En paz
conmigo misma,
escucho esa
voz interior
que tantas
veces
me puso
sobre aviso.
Mis adentros
reclaman no hacer nada,
tan sólo
respirar y seguir viviendo.
Mi corazón,
en continúa
lucha con mi cabeza,
reclama
seguir adelante,
pero no
puedo,
así no.
En este
lugar de recogimiento
en que he
convertido mi cuerpo,
como templo
respetado
por un dios
inexistente,
sólo alguien
más se atreve a profanarlo.
Digno
conocedor ,
experimentado
afinador de este órgano celestial.
Las cuerdas
del violín en el que convertiste mi cuerpo,
al que le
diste tú forma,
echan de
menos tus caricias,
tus yemas ,
y el delicado
rozar del arco con el que lo estimas.
Metáfora
hermosa escogida por ti,
la de transmutar mi cuerpo con esos instrumentos,
escogidos
nunca al azar,
como forma
de recordarte en cuanto emitieran una sola nota.
Instrumentos
que suenan hoy mejor en solitario,
así como mi
persona sólo era feliz a tu son,
escrita la
partitura de mi vida.
A solas en
aquel lugar,
en el que
estuvimos juntos
aquella
última vez,
cierro mis
ojos
y me inundo
de su paz,
de su
ruidoso silencio
capaz de
erizar mi piel,
trayendo de
lejos ,
avivados por
el viento,
los ligeros
tañidos del martilleo constante de las
teclas,
y los
acordes de la mano reconocible, capaz de
extraer lo
mejor de aquellas deliciosas cuerdas .
Sonidos,
notas que lo
envuelven todo,
dulcificando
una despedida sin tiempo marcado,
sin posible
fecha de regreso.
Un adiós ,
que los dos
quisimos creer que venía con fecha de regreso.
Dulces e
ingenuos niños ignorantes,
de lo que la
vida misma es,
cuando decide
atormentar a los viejos amantes,
los de
pasión desmedida
que no
dejaban espacio al aire,
los de caricias templadas
con sabor a
miel de caña,
los de
..........
Los amantes
muertos de amor,
el suyo,
el que lo
devoraba todo ,
de la misma
forma salvaje
con la que
antes los hacía disfrutar,
con el
talento del crupier,
que
habilidosamente reparte cartas ,
mientras
ellos sólo pudieron escoger la jugada.
Muerte del
todo predecible,
nunca
llamada así.
Una partida
sin vuelta ni regreso posible,
inunda mi
alma con un vacío irreconocible.
Incapaz de
haber sentido así antes,
e incapaz
para volver a sentir así una vez más.
Amor de
huellas profundas,
de batallas
sin testigos,
de
prisioneros sin juicio de guerra,
de
sentencias sin tribunal.
Amor cuyo
recuerdo,
en mi
recogimiento,
se hace
fuertemente imborrable,
fuertemente
sentido,
y ,
cubierta de
nuevo de aquellas mismas sensaciones,
sólo percibo
tu falta,
sin la cual,
todo sería
perfecto.
Ana Patricia
Cruz López
(Todos los
derechos reservados)
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