lunes, 9 de marzo de 2015

PURO SENTIMIENTO. CAPITULO QUINTO. (RATED +18)

Sumido todavía en el éxtasis del momento vivido, aquel dulce enfrentamiento de rostros  supuso la mejor culminación. Ella intentó relajarle puesto que la agitación se denotaba en su pecho. Le colocó una mano en él y otra en la nuca,  y agarrándole con fuerza,  con voz casi susurrante , intentó que se tranquilizara.

 ·         ITZABÓ: Tranquilo, no dejes de mirarme a los ojos y respira hondo, muy despacio.


Izan,  parecía no querer desprenderse de aquel nivel de concentración al que ella le había hecho llegar,  y las sensaciones que conllevaban. Extraña perturbación la que fue capaz de sentir,  en  conjunción completa con su cuerpo, sin más roce que el calor en suspensión o su piel cubierto por la ropa. Era como abrazarla sin haberla tocado, pero la sensación de calidez era la misma. Un sentimiento fuertemente espiritual que sólo ella , por los años y su experiencia, era capaz de controlar.

·         IZAN: -más recuperado , con seguridad y determinación- Vámonos de aquí.

No fue una sonrisa evidente, pero lo que representaba el rostro de Itzabó, su expresión, fue suficiente para comprender que aceptaba la propuesta, fuese cual fuese.

Cuando salieron de la Escuela y ella se subió a la moto, pasó sus manos por delante de su cintura agarrándose fuertemente, pegando su pecho a la espalda de él. Izan agachó la cabeza,  las miró,  se sonrió para sus adentros y se pusieron de camino.

Ella hacía tiempo que había dado muestras sobradas de sentirse muy a gusto a su lado. Con él las cosas parecían más fáciles. Cierto es,  que su adoración absoluta por el artista a veces superaba a lo que podría considerarse , aunque ella quisiese negárselo a sí misma, como atracción por el hombre, por el buen conversador, por el adulto curioso y temeroso de la mujer que ella representaba. El hombre de  la sensibilidad exquisita,  y el único capaz de entender lo que la danza representaba para ella.

Izan la llevó a su casa, y tras  bajarse y devolverle el casco abrió el portón del edificio. Apoyada en la puerta y sin que él se bajase de la moto, entró en el vestíbulo y agarró la puerta con el brazo. Sin necesidad de decir nada, sin necesidad de verle, oír sus  pasos a su espalda fue suficiente como respuesta.

Subieron  la escalera despacio, con el sonido acompasado de los pisadas de ambos sobre el viejo suelo de madera. La mano de ella,   rezagada de su cuerpo, se  deslizaba lentamente por la barandilla. Él ,resistiendo las ganas de tocarla, acercando la suya apenas a unos milímetros, dibujando todo su cuerpo con los ojos, acariciándolo con lo único que podía en ese momento, fantaseando en su mente que su boca se apoderaba de éste.

Llegados al piso, mientras ella buscaba las llaves en su bolso, él se apoyó en la moldura de la puerta sin dejar de observarla, removiendo en su cabeza la lucha intestina que mantenían su conciencia y su deseo.

Dentro,  ella encendió  las tenues luces  mientras él dejaba los cascos , guantes y chaqueta en un aparador cercano.

 ·         ITZABÓ: Voy a bañarme , no tardo.
·         IZAN : Claro.
·         ITZABÓ: Como si estuvieras en tu casa.

Cerca de una de las ventanas, viendo el manto de estrellas cayendo sobre la ciudad , seguía dándole vueltas a su cabeza sobre si arriesgarse y seguir su instinto, o dejar las cosas como estaban. Pero ¿cómo  desechar la primera opción si con cada gesto de ella, ya fuera retirándose el pelo de la cara o alargando los brazos,  le incitaba a decidirse?. Gestos sencillos, habituales.

Aquella vista interminable , alargada y llena de pequeños puntos de luz, tenía su propia banda sonora, la del agua correr , y como en un suspiro, a su cabeza le vino una imagen: ella bailando bajo la lluvia, con la delgada gasa que cubre su cuerpo empapada y pegada a él. Su instinto estaba tomando las riendas, y él, queriendo mantenerse racional , luchaba con todas sus fuerzas contra aquella imagen.

Cuando Itzabó regresó al salón,  lo hizo con su cabello mojado sobre la cara y la misma bata de seda azul que tenía puesta   la primera vez que estuvo en su casa. Con la mano, grácilmente se sacudía la cabeza para quitarse el  agua sobrante , agachándola  y dejando entrever parte de su desnudez.
Ella se acercó a la cocina con la intención de preparar algo de beber.

 ·         ITZABÓ:  Voy a hacer algo de té ¿te apetece?
·         IZAN: Sí,  gracias.

 Algo le llamó poderosamente la atención a Izan, un pequeño detalle, quizás insignificante. El rostro de Itzabó aquella noche era diferente, dulce, tranquilo, casi se podría decir que era feliz , o que por lo menos tenía la paz interior que tanto tiempo llevaba anhelando. Sus agrestes señas de identidad , aquellas que causaban casi temor en quienes se dirigían a ella, que le diseñaban ese carácter fuerte y rompedor,  habían sido sustituidos por una placentera sensación de serenidad infinita aderezados con cierta candidez.
Izan se acercó a ella, y dejando la racionalidad a un lado, unió su cuerpo a  la espalda  del de ella, abrazándola con sus manos cruzadas en su cintura. 

Ella, como respuesta a tal gesto,  apoyó su cabeza en el pecho de él y sus manos encima de las suyas. Lejos de molestarse, a Itzabó le resultaba muy reconfortante aquella sensación de abrigo, sentir su cara y sus labios en su cuello , sin nada premeditado, sólo quietos.
Su olor natural se introducía a través de su nariz evocándole otros lugares.
Sólo su palabra rompió el silencio.


·         ITZABÓ: ¿Dejándote llevar?
·         IZAN: Hace mucho que necesitaba hacer ésto.
·         ITZABÓ: Y yo recibirlo.

 Ella se dio la vuelta y se apoyó en la encimera. Cogió las manos de él  con delicadez infinita y se las acercó hasta el cinturón de su bata para dejarlas solas.  Izan   quedó paralizado por un instante, se humedeció los labios, la miró a los ojos, y fue tirando lentamente de ambos lados de la tira azul de seda, notando como aflojaba su amarre y su escote comenzaba a ceder , dejando al descubierto cada vez más   su piel.

 El nudo desapareció, y la cinta se dejó caer al suelo. Aquella bata se abrió mostrándose vulnerable . Sólo una combinación negra muy corta la protegía .
Él, casi con mirada lastimosa, la observaba con la misma devoción que cuando ella bailaba. Dejándole a él toda la iniciativa en un gesto de aceptación y entrega , de la misma forma que si se tratase de un trozo de mármol bruto por esculpir y dar forma, Izan comenzó a acariciar con el anverso  de sus manos aquella tez blanca y extremadamente suave , circulando muy despacio por  sus brazos  hasta llegar a su cuello, y una vez allí, con sus yemas, dibujar la curvatura con enorme perfección.

Itzabó volvía a perderse entre sus sentidos. El artista se apoderaba del cuerpo de su creación y ella se sentía tan yerta como la piedra. Cuanto más la rozaba, más tensión acumulaba, pero hacía tiempo que había cerrado sus ojos sólo para sentirlo apoderándose de su cuerpo con tanta exquisitez.
Su rostro fue objeto de los más hermosos dibujos, prototipos quizás de alguna nueva obra, la que él estaba convirtiendo en más suya que de nadie, la más personal e increíble. Una obra con vida propia. Sentir aquellas caricias en los labios, en los párpados, sensaciones tan sumamente placenteras  que ella apenas creía recordar, no de aquella manera.
Su piel comenzó a mostrarse receptiva ,  y sus labios a abrirse y temblar  involuntariamente , cuando aquellas yemas decidieron recorrer superficies nuevas,  deslizándose por su cuello hasta los bordes de encaje de la combinación. La piel de sus senos se erizaban a su paso, y cuanto más lo hacía,  más disfrutaba él de su reacción.

Para Izan, la “regia”, la gran bailarina, efusiva y descarnada, capaz de dejarse la piel en cada paso con fuerza infinita, la mujer de carácter,  resultaba ser mucho más frágil de lo que aparentaba. Una piel extremadamente suave y muy poco acariciada, capaz de responder sobremanera a cada pequeño estímulo. Una mujer a la que le encantaba sentir , y un hombre, él , emocionado de que  sintiese de esa manera, con sus ojos cerrados, como cuando bailaba , para sentir todo más intensamente, para que su mente comience a volar en torno a un mundo nuevo con él. Una mujer que por encima de todo, necesitaba que la amasen y a la que él estaba dispuesto a darle todo, a entregarse en cuerpo y alma porque era lo que su instinto le pedía que hiciera, y éste,  rara vez se equivocaba. Era lo que deseaba hacer.

 Sólo bastó que sus manos acariciasen parte de sus muslos, para que sus labios buscasen los de él con aquella fuerza desgarradora propia de ella, no separándose salvo para pronunciar su nombre una y otra vez.
Encuentro interminable de dos cuerpos en uno solo durante toda la noche. Caricias desmedidas que relajaban,  y al mismo tiempo preparaban para un nuevo dulce combate.

Ni el agotamiento ni el paso de las horas , hicieron que, juntos, uno al lado del otro,   desnudos, sin nada que ocultar, no disfrutaran de cada segundo, aunque sólo fuera mirándose, o con  el leve y agradable roce de la piel del otro.
No hacía falta decirse nada. Todo estaba dicho.

FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos los derechos reservados)

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