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| Créditos Tomjoy Photography |
Pasaron los días, pasaron las semanas.
Un mes más tarde comencé a abrir ligeramente los ojos.
Confusa y con un fuerte dolor de cabeza no era capaz de saber dónde me
encontraba. Me miraba y estaba cableada por todas partes, aturdida y dolorida ,
sin apenas poder moverme y muy cansada. Al mirar hacia la derecha, una rosa
blanca envuelta con un lazo negro.
Incapaz de asumir por qué me encontraba así o dónde estaba,
cerré mis ojos con la visión de aquella flor sobre mi almohada.
Dos días más tarde, algo más repuesta , en cuanto abrí los
ojos fui asumiendo que aquello que me rodeaba era la sosa y deprimente
decoración de una habitación de hospital. Miré hacia mis brazos y observé que
la mayoría de los cables a los que estaba enchufada habían desaparecido. Y a la
derecha, en mi almohada: la rosa. Una enfermera entró en ese momento con una
jarra de agua. La mujer parecía estar de muy buen humor porque no paraba de
hablar. Colocó la jarra de agua junto al baso en la mesilla, y se quedó mirando
con una sonrisa cómplice la rosa.
- Preciosa ¿verdad? Desde que la trajeron ha habido una
fresca igual de bonita todas las mañanas en su almohada. Lo que nunca hemos
logrado saber quién las dejaba ahí.
- ¿Desde que me ingresaron?
- Sí, el médico nos advirtió que podría sufrir pérdida de
memoria. ¿Se acuerda de lo que pasó?
- No. Sólo recuerdo estar corriendo y sentir de pronto una
enorme presión en el pecho.
- Por lo visto salía corriendo de su casa y cruzó sin mirar, un camión la golpeó con el frontal , claro que gracias a un hombre que pasaba
por allí y que logró agarrarla a tiempo sólo fue un golpe lateral, aunque
bastante dañino.
-¿Un hombre?
-Sí, el mismo hombre que no se ha despegado de su lado ni
cuando estuvo en quirófano. Ha venido todos los días.
La sorpresa hacía mella en mi capacidad de razonar.
-Pero ¿Cuánto llevo aquí?
- Huy, más de mes y medio. Ha estado inconsciente la mayor
parte del tiempo.
- ¿Y dice que ha venido todos los días?
- Sí , y debía ser desde por la mañana, mis compañeras me confirmaron en más de una ocasión que según entraba no se movía de su lado. Un hombre muy atractivo por cierto. Lo
que tiene que tener por seguro es que si no hubiera sido por él, posiblemente
no estaríamos hablando en este momento.
Tres o cuatro días más tarde me dieron el alta. Durante mi
estancia consciente en el hospital, intenté enlazar imágenes sueltas y confusas
que venían a mi cabeza y que yo deducía que podían referirse a lo pasado en
aquel fatídico día.
Pero sí había algo que no lograba sacar de mi cabeza la última
palabra que recordaba de aquel día , "terrestres".
Fui a mi portatil con la intención de que el buscador me
diese alguna respuesta, y tras dos páginas de conceptos de lo más variopintos,
una imagen asociada a figuras demoníacas acompañaba a un concepto de
"terrestre" que por supuesto me resultaba familiar: "Los
demonios terrestres son el tipo más peligroso, pues han sido expulsados del
mundo de los espíritus y moran en la Tierra, entre la humanidad. Suelen ser
confundidos por hadas y hombres lobo, pues acostumbran a cambiar de formar y
proyectar ilusiones. Los más débiles poseen cuerpos de animales, creando
bestias demoníacas, mientras los más poderosos se hacen pasar por seres humanos
y fomentan la corrupción en secreto. Si un demonio terrestre muere, queda
verdaderamente muerto, no expulsado."
Frases sueltas escuchadas aquel días
invadían mi mente en ese instante: Misión, más poderosos, apariencia
humana....". "Tú deberías saberlo porque los has fotografiado alguna
vez", y era cierto. Las fotos y dibujos que acompañaban a la descripción
eran de entornos muy conocidos por mí. Figuras muy hermosas y con apariencia
humana para lograr corromper a sus víctimas.
En seguida abrí una de mis últimas
carpetas de fotografías de edificios históricos y allí estaban. Hermosos
demonios de piedra, tentaciones de otros tiempos.
Y apareció la subcarpeta con el nombre de la Universidad. La
abrí, y apareció él. Toda la conversación de aquella mañana, la sensación de
miedo contrastaba con lo que era capaz de volver a sentir rememorando sus
caricias, la humedad de sus labios en mi piel, sus ojos quemando mis adentros,
sus estruendosos silencios su generosidad y pasión infinitas. Cerré la tapa del
portatil sin poder evitar, que un profundo sentimiento de culpa por no ser capaz
de reconocerme a mí misma ni de entender por qué sentía aquello por un
desconocido como aquel se apoderase de mí , limitándome a llorar.
Sentimiento de culpa por amar un imposible al que
posiblemente no volvería a ver. Sentimiento de culpa por saber que sería
incapaz de amar o de entregarme a nadie como he amado y me he entregado a él,
envuelta en una auténtica locura que comenzó en un bar de copas una noche.
Un sentimiento de culpa que dejó paso a un deseo inmenso por
volver a verle aunque sólo fuese una vez, una sola vez.
FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos los derechos reservados)

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