martes, 7 de abril de 2015

ELECCION . Capítulo décimo sexto. (Rated +18) (Registrado 24 sep 2014)

Créditos a quién corresponda
Pasaron los días con la normalidad y rutina habituales. 
El doctor seguía con sus rondas , y sus labores de realización de informes y laboratorio para preparar los medicamentos . 
La Dra. Mhic le ayudaba en cuanto era preciso mientras continuaba encargándose del hospital. 

Todo exactamente igual que antes. Salvo por el nuevo ocupante de la casa.

Brian se había hecho con todo lo que le rodeaba en unos pocos días, con el beneplácito de Aen el cual se encontraba centrado en otras cosas.
Pese a los años de encierro, no había perdido las maneras  controladoras y de buena organización. Maneras adquiridas en tiempos pasados. Tiempos en los que la relación entre ambos hermanos distaba mucho de ser lo que era ahora.

Una relación , en la que Brian siempre se había impuesto bajo la excusa de ser el que había nacido antes .Marcada por su carácter siempre fuerte . Aen siempre fue el más conciliador.


Una relación en la que ambos siempre estuvieron muy unidos . En la que,  las escasas discusiones que pudieran propiciarse , solían arreglarse con una copa de licor de por medio, una cena en un buen restaurante londinense, y quizás algún espectáculo. Tiempos en los que ambos compartían interés por las carreras de caballos a las que solían acudir en busca de mejorar su suerte, y en las que la asociación profesional entre ambos,  reflejaba la sobriedad y madurez de dos jóvenes empresarios con éxito. De dos profesionales más empeñados en buscar tratamientos alternativos a las enfermedades mentales,  que a la rentabilidad económica que pudieran extraer con ello.
Y eso fue así , hasta que por su enfermedad, Aen tuvo que ser enviado con una  tía suya a las Antillas Caribeñas,  pasando muchos años en los cuales,  las informaciones que llegaban sobre él no podían resultar más descorazonadoras.
Durante ese tiempo, Brian se ocupó de todo . Apenas tenía tiempo para él o para sus asuntos personales varios, entre los que destacaba una mujer. 
Años de obsesión por una dama casada de Londres a la que visitó con frecuencia durante muchos  años ,y a la que tuvo que dejar de lado,  por ocuparse en exclusiva de todos los negocios y asuntos médicos, así como de las investigaciones.

Un Brian apasionado , al que poco a poco le cambiaba el carácter conforme sufría en sus propias carnes el hecho de tener que ceder en su vida personal por todo aquello, y que, siendo el principal instigador,  nunca se había arrepentido tanto .
Y un día,  Aen regresó ,y la relación fraternal nunca fue la misma. Aen volvió muy cambiado, con un carácter mucho más agrio, siendo una persona mucho más oscura.  Al hacerlo, desplazó automáticamente a Brian de todo y ni siquiera contaba con él para lo que a decisiones médicas e investigadoras se refería.
La relación entre ambos se enfrío, y no porque Brian, con más paciencia de la normal, intentase  una y otra vez  que todo volviese a la normalidad , que todo fuera como antes.
Las discusiones ya no se arreglaban con copas y cenas, ni siquiera los caballos  le resultaban atractivos.
Y pese a todo, Brian  ponía todo el empeño posible porque la relación con su hermano continuase como siempre , y por averiguar qué había pasado en aquella tierra que tanto le había hecho cambiar.

El camino de no retorno entre ellos fue una situación producida durante un otoño, en Londres. 
Ambos hermanos aprovecharon para asistir a una convención médica. Decidieron quedarse en el mismo hotel, en habitaciones contiguas.

Después de meses sin verla,  en lugar de asistir  a una cena homenaje a un memorable cirujano, Brian decidió volver a ver a la mujer que más amaba y deseaba.  Volvieron a reencontrarse suponiendo para él la mejor vía de escape.
No obstante, durante la cena de clausura, en la que los asistentes irían acompañados de quienes quisieran, aquella bella y exuberante mujer de la alta sociedad británica,  apareció por sorpresa en la fiesta del brazo de su esposo.  Aen, observó la cara  de su hermano nada más verla aparecer. Él sabía que Brian tenía alguien en su vida, pero no conocía los detalles y mucho menos que era una mujer casada,  y que su esposo era  el Director  del Colegio Oficial Médicos de Inglaterra.

Sin embargo , a Aen algo no le terminó de enlazar aquella noche. Por el rostro de su hermano, notablemente molesto, no llegaba a entender si  su actitud era una simple cuestión de celos por venir acompañada de él, o por el hecho de no esperársela aquella noche , siendo consciente de que aquel gesto suponía una provocación en toda regla difícil de resistir.

Lejos de todo pronóstico posible, habría pasado algo más de una hora, cuando aquella mujer se acercó a ambos hermanos dejando a su esposo hablando con otros colegas al otro lado de la gran sala. Correcta en sus formas, trató a Aen como el señor que era, con respeto absoluto como se trata a un colega y conocido de su marido, aunque sus ojos dijesen otra cosa. Sin embargo, cuando la sorpresa cobró protagonismo , fue cuando aquella mujer comprobó que su amante tenía un mellizo, diferente, mismo rostro pero muy diferente. Oscuro, serio, excesivamente cortés y correcto.

Ambos hermanos decidieron quedarse, por iniciativa  del propio Brian , unos días en Londres. Aen aprovechó para encargar unas compras de libros y material médico , mientras que su mellizo disfrutaba de sus horas de asueto con la dama casada.  Ambos resultaron invitados en más de una ocasión a casa de dicha dama, bien para tomar el té o degustar una exquisita cena.
Conforme aquellos actos sociales se convertían en más habituales, Aen pasó a ser el centro de atención preferente de la mujer percatándose de todo ello Brian. Aunque la conocía bien,  y sabía que era tan hermosa como curiosa , comenzó a pensar que  quizás el fallo hubiera partido de su parte al no comentarle su pequeño añadido familiar.

Pasado un tiempo, Brian regresó a Londres por negocios y visitó por sorpresa a su amada asegurándose, como siempre, que se encontraba sola en la casa.  Ella hacía mucho tiempo que le había entregado una llave de la misma, de la entrada trasera,  para que no estuviese molestando al servicio y procurase no ser visto. Él  nunca hizo uso de ella, pero aquella noche se trataba de darle una sorpresa y entró en su vivienda usándola.
Con mucha precaución de no hacer ruido ni ser visto por nadie, subió las escaleras que le llevaban  hasta su dormitorio y abrió la puerta. Apenas unas cuantas velas iluminaban aquella habitación.
Ella , dormida , no se percató de su presencia. Él se acercó a la cama con la intención de despertarla con un beso cuando,  conforme se encontraba más cerca  su visión resultaba  más clara : Un brazo en su cintura y otro cuerpo boca abajo a su lado.
Brian no podía distinguir la cara del sujeto , pero por el cuerpo mostrado sabía perfectamente que aquel no era su corpulento esposo.
Sólo cuando estuvo justo al lado de ella , de pie, mirando fijamente, ella despertó sobresaltada por su presencia, tanto,  que despertó al otro individuo , el cual, al girar su cara y ver a Brian ,  quiso que le tragase la tierra.
Brian podía esperar cualquier cosa de ella, nada más conocerla ya había oído muchos comentarios en los círculos sociales sobre con quién la habían visto relacionarse y su actitud , pero , lo que no podía esperar, y menos aún sabiendo  lo que sentía por ella, es una traición de tamaña proporciones por parte de su hermano.
Mientras Aen intentaba asimilar  aquella situación y lo que podía implicar,  Brian se marchaba enfurecido de aquella casa.

Tras semanas de búsqueda infructuosa por parte de la policía, nadie sabía el paradero de Brian. Aen insistía a la policía de que aquella actitud no era habitual en él, y que posiblemente podía estar , dada la ofuscación sufrida, en cualquier callejón merced de gente más que poco respetable.

Las semanas se convirtieron en meses, tantos como casi un año.

La noticia de su desaparición fue portada en todos los periódicos de tirada nacional ocupando protagonismo junto con una oleada de crímenes en diversas localidades británicas. Mujeres que iban desapareciendo misteriosamente y que tras encontrar sus cuerpos, se denotaba el patrón de su asesino. Precisión en las ejecuciones y maneras profesionales de llevar a cabo los hechos más espeluznantes que se habían conocido en mucho tiempo.

Y pasaron los meses sin que hubiesen nuevas noticias de Brian, ni del asesino en serie, al que habían comenzado a apodar el médico hacía tiempo, justamente por cómo les daba muerte.

Mucho tiempo más tarde, el mismo inspector de policía, acompañado de dos agentes, se presentaron en el hospital psiquiátrico que Aen dirigía. Le solicitaron lo acompañaran al departamento por un asunto muy peliagudo y grave, sin darle más detalles. Durante el transcurso del trayecto, él se imaginó lo peor. 
Hacía mucho que no recibía noticias de la policía , y el echo de que se le presentasen por sorpresa varios agentes y el mismo inspector , no presagiaba nada bueno, menos aún,  si tenemos en cuenta la falta de información previa.

Al llegar , le informaron que su hermano había sido detenido como sospechoso de haber cometido asesinato , y que se le investigaba la posible relación con el resto de las muertes acaecidas en los últimos meses. Que su cuerpo, bastante borracho, fue encontrado en un callejón , cubierto de sangre, inconsciente y con las ropas rasgadas. A priori , nada podía relacionarle salvo por lo de la sangre, pero cuando le dijeron que se hallaba al lado del cuerpo de la última víctima,  todo les empezó a casar.

Sin que su hermano pudiera hacer nada, y ante la actitud más silenciosa de Brian que jamás su hermano había visto, celebraron juicio con lo que tenían, y lo más que Aen pudo hacer por él, fue revelar parte de lo pasado en los días previos , y alegar que su hermano no se encontraba bien, y que por eso mismo llevaba desaparecido desde entonces.  Su descubrimiento junto al cuerpo de la última víctima y en el estado en que se encontraba no ayudaron, su actitud de no querer defenderse  le ayudó mucho menos.
Tras una lucha casi titánica de  su hermano junto con el abogado defensor , se le  decretó enfermo , y ante la falta de pruebas fehacientes con respecto al resto de muertes, sólo se le pudo culpar por aquella. La sentencia: reclusión indefinida en un centro, sometida a revisión progresiva.
Brian fue trasladado al hospital regentado por su hermano donde permaneció en aislamiento, y una vez el nuevo centro fue puesto en marcha, se le trasladó a la que se convertiría en su residencia definitiva hasta ahora : la celda nº 5 de la zona de enfermos peligrosos.


Casey llegó a Londres justo cuando  tenía previsto . 
Nada más llegar a la Vicaría,  fue llevada a sus aposentos por la hermana regidora encargada de las novicias.  Todos los ornamentos para la ceremonia de adopción de los votos definitivos de las 13 jóvenes estaban casi listos, sólo faltaba prepararlas a ellas.

Días de recogimiento espiritual y muchos preparativos era lo que le esperaban de ahora en adelante. Casey aún no había podido ver al Obispo, y ansiaba poder hacerlo antes de la ceremonia ya que sólo en él confiaba sus pensamientos y temores, hasta el punto de haberlo escogido como consejero espiritual.

Durante las preparaciones previas, las jóvenes apenas descansaban. Dedicaban muchas horas al rezo, a encontrarse consigo mismas y a tener que superar una serie de pruebas.  La de la vanidad quizás era una de las que más les doliera. No se podía entrar en la gran casa con signos de vanidad u orgullo, y uno de esos signos tenía que ver con el cabello. 
Las jóvenes iban pasando a una gran sala donde se sentaban, se les retiraba el velo de novicia debajo del cual su cabello se mantenía recogido por una especie de gorro . Se les dejaba caer el cabello, y cogiéndolo con una mano, erguidas y sin poder moverse, oían las tijeras pasar,  y en seguida, la sensación de liberación de peso , les confirmaba que aquello ya estaba realizado. Las tijeras se destinaban a cortar la mayor parte, una navaja hacía el resto.  Casey prefirió cerrar sus ojos, intentó no pensar, pero justo al oír aquella tijera la primera vez, una imagen vino a su cabeza, una imagen tan real y perceptible en sensaciones como si volviese a vivirlo.  La de Aen soltándoselo  en el cobertizo y su rostro al verlo caer suelto sobre sus hombros. Aquellos ojos que ella no lograba quitarse de la cabeza y que,  en momentos de duda como los que vivía,  resultaban ser su único consuelo y refugio, lo único que la calmaba aunque resultase también ser la razón de su desasosiego.
Y Casey continuaba sin saber nada del Obispo. Pasaron los días previos, llegó el de la ceremonia y él no daba señales de vida. Tuvo que confesarse con otro sacerdote, y aún a riesgo  de no entrar tan limpia de espíritu como debía, le relató sus posibles pecados de otra forma, quizás más suavemente, puesto que no le tenía la confianza requerida.

El día de la ceremonia llegó. Todas se encontraban dispuestas en la capilla de la Vicaría rezando, cuando a ella le pareció reconocer un tono de voz. Era él, el obispo que se adentraba en la estancia y ocupaba su lugar. 
El ceremonial comenzó , toda la liturgia tuvo su lugar. Y llegó el momento de estar  tendidas en el suelo, bocabajo, con los brazos estirados en cruz y con la cabeza en el suelo sobre la barbilla.

Conforme aquello avanzaba, Casey comenzó a sentir una presión en el pecho, le costaba respirar y no sabía por qué.  Una sensación de angustia terrible que hizo que tuviera que apoyarse en el suelo sobre la frente para que no la vieran ,  una sensación de angustia profundamente dolorosa que la hizo comenzar a llorar ahogadamente, sin permitirse un gesto ni un ruido.
El Obispo llevaba rato observándola, y como la conocía, sabía que algo pasaba .

A mitad de ceremonia, Casey , que no lograba encontrar un poco de paz, sintió una mano sobre uno de sus hombros. Levantó la mirada y era él, el redentor de su alma,  el único de aquella institución capaz de comprenderla. Él único  capaz de ver la persona que se encontraba detrás.


Un sacerdote nada común que se sobrecogió al ver su rostro , y especialmente sus ojos. Unos ojos que suplicaban una mano amiga, unos ojos que aceptaban con resignación el gran cambio.

FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos los derechos reservados)

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