jueves, 26 de febrero de 2015

PURO SENTIMIENTO. CAPITULO CUARTO. (SEGUNDA PARTE) ( RATED +18)

Opera Garnier . París. Crédito foto
Ana P. Cruz López

Aquel inocente y tierno beso significó mucho más para ella de lo que él podía haber imaginado.
Con el tiempo, Itzabó había aprendido a desconfiar de todos y a no confiar a veces ni en sí misma. Le costaba mucho entablar amistad , por lo que prefería disfrutar de sus momentos de soledad. 
Izan suponía romper aquellas barreras mantenidas durante años. Su actitud con ella, lejos de ser tan predecible como  en un principio pensaba, la sorprendía por momentos.

El “inglés” lo había conseguido, tenía su confianza. Y así lo quiso creer él cuando al retirarse del beso , ella movió levemente la cabeza , y con sus negros ojos le acariciaba desde su barbilla y  el contorno de sus labios, para terminar recalando en sus ojos. Unos ojos de un azul tan intenso y brillante que parecían no tener fin y que le prestaban  su máxima atención.
En aquel instante , en aquel grandioso entorno, no había nadie más, sólo ellos dos, sólo sus pensamientos encontrados, sólo una realidad oculta y otra, que  sabiéndola,  debía permanecer en su interior. Una realidad a la que ella le seguía teniendo miedo, pero que Izan le hacía olvidar.

Tras bailar algunas piezas más, él decidió salir de allí y llevarla  a casa, así que se dispuso a recoger los abrigos y el sombrero en el guardarropa.

El momento de sublime disfrute de Itzabó sólo fue perturbado por Nicolay, que aprovechando que la encontraba sola de nuevo,  y antes de que se marchara, decidió arremeter una vez más .

  • ·    NICOLAY:  No te recordaba tan sociable, y menos aún con amigos tan importantes.
  • ·         ITZABÓ: No voy  a volver Nicolay.
  • ·         NICOLAY: Sabes que se lo debes a la compañía.
  • ·         ITZABÓ: ¿A la compañía o a ti?

 La relajación había desaparecido de pronto y la tensión comenzaba a palparse en su cara y en su cuerpo.

  • ·     NICOLAY: -cogiéndola con fuerza por uno de los brazos – nos dejaste solos , sin ni siquiera aviso, y no conforme con eso  le mataste también a él.
  • ·         ITZABÓ: -mostrándose enfadada- Suéltame el brazo.
  • ·    NICOLAY: Terminarás volviendo, aquí no durarás mucho, tú no puedes estar sin los escenarios. No sirves para ser mera espectadora de tus creaciones.

 Ella tiró del brazo bruscamente logrando soltarse.

  • ·         ITZABÓ: Lo que nunca soportaste es que le eligiera a él. Nunca pudiste soportar la idea de que tan siquiera me tocase mientras bailábamos juntos. Tú te encaprichaste de la diva, pero él supo llegar a la mujer, y eso te reconcomerá el resto de tu vida.

 Izan ya se encontraba volviendo con  los abrigos en uno de los brazos  cuando Nicolay vio que se acercaba. Sin mediar palabra alguna , se dio la vuelta y desapareció.
  • ·         IZAN: ¿Algún problema?
  • ·         ITZABÓ: No, aclarando algunas viejas historias,  nada más.

Aunque la respuesta no le convenciera demasiado, se conformaría.

Cuando llegaron a su casa, él la ayudó a bajarse del coche y esperó a que abriera la puerta.

  • ·         IZAN: Ha sido un auténtico placer acompañarte esta noche. Gracias por dejarme venir contigo.

Por primera vez en mucho tiempo, su mente y su cuerpo, perfectamente conjuntados, le pedían algo , pero esta vez fue ella la más predecible y bastó mirar su cara para que Izan supiera que debía marcharse.

  • ·         IZAN: Será mejor que me vaya. Que descanses.
  • ·         ITZABÓ: Izan……gracias.

Y tras marcar su cara con una sonrisa cómplice, se subió al coche y desapareció.

De todo lo acontecido aquella noche, ella prefería quedarse con los momentos pasados con él. La otra cara de la moneda , Nicolay, formaba parte de un pasado por desgracia no tan lejano que ella había preferido alejar de su vida,  sin poder remediar, que de vez en cuando, se le apareciese en forma de imágenes armoniosamente escogidas.

Según entró en su casa, se dirigió a su dormitorio. En él, en el último estante superior del armario, se encontraba una caja verde oscura. Apenas llegaba a ella con la punta de los dedos, aún así,  logró cogerla.
Sentada en el suelo,  con la caja en sus rodillas, y tras acariciar la tapa de un lado a otro pensando si abrirla o no, se decidió. Recuerdos. Viejos recuerdos de infancia, en buen estado, con algo de polvo quizás. Los más antiguos , metidos en pequeñas bolsitas para que no se siguieran estropeando. 
Fotografías.   Blanco y negro  en su mayor parte . Una Itzabó muy pequeña, apenas cuatro años, con su primer tutú regalo de su abuela. Representaciones escolares. Su primera obra seria en el teatro con tan sólo ocho años. Fotos con su madre (costurera), o con su padre (maquinista de tren). Sus primeros premios en certámenes nacionales. Su abuelo. La figura entrañable de su abuelo.

Erik. Aún conservaba sus fotos , y las que ella tenía con él. La primera foto de la Compañía al completo, recién incorporada ella. Él ya era el primer bailarín. Inteligente, profesional, distinguido. La conjunción perfecta de serenidad y talento. Un alma en los escenarios. Un alma que vagaba por ellos como si fuese su casa, sin tropiezos, sin fallas. Sencillamente perfecto. Sencillamente hermoso.

Todos aquellos recuerdos. Su pasado siendo presente. Su pasado encerrado en una caja. Una caja que volvería al mismo sitio en el que estaba, pero tan intacta como  estaba antes de abrirla.

Con el nuevo año volvió la normalidad . Las clases, el bullicio , la gente, los ensayos. Todo volvió, excepto Izan.
Un día, dos .... Al tercero sin saber de él , Itzabó interrogó a Jesse por si sabía qué podría haber pasado. La versión oficial : enfermo; la versión de Jesse: en pleno proceso creativo. Ella no quiso preguntarle nada más, y optó por bajar a la Secretaría del centro para preguntar su dirección.
Al término de las clases, y habiendo suspendido los ensayos de la perfomance previstos para ese día, salió directamente de la Escuela con dirección a la casa-taller de Izan.

A diferencia de la imagen prefijada que se tenía de los grandes artistas y de dónde o cómo preferían vivir, él rompía todos los esquemas. Vivía en la misma ciudad , cerca del río, en un edificio antiguo reformado. Al tocar el único timbre del portero ,  alguien que no habló ni preguntó nada le abrió la puerta. 
El edificio parecía haber sido antaño  algo industrial a juzgar por el montacargas que servía de ascensor, de mayores dimensiones y  completamente abierto salvo por una reja . Según la señalización dada desde el centro, vivía en el segundo piso y a ése se dirigió.
Al llegar y abrir la reja, la luminosidad del piso sobresalía por encima de otro detalle. Totalmente exterior, muy amplio ya que debía abarcar todo el contorno del edificio , grandes espacios, y decoración en  sobrios blancos, negros y grises.
Suelos de madera , y muebles sobrios y justos en número, pero aún así acogedor. 

Pese al silencio, le pareció escuchar un golpeteo seco y constante que provenía del fondo del largo pasillo. Caminó por él hasta encontrarse con una puerta corrediza de madera. La abrió,  y la imagen que se presentaba  ante sus ojos resultaba de lo más placentera. Era su taller personal. Una enorme sala con muchas esculturas delicadamente colocadas. Otras tantas a medio hacer, y en una esquina,  grandes bloques de mármol bruto espaciados entre sí para  cuando se decidiera a trabajar con ellos, entremezclados con otros de tamaño algo más pequeño.

Los golpeteos provenían de detrás de uno de esos grandes bloques Lo bordeó,  y pudo ver al artista trabajar. Con una maza en una mano y  un cincel en la otra , su entrega a la obra se realizaba a pecho descubierto,   sin ningún impedimento para sentir su frío o el calor de cada movimiento mientras se le daba forma. Un deseado tacto de la piel con la piedra,  sólo separado en sus manos por unos guantes para evitar dañárselas. 
Gran observador, se encontraba tan concentrado que no se percató de que le observaban.  Paralizado frente a la piedra, antes de golpear, la acariciaba con enorme maestría. Era como si fuese capaz de reproducir visualmente , en su cabeza, la figura a realizar en pleno movimiento, y con cada golpe,  ese movimiento se dibujase. 
Vida mostrada en un trozo de piedra, calidez allí donde otros sólo ven frialdad.

Sólo cuando él se acercó a la mesa de trabajo para cambiar de herramienta ,   la vio.  Se quitó las gafas protectoras y se mostró tal cual era, sin artificios.

  • ·         IZAN: - Con bastante sorpresa- Vaya….. pensé que era…. ¿qué haces aquí?
  • ·         ITZABÓ: Decían que estabas enfermo.
  • ·         IZAN: Sí bueno….- se acercó a una silla en donde tenía la camiseta para ponérsela- digamos que Jesse está acostumbrado , pensaba volver el lunes

 Hombre sereno como solía ser, en aquella ocasión  parecía encontrarse muy nervioso, mientras ella rodeaba la estancia disfrutando de lo que veía.
·        
  • ITZABÓ: Me recuerdas a los pintores de antaño. El taller y la vivienda en el mismo espacio.
  • ·         IZAN: Sí, es más cómodo la verdad.

 Y en su paseo,  llegó hasta la única figura a tamaño natural tapada con una sábana. Miró hacia Izan, el cual intentaba disimular su estado humedeciéndose los labios más veces de las que hubiese deseado y mirando a otro lado.
  • ·         ITZABÓ: ¿Puedo?

 Con aquella voz y su cara angelical , para él resultaba un auténtico suplicio negarle nada , pero aquella petición , concretamente, no era una buena idea.

  • ·         IZAN: No está terminada. Por regla general , no dejo que nadie las vea si no están terminadas, da mala suerte.

 Itzabó lo miró sin entender mucho aquella filosofía, sobre todo , porque cuando los artistas trabajan por encargo,  y los clientes quieren ver sus progresos siempre les son mostradas, claro que, después, pensó  que ella en realidad no era una clienta, que él no era escultor por encargo, y lo que es más importante, podría tratarse de una manía o superstición de artista.  Pero lo cierto,  es que el tono de su voz la convenció poco de alejar su idea de que resultaba una excusa, muy poco convincente por cierto, así que insistió una vez más.

  • ·         ITZABÓ: ¿Puedo?

 ´Él volvió a humedecerse los labios, e intentó disimular su verdadero estado. Aún así,  decidió ceder , y asintió con la cabeza .
Ella se acercó a la figura y fue retirando la sábana que la cubría con mucho cuidado. Poco a poco,  extraños pliegues se le rebelaban ante sus ojos, curvas sinuosas engrandecidas por la piedra, brazos extendidos y suplicantes al aire, pelo suelto en parte sobre la cara , de forma salvaje y tribal, y su rostro........
Izan cerró los ojos y bajó su cabeza en cuanto comprobó la reacción de sorpresa de ella.
Absorta y maravillada, aquella figura , supuestamente no terminada, expresaba una fuerza brutal y desmedida en cada gesto, en cada dedo de sus manos, en la curvatura flexible de su cuerpo . 
Una mirada suplicante, de dolor infinito, hacia el cielo. Cada costilla marcada. Los omóplatos revelados tras el fino paño de un supuesto vestido , posiblemente de gasa.  Los huesos de sus muñecas,  mostrando la agitación del momento. Su mentón, pronunciado.  Su cuello, tenso,  con la vena que lo atravesaba sobresaliéndose  de su piel.

Él esperaba alguna reacción por su parte, algo que le dijera lo que sentía, pero el éxtasis de la más pura observación llegó,  cuando Itzabó se percató de un detalle del rostro de la figura.  Ésta, dentro de la rabia y el dolor incontenible , groso sufrimiento mostrado, tenía los ojos cerrados.  Ella se acercó hasta el mismo píe que le servía de apoyo, extendió una de sus manos, y con delicadeza le acarició la cara . Con las yemas de sus dedos,  delineó  cada recoveco, recordó lo que él le dijo aquel día: “sentir la piedra, explorar su alma”. Y así lo hizo. Cerró sus ojos , y cuando sus dedos se depositaron en los ojos de la escultura, pudo sentir su fuerza interior.

Él,  que la observaba, se impacientaba por una respuesta, aunque fuese una crítica.  Una sola palabra ,algo.  Pero ella, en su silencio más intimo,  en conjunción perfecta con la obra, en simbiosis consigo misma hecha en piedra, no decía nada. No podía. Su única respuesta: volver a abrir los ojos y que se le humedecieran. Dejó caer su cabeza,  y él la vio intentar ocultarse para posiblemente secarse los ojos.

Itzabó no podía parar de engrandecerla con su mirada, de admirarla por perfecta. Sin fallas. Toda ella en una sola figura, sin cortes, sin cicatrices. La bailarina perfecta y apasionada,   la bailarina más joven del Bolshói.
Respiró hondo, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta debiendo pasar al lado de él. Izan interrumpió su paso cogiéndola por la cintura, sin atreverse a mirarla de forma directa, con sus ojos fijos en su obra recién descubierta. 
Itzabó tampoco podía mirarle, ni quiso. Se encontraba vencida, pero aquel triunfo del artista le resultaba glorioso por su parte. Le retó , y no sólo lo hizo tal y como ella se lo solicitó,  con lo que sentía y veía cuando bailaba, sin que tuviese que posar, sino que fue capaz de superar a la original en cuanto a emoción y elegancia.
·        
  • ITZABÓ: Te espero a las ocho, en el aula de siempre.  Lo has conseguido inglés,  me has arrebatado mi alma, ahora me toca mí.

 Y siguió su paso hacia el montacargas.
Izan se quedó  sentado en el filo de la mesa de herramientas, respirando hondo, orgulloso por el trabajo realizado y el reto conseguido. Ahora le tocaba a ella, y a su eterna capacidad para sorprenderle.

Curiosidad innata en él la que le tuvo nervioso hasta que llegó la hora.
No sabía qué le tendría preparado, pero como bien le dijo una vez, debía arriesgarse e ir a por todas si quería respuestas.

Desde las seis y media no quedaba nadie en la Escuela. El vigilante se encontraba en su cabina , y de allí no se movería el resto de la noche,  salvo para la ronda de control , y aún le quedaban horas para ello.
Nada más entrar,  oyó música, y conformo subía los escalones y el aula iba apareciendo,  confirmaba su procedencia.
Itsabó se encontraba realizando ejercicios de estiramiento. Hoy había tenido un día duro de clases y ensayos a partir de su vuelta de la casa- taller.

Verle aparecer en la puerta, después de lo vivido esa misma  mañana,  hizo que se pusiese en  alerta. Sabía que él no perdería la oportunidad, pero también que no lo tendría fácil. La pelota  estaba ahora en su tejado, era su juego y ella marcaba las reglas.

  • ·         ITZABO: ¿En moto?
  • ·         IZAN: Sí, difícil salir de la ciudad a estas horas.
  • ·      ITZABO: Quítate la chaqueta de cuero, los guantes y los zapatos, puedes colocarlos ahí encima, junto a mis cosas.

 Se dirigió hacia la mesa del fondo del aula. Mientras Itsabó cambiaba la música, la imagen de Izan quitándose los guantes de cuero negro , lentamente , le resultaba de lo más sugerente. La imagen de la escultura le vino a su mente. Viendo sus manos,  intentó imaginarlo recorriendo cada centímetro del burdo bloque de piedra  sin forma ni sentimiento. Intentó imaginar su fuerza en cada toque , los pasos acompasados para retirar el polvo sobrante y definir los fallos. El bloque de piedra sin forma y él, entre medio de una nube de polvo y trazas de mármol rodeándoles. Una imagen tan evocadora que la hizo transportarse y perder la noción del lugar donde estaba, hasta que la voz de Izan la devolvió a la realidad.

  • ·         IZAN: ¡Itzabó!
  • ·         ITZABÓ: Lo siento.
  • ·         IZAN : ¿Te encuentras bien? Estabas como… en otro sitio.
  • ·         ITZABÓ: Sí, estoy bien.
  • ·         IZAN: Bueno, tú dirás, soy todo tuyo.

 Itzabó pensó para si misma “ no sabes hasta qué punto” mientras suavizaba  las luces del aula con el mando.
 No se oía absolutamente nada. Jamás se había percibido silencio como aquel.
Lo cogió por el brazo y se lo llevó al centro del aula.

·         ITZABÓ: ¿Preparado?
·         IZAN: Pues , no lo se.
·     ITZABÓ: Voy a darte unas instrucciones. Permanecerás en silencio y harás todo lo que yo te diga, sólo escucharás mi voz, ¿de acuerdo?
·         IZAN: De acuerdo.

Fue a su espalda y al colocarle la mano en el centro notó su nerviosismo.

  • ·         ITZABÓ: Pon la espalda derecha y relaja los hombros- al ver que le costaba le insistió- Izan, necesito que los dejes caer.
  • ·         IZAN: Está bien, perdona. No estoy acostumbrado a clases de relajación.
  • ·         ITZABÓ : Pues para poder empezar tendrás que conseguir relajarte.
  • ·         IZAN: Está bien.
  • ·         ITZABÓ : De todas formas,  si no lo conseguimos ahora lo harás en minutos.
  • ·         IZAN: Muy segura estás .
  • ·         ITZABÓ: Siempre. Te reté a que eras capaz de hacerme una escultura sin posar sabiendo que lo harías, y ahora sé que lograré que seas capaz de sentir, al menos un poco,  lo que yo siento cuando la música penetra en mí. Ahora, espalda erguida y hombros relajados.- Para ayudarle a ello, se calentó las manos con su aliento y se las colocó en la nuca ejerciendo una leve presión hacia los hombros. Cuanto más lo hacía , más notaba como conseguía su objetivo. Ella decidió bajar su tono de voz, y darse la vuelta para colocarse en frente suyo.- Bien, ahora- colocó su mano en el pecho de él, justo en la cruz del esternón- cierra los ojos- y lo hizo lentamente – respira pausadamente, deja que el aire fluya una y otra vez. ¿lo sientes?
  • ·         IZAN: Sí.
  • ·         ITZABÓ : Tienes que ser capaz de oír en tu interior tu corazón.


Quizás por la relajación extrema que ella estaba consiguiendo en él, y  la sensación de escucharse , tan clara y cercanamente, todo aquello le impresionaba. Realmente podía sentir la frescura del aire entrar y apenas querer salir. La voz de Itzabó , susurrante y extrañamente dulce , parecía querer evocarle a otros lugares.
Cuando ella vio que estaba lo suficientemente relajado, se colocó junto a él con su espalda pegada a su pecho. Izan, aunque extrañado y sintiendo un cosquilleó que recorría  todo su cuerpo,  no quiso abrir los ojos hasta que ella se lo dijese.

  • ·         ITZABÓ: Ahora abre los ojos.

La perspectiva de ellos dos, así unidos , de su cuello, sentir su cuerpo en ese instante , resultaba la tortura más dulce que Izan nunca pudo imaginar.
·       
  •   ITZABÓ: Ahora deja caer apenas  tu cuerpo sobre mí, suavemente,  y pon tus brazos sobre los míos.

Izan hizo lo que le pidió, pero creía que la relajación desaparecía por momentos. De forma involuntaria,  evitaba que sus dedos tocasen los de ella. Ella, percatándose de que pareciera negarse a tocarla, intentó convencerle para que no rompiese el ritmo iniciado.
  • ·         ITZABÓ: Tienes que confiar en mí Izan, y yo confiaré en ti. Ahora, coloca tus manos encima de las mías, y que tus dedos sobrepongan los míos.

 El deseo de él  por entrelazarlos le podía, y su resistencia se resquebrajaba. Aquella voz, aquel cuerpo junto al suyo.

Ella apretó el mando del equipo de música.

·         ITZABÓ: Ahora , cuando empiece la música, tu cuerpo deberá seguir al mío, sin separarse, y sólo cuando confíes de verdad,  cerrarás los ojos y te dejarás llevar. Siente la música .


Y ésta comenzó: El Adagio de Albinioni. Tan sólo con los primeros compases, la piel de Izan comenzó a erizarse. Respiró hondo y decidió concentrarse.

Con delicadeza extrema , Itzabó  comenzó a mover los brazos suavemente acariciando el aire. Cada paso que daba , largo y pausado, era como flotar en el aire. Apenas un minuto del comienzo, Izan cerró sus ojos, y como ella le había dicho, confió enteramente y sin despegarse ni por un solo instante de su cuerpo.  En silencio, él , se limitó  a seguirla .


El contacto entre los dos era máximo, sin embargo, el halo de sentimiento y energía que transpiraba de su piel traspasaba la de él  , resultando,  junto a la música, una mezcla maravillosa.


Ella , en pleno éxtasis , se sentía protegida y tranquila  en el místico abrazo de Izan.

Itzabó  cogió sus manos y  se las llevó en su  cintura colocándoselas   exactamente como debía de sostenerla. Con una mano en sus mejillas,  le dio la señal para que abriera los ojos, y en un susurro delicioso le dijo “ confío en ti”.  Sin dejar de mirarse ,  con una mano en su hombro, ella comenzó a moverse sobre las puntas  de sus píes, en elevación absoluta,  y sin que él la soltara, como las pequeñas muñecas de porcelana de las cajas de música,   comenzó a girar  alrededor de él. Su pelo, sus manos alargadas hacia el cielo, inmortales testigos de la magnificencia de su entrega.Manos que se alejarían de él con el dramatismo propio de quién sufre por amar un imposible. 

Petrificado por lo que ella le transmitía , su rostro reflejaba parte de la historia. Muerte deliciosamente lenta, deliciosamente esperada,  ante la imposibilidad. Dejarse llevar como única salida. Itzabó , mostraba cada sentimiento, la dulce agonía, la desesperanza, la muerte  por el  sueño de amar al otro ser,  esperando que se la llevasen. Todo su cuerpo rezumaba la más hermosa poesía, la más tierna y al mismo tiempo triste historia de un amor infinito clavado en la piel , y que ella, con cada gesto de sus manos sobre su cuerpo trataba de despojarse. Dolorosa realidad.


Aquella Itzabó volvía a ser grandiosa . Aquella mujer , a través de la música,  volvía a clavársele en el alma. Izan,   entendió entonces cómo se podría morir si se lo quitaban. Vivía para la danza. Su entrega, su dicha, sus esperanzas, su aire , su luz….. todo su mundo, porque su entrega no podía ser más absoluta y su desgaste interior más grande . Aquella bailarina, aquella mujer por la que sintió al principio curiosidad, era capaz de hacerte sentir lo que ella sentía cuando bailaba, capaz de transmitirte sus sensaciones, de que tu vello se erizase sin relajarse ni por un momento desde el comienzo hasta el final. No había fallos en su ejecución, no había dudas. Seguridad, perfección y entrega de su cuerpo, hermoso sentimiento, no el de la bailarina, el de la mujer.

 

Él , como ella le había dicho, había logrado arrebatarle parte de su alma para dar vida a su escultura; ella , sin necesidad de esta prueba,  y con tan sólo mirarle a  los ojos, sabía que además de su alma,   tenía su corazón.

 

Unos ojos, los de él,  que aquella noche, ella vio  humedecerse  por primera vez. 

FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos los derechos reservados)

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