su pecho a la espalda de él. Izan agachó la
cabeza, las miró, se sonrió para sus adentros y se pusieron de
camino.
Ella hacía tiempo que había dado muestras sobradas de
sentirse muy a gusto a su lado. Con él las cosas parecían más fáciles. Cierto
es, que su adoración absoluta por el
artista a veces superaba a lo que podría considerarse , aunque ella quisiese
negárselo a sí misma, como atracción por el hombre, por el buen conversador,
por el adulto curioso y temeroso de la mujer que ella representaba. El hombre
de la sensibilidad exquisita, y el único capaz de entender lo que la danza
representaba para ella.
Izan la llevó a su casa, y tras bajarse y devolverle el casco abrió el portón
del edificio. Apoyada en la puerta y sin que él se bajase de la moto, entró en
el vestíbulo y agarró la puerta con el brazo. Sin necesidad de decir nada, sin
necesidad de verle, oír sus pasos a su
espalda fue suficiente como respuesta.
Subieron la escalera despacio, con el sonido
acompasado de los pisadas de ambos sobre el viejo suelo de madera. La mano de
ella, rezagada de su cuerpo, se deslizaba lentamente por la barandilla. Él
,resistiendo las ganas de tocarla, acercando la suya apenas a unos milímetros,
dibujando todo su cuerpo con los ojos, acariciándolo con lo único que podía en
ese momento, fantaseando en su mente que su boca se apoderaba de éste.
Llegados al piso, mientras ella buscaba las llaves en su
bolso, él se apoyó en la moldura de la puerta sin dejar de observarla,
removiendo en su cabeza la lucha intestina que mantenían su conciencia y su
deseo.
Dentro, ella
encendió las tenues luces mientras él dejaba los cascos , guantes y
chaqueta en un aparador cercano.
· ITZABÓ: Voy a bañarme , no tardo.
· IZAN :
Claro.
· ITZABÓ: Como
si estuvieras en tu casa.
Cerca de una de las ventanas, viendo el manto de estrellas
cayendo sobre la ciudad , seguía dándole vueltas a su cabeza sobre si
arriesgarse y seguir su instinto, o dejar las cosas como estaban. Pero
¿cómo desechar la primera opción si con
cada gesto de ella, ya fuera retirándose el pelo de la cara o alargando los
brazos, le incitaba a decidirse?. Gestos
sencillos, habituales.
Aquella vista
interminable , alargada y llena de pequeños puntos de luz, tenía su propia
banda sonora, la del agua correr , y como en un suspiro, a su cabeza le vino
una imagen: ella bailando bajo la lluvia, con la delgada gasa que cubre su
cuerpo empapada y pegada a él. Su instinto estaba tomando las riendas, y él,
queriendo mantenerse racional , luchaba con todas sus fuerzas contra aquella
imagen.
Cuando Itzabó regresó
al salón, lo hizo con su cabello mojado
sobre la cara y la misma bata de seda azul que tenía puesta la primera vez que estuvo en su casa. Con la
mano, grácilmente se sacudía la cabeza para quitarse el agua sobrante , agachándola y dejando entrever parte de su desnudez.
Ella se acercó a la cocina con la intención de preparar algo
de beber.
· ITZABÓ: Voy a hacer algo de té ¿te apetece?
· IZAN:
Sí, gracias.
Algo le llamó
poderosamente la atención a Izan, un pequeño detalle, quizás insignificante. El
rostro de Itzabó aquella noche era diferente, dulce, tranquilo, casi se podría
decir que era feliz , o que por lo menos tenía la paz interior que tanto tiempo
llevaba anhelando. Sus agrestes señas de identidad , aquellas que causaban casi
temor en quienes se dirigían a ella, que le diseñaban ese carácter fuerte y
rompedor, habían sido sustituidos por
una placentera sensación de serenidad infinita aderezados con cierta candidez.
Izan se acercó a ella, y dejando la racionalidad a un lado,
unió su cuerpo a la espalda del de ella, abrazándola con sus manos
cruzadas en su cintura.
Ella, como respuesta a tal gesto, apoyó su cabeza en el pecho de él y sus manos
encima de las suyas. Lejos de molestarse, a Itzabó le resultaba muy
reconfortante aquella sensación de abrigo, sentir su cara y sus labios en su
cuello , sin nada premeditado, sólo quietos.
Su olor natural se introducía a través de su nariz
evocándole otros lugares.
Sólo su palabra rompió el silencio.
· ITZABÓ:
¿Dejándote llevar?
· IZAN: Hace
mucho que necesitaba hacer ésto.
· ITZABÓ: Y yo
recibirlo.
Ella se dio la vuelta
y se apoyó en la encimera. Cogió las manos de él con delicadez infinita y se las acercó hasta
el cinturón de su bata para dejarlas solas.
Izan quedó paralizado por un
instante, se humedeció los labios, la miró a los ojos, y fue tirando lentamente
de ambos lados de la tira azul de seda, notando como aflojaba su amarre y su
escote comenzaba a ceder , dejando al descubierto cada vez más su piel.
El nudo desapareció,
y la cinta se dejó caer al suelo. Aquella bata se abrió mostrándose vulnerable
. Sólo una combinación negra muy corta la protegía .
Él, casi con mirada lastimosa, la observaba con la misma
devoción que cuando ella bailaba. Dejándole a él toda la iniciativa en un gesto
de aceptación y entrega , de la misma forma que si se tratase de un trozo de
mármol bruto por esculpir y dar forma, Izan comenzó a acariciar con el
anverso de sus manos aquella tez blanca
y extremadamente suave , circulando muy despacio por sus brazos
hasta llegar a su cuello, y una vez allí, con sus yemas, dibujar la
curvatura con enorme perfección.
Itzabó volvía a perderse entre sus sentidos. El artista se
apoderaba del cuerpo de su creación y ella se sentía tan yerta como la piedra.
Cuanto más la rozaba, más tensión acumulaba, pero hacía tiempo que había
cerrado sus ojos sólo para sentirlo apoderándose de su cuerpo con tanta
exquisitez.
Su rostro fue objeto de los más hermosos dibujos, prototipos
quizás de alguna nueva obra, la que él estaba convirtiendo en más suya que de
nadie, la más personal e increíble. Una obra con vida propia. Sentir aquellas
caricias en los labios, en los párpados, sensaciones tan sumamente
placenteras que ella apenas creía
recordar, no de aquella manera.
Su piel comenzó a mostrarse receptiva , y sus labios a abrirse y temblar involuntariamente , cuando aquellas yemas
decidieron recorrer superficies nuevas,
deslizándose por su cuello hasta los bordes de encaje de la combinación.
La piel de sus senos se erizaban a su paso, y cuanto más lo hacía, más disfrutaba él de su reacción.
Para Izan, la “regia”, la gran bailarina, efusiva y
descarnada, capaz de dejarse la piel en cada paso con fuerza infinita, la mujer
de carácter, resultaba ser mucho más
frágil de lo que aparentaba. Una piel extremadamente suave y muy poco acariciada,
capaz de responder sobremanera a cada pequeño estímulo. Una mujer a la que le
encantaba sentir , y un hombre, él , emocionado de que sintiese de esa manera, con sus ojos
cerrados, como cuando bailaba , para sentir todo más intensamente, para que su
mente comience a volar en torno a un mundo nuevo con él. Una mujer que por
encima de todo, necesitaba que la amasen y a la que él estaba dispuesto a darle
todo, a entregarse en cuerpo y alma porque era lo que su instinto le pedía que
hiciera, y éste, rara vez se equivocaba.
Era lo que deseaba hacer.
Sólo bastó que sus
manos acariciasen parte de sus muslos, para que sus labios buscasen los de él
con aquella fuerza desgarradora propia de ella, no separándose salvo para
pronunciar su nombre una y otra vez.
Encuentro interminable de dos cuerpos en uno solo durante
toda la noche. Caricias desmedidas que relajaban, y al mismo tiempo preparaban para un nuevo
dulce combate.
Ni el agotamiento ni el paso de las horas , hicieron que,
juntos, uno al lado del otro, desnudos,
sin nada que ocultar, no disfrutaran de cada segundo, aunque sólo fuera
mirándose, o con el leve y agradable
roce de la piel del otro.
No hacía falta decirse nada. Todo estaba dicho.
FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos los derechos reservados)
Sumido todavía en el éxtasis del momento vivido, aquel dulce
enfrentamiento de rostros supuso la
mejor culminación. Ella intentó relajarle puesto que la agitación se denotaba
en su pecho. Le colocó una mano en él y otra en la nuca, y agarrándole con fuerza, con voz casi susurrante , intentó que se
tranquilizara.
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