Recuerdos de
un ayer vivo y vibrante,
dónde lo qué
decían los demás daba igual,
dónde lo que
sentíamos estando juntos,
era nuestra
propia batalla pacifista,
en la que
las caricias eran nuestras armas,
el agua que
recorría nuestra piel parte de nuestra sangre,
y las
sábanas , nuestras propias vendas.
Recuerdos de
noches sin fín ,
en el que la
brisa era tu cómplice
para
sentirme querida como nadie.
Imágenes
vivas de como el fuego lo abarcaba todo,
porque tú no
sabías expresarte de otro modo.
Todo o nada.
Nunca
hubieron pasos intermedios.
Blanco o
negro.
Jamás
pensaste en grises.
Tuya ,
por siempre,
y mientras
vivieras ,
no de otro .
Sentimiento
puramente egoísta,
traducido en
infelicidad,
y convertido
en amor incondicional,
por mi
felicidad.
Recuerdos de
un pensamiento encarnado
desde que
entré en tu vida.
Vivencia que
me traspasaste.
Ansiedad por
formar parte de tu historia.
Pero la historia
adoptó otro camino.
Inesperado.
Incontrolable.
Agobiada por
mis propios sentimientos hacia ti,
algo maldito
se cruzó,
y me aferré
a la única tabla de salvación posible.
Mirarte a
los ojos esperando recriminación,
y encontrar
sentimiento .
Esperar
dureza en tus palabras ,
y encontrar
una caricia .
Confundí tu egoísmo
y tu prisión,
tu
sentimiento de exclusividad y aislamiento.
Y pese a
todo,
lejos de ti,
con mi
supuesta libertad,
con mi dicha
nueva,
mi sensación
de ahogo seguía permaneciendo.
La liga que
unía nuestra sangre,
que hacía
mover nuestro corazón al unísono,
jamás se
rompió,
y la
distancia,
recuperó sus
grietas y la hizo más fuerte que antes.
Esperaba que
me odiases,
escuchar tu
rabia,
sentir los
latigazos de tu existencia,
aquello que
siempre quedaste pendiente de decirme.
Y sin
embargo,
mi
felicidad,
fue la razón
de todo.
Un querer
ofrecerme el mundo conocido
y el que más
allá de los confines pudiera haber,
y no poder.
El querer
hacerme sentir única,
y sentirte
insatisfecho
por
considerar que nunca era suficiente.
Desvivirte
por ofrecer la novedad y la inquietud
de quien
descubre un nuevo mundo cada día,
y llorar a
solas por no alcanzar más.
¿Cuántas
montañas quedaban por escalar
para traerme
ese pedacito de cielo
al que
siempre quisiste poner mi nombre?
¿Cuántos
escalones faltaban por construir
para llegar
a la luna ,
y con un
lazo traérmela para poder tocarla al menos una vez?
¿Cuántas
lágrimas te quedan por derramar a solas
para
comenzar a ser feliz?
Y mientras,
mi ahogo se
desvanece con aquella caricia tuya.
La
desesperación de sentirme encerrada,
deja paso a
una paz indescriptible.
Mi esencia ,
tranquila, recibe la señal de lo qué debe ser.
De lo que
nunca debió haber sido.
Ana Patricia
Cruz López
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