sábado, 26 de septiembre de 2015

MOMENTOS. Siempre tuya. (156)

Recuerdos de un ayer vivo y vibrante,
dónde lo qué decían los demás daba igual,
dónde lo que sentíamos estando juntos,
era nuestra propia batalla pacifista,
en la que las caricias eran nuestras armas,
el agua que recorría nuestra piel parte de nuestra sangre,
y las sábanas , nuestras propias vendas.

Recuerdos de noches sin fín ,
en el que la brisa era tu cómplice
para sentirme querida como nadie.
Imágenes vivas de como el fuego lo abarcaba todo,
porque tú no sabías expresarte de otro modo.


Todo o nada.
Nunca hubieron pasos intermedios.
Blanco o negro.
Jamás pensaste en grises.
Tuya ,
por siempre,
y mientras vivieras ,
no de otro .

Sentimiento puramente egoista,
traducido en infelicidad,
y convertido en amor incondicional,
por mi felicidad.

Recuerdos de un pensamiento encarnado
desde que entré en tu vida.
Vivencia que me traspasaste.
Ansiedad por formar parte de tu historia.

Pero la historia adoptó otro camino.
Inesperado.
Incontrolable.

Agobiada por mis propios sentimientos hacia ti,
algo maldito se cruzó,
y me aferré a la única tabla de salvación posible.

Mirarte a los ojos esperando recriminación,
y encontrar sentimiento .
Esperar dureza en tus palabras ,
y encontrar una caricia .

Confundí tu egoismo y tu prisión,
tu sentimiento de exclusividad y aislamiento.
Y pese a todo,
lejos de ti,
con mi supuesta libertad,
con mi dicha nueva,
mi sensación de ahogo seguía permaneciendo.

La liga que unía nuestra sangre,
que hacía mover nuestro corazón al unísono,
jamás se rompió,
y la distancia,
recuperó sus grietas  y la hizo más fuerte que antes.

Esperaba que me odiases,
escuchar tu rabia,
sentir los latigazos de tu existencia,
aquello que siempre quedaste pendiente de decirme.

Y sin embargo,
mi felicidad,
fue la razón de todo.

Un querer ofrecerme el mundo conocido
y el que más allá de los confines pudiera haber,
y no poder.
El querer hacerme sentir única,
y sentirte insatisfecho
por considerar que nunca era suficiente.
Desvivirte por ofrecer la novedad y la inquietud
de quien descubre un nuevo mundo cada día,
y llorar a solas  por no alcanzar más.

¿Cuántas montañas quedaban por escalar
para traerme ese pedacito de cielo
al que siempre quisiste poner mi nombre?

¿Cuántos escalones faltaban por construir
para llegar a la luna ,
y con un lazo traérmela para poder tocarla al menos una vez?

¿Cuántas lágrimas te quedan por derramar a solas
para comenzar a ser feliz?

Y mientras,
mi ahogo se desvanece con aquella caricia tuya.
La desesperación de sentirme encerrada,
deja paso a una paz indescriptible.
Mi esencia , tranquila, recibe la señal de lo qué debe ser.
De lo que nunca debió haber sido.

Ana Patricia Cruz López
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