lunes, 7 de septiembre de 2015

NADA ES LO QUE PARECE. CAPITULO SEXTO. SEGUNDA PARTE. EL REENCUENTRO. (Registrada en SAFE CREATIVE JUNIO 2015)

CAPITULO SEXTO (SEGUNDA PARTE)
EL REENCUENTRO
 
Créditos a quién corresponda

Robert apenas había llegado a su destino aquel viernes tras un periplo de tiempo,  que por supuesto, no incluía las algo más de cinco horas y media previstas de estancia en el aire.
Y es que  cuando se mezclan, entre otras, circunstancias habituales como  son la hora punta de entradas y salidas de vuelos internacionales y el inicio de un fín de semana, con la vuelta a casa de quiénes trabajaban fuera  de Florida o quienes simplemente habían permanecido allí por negocios, con  una inesperada huelga de controladores aéreos, y colapsos por derivaciones sobrevenidas de vuelos de otros lugares,  desviados  a causa de sendas tormentas tropicales, la consecuencia más lógica,  era salir relativamente temprano por la mañana con la idea de estar a la hora de comer y no  a la hora de cenar, especialmente cuando el motivo eran negocios, y el contrincante era John Bourke.


Exquisito en sus maneras hasta la extenuación  y obsesionado con la administración de su tiempo, Bourke y Sheldon eran socios en algunos negocios desde hace años. Siendo el anfitrión notablemente más joven, Bourke se convirtió en una de las más interesantes adquisiciones para su bolsa de clientes por los que intermediar .
Presentados por alguien común aunque por distintas circunstancias, desde el principio, las condiciones de su relación quedaron claras sin que apenas hubieran de cruzarse más de dos párrafos de conversación.
Tanto uno como otro sabían de antemano, lo qué buscar en quién tenían en frente y, por supuesto, lo que dicha relación podía reportar a cada uno.

A diferencia de Sheldon, un hombre al que no le disgustaba nada la publicidad de los titulares y primeras planas aunque no todas fuesen en sentido positivo, Bourke , mucho más escurridizo, procuraba evitar esa notoriedad, especialmente, porque aunque resultaba vox populi  su más que reiterada división entre la masa de negocios visiblemente  legal y aquellos que no lo eran tanto,  trataba de pasar inadvertido pantalleando todo un entramado empresarial que le permitiera ocultar y disimular parte de ese núcleo negocial.

De personalidad tan extraña como inquietante, Bourke era tan respetado como temido a partes iguales por todo aquel que lo conociese o tuviese que relacionarse. Desconfiado por naturaleza, a diferencia de otros individuos posiblemente comparables a él en algún aspecto, no contaba con un surtido grupo de empleados que hiciesen las cosas por él. Su núcleo más cercano  lo conformaban apenas dos personas de confianza, y con la costumbre aprendida de  hacer las cosas por sí mismo, huía de la utilización de intermediarios para aquello que deseaba saliese bien a la primera.

Dados los años y lo que sabía de él respecto de sus manías sobre el tiempo y la impuntualidad, Robert  intentó avisar de su llegada en cuanto pudo activar el teléfono móvil, pero alguien ya le esperaba en el Aeropuerto para recogerle y llevarle a casa de su socio.

Tras media hora de recorrido, el coche tomó una desviación deteniéndose un poco más adelante . El conductor extrajo de la guantera  algo que parecía una pañoleta, se la entregó, y le dijo que se tapase los ojos  procurando asegurarse de no ver nada .

A Sheldon esto no le pillaba de nuevas. No era la primera vez que debía permanecer “ciego” en un recorrido hasta el punto de destino , especialmente , cuando se trataba de residencias con cierta fijeza. Requisito prescindible, cuando las citas se producían en lugares públicos , casas de conocidos u hoteles, lo que resultaba más habitual.

El cambio en la percepción de olores , el sonido cambiante del viento sobre arbustos bajos para después pasar a arboledas mucho más copadas y abundantes , el cambio de temperatura nada gradual en un momento determinado……………..todo ello, le hacía pensar , que el lugar de encuentro se encontraba lejos de la ciudad, posiblemente muy aislado y en un punto destacadamente alto , lo que confirmaría posteriormente,  en cuanto notó que el vehículo comenzaba a subir lo que parecía una cuesta , y a juzgar por el relativo movimiento continuamente ladeado , éste , resultaba más abrupto que el asfaltado de una carretera.

La detención del coche parecía no llegar nunca, pero el sonido de una verja automatizada abriéndose, y el medio giro dado por el conductor con su posterior frenado ,  supuso el punto y final de un recorrido que había comenzado desde la mañana en su punto de origen.
Con el sonido de la puerta situada a su derecha  abriéndose , un voz familiar le indicó que podía retirarse el pañuelo.
En cuanto sus ojos quedaron descubiertos, el rostro de la mano derecha de Bourke le recibía con una sonrisa de complacencia.
Al llegar de noche, sus ojos tardaron menos en acostumbrarse a los cambios de luz. La imagen de la casa frente a él no le impresionaba en demasía, ya que se preciaba conocer los exquisitos gustos  del caballero, y no sólo , en cuanto a viviendas se refería.

El ayudante dio las instrucciones precisas al personal apostado junto al coche respecto al equipaje de Robert, mientras a éste, le solicitaba que lo acompañase al comedor sonde se encontraban esperándole para cenar.

Dentro de la construcción, las robustas vigas de madera vieja y oscura , no sólo representaban el apoyo fundamental de la casa, sino un elemento decorativo apreciable en lo que era , sin duda, una muestra más de la arquitectura española colonial  de antaño aunque muy bien conservada.  Muros anchos, fuertes y con aspecto de esa robustez imponente acorde a quién la ocupaba en este momento como señor y dueño de todas las cosas habidas en ella.
Conforme subía escalón a escalón hasta el piso superior, Robert no pudo evitar  fijarse en cada uno de los detalles que aparecían ante sus ojos. Aquellos que , cruzados de forma inesperada en su camino, poseían algo que le recordaban los motivos de por qué precisamente , John Bourke,  habría escogido esta y no otra vivienda.

Una vez en el comedor de la planta superior , el ayudante le dio paso y se marchó. Su socio, sentado encabezando la mesa , se alzó para acercarse a él y saludarle, encontrándose ambos a medio camino.
·         BOURKE: Mi querido Robert.
·         SHELDON: John………….
·         BOURKE : Justo has llegado para la cena. Te esperaba algo más temprano.

Con una mano en su hombro,  Bourke lo acompañó a la mesa para que tomase asiento, sirviéndole una copa de vino.

·         SHELDON: Ha sido una auténtica odisea. Casi podría decirse que una sucesión de estruendosas casualidades.
·         BOURKE: De todas formas  mi querido Robert, sabes que contigo no hay problema, total , tenemos todo el fin de semana para hablar de lo humano y lo divino. Ahora cenemos  y despreocupémonos de todo.

Aquella presunta y habitual cordialidad  formaba parte de su forma de ser. Ciertamente vigilante, Robert sabía perfectamente que dado el cansancio que debía de estar manifestando, Bourke le estaba otorgando una tregua. Lo que no pudo imaginar, es que no sería tan larga como él creía en principio.

Una vez hubieron cenado,  una copa y algo de conversación en la terraza se agradecían.
Ciertamente, las vistas apreciadas desde ese enclave envidiarían  a cualquiera, y la posibilidad de encontrar algo de serenidad  imaginando cada uno de los amaneceres y los colores degradados de los atardeceres desde allí ,  le llevaban hasta las vistas que pudo apreciar en más de una ocasión desde la ventana de su despacho.
Sólo la voz de un Bourke al que no veía hacía tiempo , le distrajeron de aquel instante de evasión mental placentera.

·         BOURKE: Mi fortuna por un pensamiento tuyo, eso dijo el poeta, aunque ahora no logre acordarme de quién.

Sheldon le sonrío y se acercó el vaso a la boca para beber un sorbo , disfrutando del sabor almendrado y ligeramente amargo del licor ofrecido.

·         BOURKE: Estás muy pensativo.
·         SHELDON: No lo suficiente. Más bien , algo cansado. Pero tienes razón, me preguntaba por qué querías verme con tanta celeridad.

Observándolo por encima del borde de su vaso, su anfitrión , con aquel rostro casi irónico y complaciente a la fuerza, volvió a depositar el envase acristalado en el reposabrazos del sofá individual .

·         BOURKE: No hablemos de ello hoy. Se te nota muy cansado y prefiero que estés con la mente más clara . Lo dejaremos para mañana por la mañana. Cuando bajes a desayunar.
·         SHELDON: Bien – bebió de un solo trago lo que aún quedaba  de licor , y dejó el vaso encima de la mesita que tenía delante- entonces  si me lo permites , me retiraré, si no te importa.
·         BOURKE: Claro que no, tranquilo. Que descanses.
·         SHELDON: Lo mismo digo . Buenas noches.

Y se retiró, mientras alguien del servicio, apostado en la puerta, le acompañaba a su dormitorio.

Bourke prefirió permanecer algún tiempo más en la terraza, siendo acompañado al instante por su asistente de confianza.

·         ASISTENTE: ¿Qué tal ha ido?
·         BOURKE: He preferido dejarlo para mañana. ¿Has hecho lo que te ordené?
·         ASISTENTE: Sí. Estoy esperando que me confirmen el día y la hora.
·         BOURKE: ¿Y el número de contenedores?
·         ASISTENTE: Los seis previstos con matrícula de Rotterdam y los papeles listos.
·         BOURKE: Deberemos acelerar la reunión entonces. Prepáralo todo  para la semana que viene.
·         ASISTENTE: La cuestión es dónde.

Tras quedarse pensativo unos instantes, la respuesta fue dada con la mayor de las resoluciones.

·         BOURKE : Volveremos a Miami por unos días. Procura no retrasarlo demasiado.
·         ASISTENTE: ¿La excusa?
·         BOURKE: Una fiesta , pero al final quedaremos los habituales.
·         ASISTENTE: Bien, comenzaré a gestionarlo entonces.

Y mientras su asistente se marchaba , él permanecía de píe, disfrutando de las vistas mientras su cabeza no se detenía. 

A la mañana siguiente , cuando apenas las primeras luces del alba comenzaban a despuntar, Robert , convenientemente acicalado y vestido para la ocasión de forma elegantemente deportiva, bajó hasta el comedor principal para desayunar tal y como había concertado .
Suponiéndose por la hora solo, su sorpresa llegaba al ver a su socio ya sentado chequeando algo en un portátil mientras tomaba algo de café.

·         SHELDON: Vaya,  no esperaba que hubiera nadie.
·         BOURKE: Buenos días. Yo siempre procuro despertarme muy temprano, de lo contrario me perdería vistas como esas- le señaló con la cabeza hacia el exterior- y realmente , a veces suele ser lo mejor de todo un día.
·         SHELDON: - mirando por un segundo al exterior- Ciertamente maravillosas.


Mientras él cogía unas tostadas y se servía algo de zumo en una copa,  Bourke decidió cerrar el ordenador y reclinar su espalda en la silla.
Una vez su invitado tomó asiento en la mesa, la fase preferida de toda cita para el más joven de los dos , se iniciaba.

·         BOURKE: ¿Has logrado descansar bien? ¿Te han atendido convenientemente?
·         SHELDON: Por supuesto, de todas formas ya sabes que soy fácil de complacer.

Tras reírse abiertamente, la conversación prosiguió.

·         BOURKE: No siempre querido amigo. Tu nivel de exigencia en algunas facetas resulta casi escalofriante.

Estando a punto de beber algo de zumo, la trayectoria de la copa se detuvo unos segundos antes de proseguir mientras su mirada se concentraba en el cuadro de la pared de en frente.  Robert sabía perfectamente que ninguna pregunta, ninguna frase lanzada , era gratuita. Se conocían desde hacía años y demasiado bien por suerte o por desgracia. A él, el mayor de los dos, el que presuntamente más experiencia de vida tenía, el que se suponía estaba más acostumbrado a lidiar con estas circunstancias, el echo de tener que estar sentado hablando con él de algo diferente que no fueran negocios , le propiciaba un estado de nervios creciente y bastante incómodo. No siendo la primera vez que se encontraba en una situación así, su mejor arma era contraatacar con una buena defensa,  acompañado con una sutil y forzada sonrisa.

·         SHELDON: Bueno, ya sabes. No se puede tener éxito si no se es exigente. Tú por lo general lo eres bastante, incluso con tu propia gente.
·         BOURKE: Por eso apenas tengo gente que trabaje para mí, porque sé que nadie puede llegar a mi nivel de respuesta. Diferente es el tema de la selección de socios, pero claro, eso ya lo sabes.

Sheldon evidenció querer centrarse en el tema por el que  se encontraba allí, y tras comenzar a beber su café, se limpió la boca con la servilleta y, poniéndose cómodo también, dirigió sus ojos fijos hacia él y esperó a que le explicase el motivo de tal invitación.

·         SHELDON: ¿Y bien? Dejémonos de parafernalias  y vayamos al centro de la cuestión.
·         BOURKE: Sí, es cierto. Hace tanto que no gozaba de tu compañía personal, que por un instante me había olvidado de tu adoración por la practicidad y tu odio acérrimo a lo superfluo.
·         SHELDON: Se supone que estoy aquí por negocios John, si estuviera por placer mi actitud sería distinta te lo puedo asegurar. Y a juzgar por la rapidez de tu llamada , me temo que algo debe andar fuera de plazo, cosa que por otra parte me inquieta,  porque no me gusta andar con el tiempo pisándome los talones.
·         BOURKE: Lo sé, pero esta vez no ha sido culpa mía, ni de ninguno de los míos. Lo que no se puede decir de quién se encontraba en la aduana originaria que me retuvo la mercancía más de lo previsto.
·         SHELDON: Explícate.
·         BOURKE: Por lo visto,  tu “enlace” no se encontraba en su puesto el día previsto de llegada, y el que  lo sustituía , se presentó con orden de revisar los contenedores. Mi gente  tuvo que apañar algunos arreglos sobre la marcha apenas unas horas antes para evitar que los abrieran.- Iniciado el jugueteo nervioso de sus manos, Robert se puso en alerta-  Por si fuera poco, el “amigo”, el leal funcionario , retraso su salida casi dos semanas, y yo ahora tendré que vérmelas con los compradores , haciendo algo que me pone realmente enfermo  para que no se retiren de la venta.
·         SHELDON: ¡Oh vamos Bourke ! Tú nunca has necesitado endulzar nada a nadie para que te compren.

Con  rostro serio y evidente gesto de no gustarle demasiado la frivolidad de su socio al respecto, Bourke se levantó de la mesa cogiendo su taza de café para reponerla.

·         BOURKE: Jamás me atreveré a discutirte lo evidente, pero quiero que me busques una alternativa viable, y que sea ya.

Robert cerró los ojos y tomó aire  silenciosamente sabiendo que no era visto.

·         SHELDON: Vaya, para no querer que me pise el tiempo, yo diría que es una apisonadora y me está ahogando.

Con la taza en la mano, comenzó a deambular por la habitación.

·         BOURKE: Yo no he creado las nuevas situaciones, éstas han venido por si solas. Y como ya sabes, a circunstancias nuevas,  medidas desesperadas.
·         SHELDON: Puede. Pero como tú sabes también, las prisas nunca han sido buenas consejeras.
·         BOURKE: me da igual lo buenas o malas consejeras que sean, están y hay que mover ficha antes de que  el jinete quede descabalgado.
·         SHELDON:  ¿Aún sigues apostando a las carreras de caballos?
·         BOURKE: - dándose media vuelta para mirarle mientras le respondía- Sabes mi pasión más que manifiesta por la “monta”.

Sólo entonces, Robert se hubo dado cuenta de la inoportunidad del comentario, tratando de devolver la ruta de la conversación al punto de partida.

·         SHELDON: Haré unas llamadas y trataré de averiguar qué ha pasado. ¿Si el problema es económico?

Bourke volvió sobre sus pasos hasta el borde de la mesa evidenciando una molestia bastante notable por la pregunta.

·         BOURKE: Creo que ya reciben demasiado por lo que hacen,  como para encima de fallar , exigir.
·         SHELDON: Las cosas se complican cada vez más en los puertos, y no te extrañe que dentro de poco también lo encontramos en aeropuertos. El fisco no es idiota , y tú …..- Bourke le interrumpió abruptamente-.
·         BOURKE: ¿Yo qué?
·         SHELDON: No has sido precisamente discreto de un tiempo a esta parte.

Su socio, de pie , lo observaba con incredulidad esperando una explicación.

·         SHELDON: Has aumentado el volumen de los portes con demasiada celeridad así como la asiduidad de los envíos. Llevo tiempo advirtiéndote que no era una buena idea.
·         BOURKE: ¿A caso pretendes decirme cómo llevar mi negocio ?
·         SHELDON: No .
·         BOURKE: Entonces no lo hagas. Tu trabajo es aligerarme el camino, facilitar que todo fluya como en una balsa de aceite. Que mis mercancías, sean cuales sean, entren y salgan sin tener problemas y , sobre todo, se cumplan los plazos.  Parece mentira Robert, que después de tantos años tenga que recordártelo.
·         SHELDON: Yo no te dije que lo hicieras.
·         BOURKE: Pues limitate a hacer tu trabajo,  que yo ya me encargaré del mío, y así evitarás que me enfurezca y que te sirva de agenda con alarma particular.

Éste se dio la vuelta para volver hacia las vistas exteriores intentando relajarse.  En mitad de toda aquella conversación, Robert había realizado una auténtica labor analítica , por demás , necesaria. Bourke se encontraba muy alterado, demasiado nervioso para su gusto, por lo que dedujo que ocultaba una parte de la información, lo que por otra parte no le extrañaba en absoluto.
Su lado de pensamiento y duda , se tornó en auténtica preocupación pero , más que por el carácter de su socio o su alteración, por el contenido real de los envíos. Los fallos en aduanas, los registros, todo resultaba demasiado frecuente últimamente y siempre dedujo que John se había acostumbrado, pero ahora se daba cuenta de que había algo diferente.
A diferencia de éste, Robert no le recordaría que lo sucedido con este envío ya había pasado en otras ocasiones y que nunca lo había visto reaccionar así.
Dispuesto a no declinar en su actitud , prefirió esperar al resultado de sus averiguaciones particulares. Lo que sí le recordó en ese instante, fue lo último que hablaron por teléfono hace unas semanas.

·         SHELDON: ¿Has pensado en lo que te hablé ?
·         BOURKE: - Aún de espaldas- No me jodas Sheldon, ¿Es qué también voy a tener que ocuparme de ello?
·         SHELDON: Soy tu socio y tu intermediario, simplemente te informo, pero de eso sí tienes que ocuparte tú . El fisco está metiendo mucho la mano en lo que denominan sociedades extrañas, por mucho que éstas lleven en el mercado,  por mucho capital que tengan acumulado, y por mucha sede física aparentemente normal y montada a lo grande que tengas en el edificio más elegante de la ciudad. Las Auditorías han colado hasta ahora, pero no lo harán por mucho tiempo, y si casan daros con la comisión Nacional del Mercado de Valores, y averiguan  lo de mi contacto, nos fundirán a todos.
·         BOURKE: Pago mis impuestos como un ciudadano más aunque no resida de forma habitual en los Estados Unidos por razones más que evidentes, mantengo todo legal aunque  en la distancia. ¿Cuánto llevamos así? ¿10 , 15 años? Sabes perfectamente que desde que empecé en esto mi mercado amplió horizontes. No hay nada que se me solicite o me proponga que no consiga, y a día de hoy, ninguno de mis clientes ha tenido ni una sola queja ni en cuanto a  calidad del producto ni a  su precio, y pretendo que las cosas continúen del mismo modo. No voy a permitir a estas alturas que ningún puñetero peón burocrático cambie mis planificaciones simplemente porque vaya de más legal que nadie.
·          SHELDON: Yo sólo digo que debemos andar con más cuidado.
·         BOURKE: - bastante alterado- ¡Diosssssss! ¿Te importa hablarme en cristiano?
·         SHELDON: Espacía los envíos, busca rutas alternativas y altérnalas, distribuye la mercancía que sea entre varios frentes.
·         BOURKE: ¿De cuánto dinero estamos hablando?

Robert se incorporó para acercarse hasta él y tratar de calmarle. Su ímpetu era connatural en alguien  poco a acostumbrado a no controlar las cosas. Planificador por naturaleza, Bourke era excesivamente perfeccionista en cuanto a los negocios, y sólo su ambición desmedida y cada vez más creciente, le hacía adoptar en ocasiones, decisiones precipitadas sin medir las consecuencias.

Con su mano en el hombro, la cual retiró nada más verle girar su cabeza hacia él ,  acudir a las palabras apropiadas a ese instante resultaba una tarea harto difícil. Nada parecía calmarlo.

·         SHELDON: Menos de lo que te costaría tener que retirarte una temporada si les dejas a estos las pruebas en las manos.

Resignado y relativamente más calmado, bajó la cabeza tratando de respirar hondo.

·         SHELDON: Llamaré a mi gente y averiguaré qué es lo que ha pasado. ¿De cuánto tiempo dispongo?
·         BOURKE:  Hasta el miércoles por la noche. Habrá una reunión revestido de fiesta , en Miami .Ya sabes dónde.
·         SHELDON:  ¿Miami? Estás tentando demasiado a la suerte.
·         BOURKE: -mirándole seriamente- No te confundas. La suerte es la que no puede vivir sin mí. Los contenedores deberán estar listos para vaciarse esa noche.
·         SHELDON: Entonces será mejor que me dé prisa. Nos vemos en un rato.

Y portando el móvil en la mano, se marchó a uno de los jardines exteriores del otro lado de la casa para comenzar a llamar.

Lo que comenzaba como una mañana aparentemente tranquila,  en realidad no lo  fue tanto. Un fin de semana con sobrecarga de  actividad y  más de un grito volado a través de la línea.
Aspavientos,  alteraciones y algún que otro vaso roto contra el suelo, podría ser el resumen de posibles daños de algo que ambos estaban tratando de controlar sin saber muy bien cómo.
Almuerzos y cenas  en huecos improvisados , y un despacho en el que la actividad inquietaría a cualquiera.

Robert era bueno en lo suyo. Intermediar siempre se le dio bien , como parte de la personalidad de un negociador nato. Es lo que llamaban un “solucionado con mucho olfato”, y ello era lo que hacía que mucha gente le requiriera.

Intentar entender cómo dos personalidades tan contrapuestas lograban ponerse de acuerdo o llegaban a poder trabajar juntas aún seguía siendo un misterio para muchos, pero indudablemente y pese a los golpes recibidos por Sheldon de manos de su socio, él siempre supo distinguir al ambicioso con aspiraciones de reinado mundial en la ilegalidad más manifiesta, de la persona y el hombre que John Bourke se permitía mostrar.

Pero ¿quién era realmente John Bourke? Sí Robert Sheldon resultaba uno de los mayores misterios por resolver en ese campo, Bourke aún lo colmataba .
Canadiense de nacimiento, sus antecedentes conocidos lo remontan a la cuna de una familia muy antigua y afamada  en Toronto cuya fortuna se fue haciendo gracias a las explotaciones petrolíferas. 
Con apenas doce años, mostró poseer un cerebro privilegiado y un carácter quizás excesivamente maduro para su edad. Miembro destacado de la comunidad escolar desde su tierna infancia, su madera de líder nato y sus habilidades como estratega, le convierten en una futurible estrella en cualquier campo que quisiera desarrollar.
Con un carácter seco, serio pero exquisito, su personalidad fue tornándose oscura conforme los años fueron avanzando.
Huérfano justo el día en que cumplía veinte años  debido al fallecimiento de sus progenitores en un extraño accidente sufrido por su propia avioneta, hereda toda la gestión empresarial y patrimonio familiar, desechando a los que hasta entonces habían sido los consejeros empresariales de confianza de su padre.

Hasta aquí podría decirse , que lo relatado es lo que oficialmente se conoce de un John Bourke a partir del cual, la niebla sobre su vida y negocios  lo abarca todo de forma muy espesa y dudosa.
Su fortuna creciente, varias investigaciones a nivel internacional y algún que otro problema grave con la ley, le hicieron mantenerse alejado de los Estados Unidos  de forma casi permanente, pero sin saber exactamente cómo, aún hoy, se permite el lujo de volver cómo quién osa entrar por la puerta grande  de un sitio prohibido , con total holgura   y expansión de medios, sin que nadie logre echarle el guante.

Tanto el FBI, como la propia CIA estadounidense, o la Interpol en Europa, llevaban mucho tiempo detrás de él investigando todas las canalizaciones posibles  a través de sus respectivos negocios y personas de contacto. Sabían que contaba con poca gente que le hiciera encargos, conocían sus intermediarios pero tampoco podían acudir a ellos. Tenían vigilada a casi todas las personas de su trama empresarial, pero las pruebas tendían a desaparecer casi misteriosamente cuando era necesario recurrir a ellas.
Con el conocimiento  seguro de que su entramado personal de serviles ahondaba en los casos más espeluznantes de corrupción policial y funcionarial habidos en la historia de la delincuencia organizada,  John Bourke se había procurado toda una red perfectamente trazada en la que él jamás aparecía conectado , y en los que los pagos, bien en dinero o en especie, sobrevolaban llegando a destino sin dejar rastro.
¿La confirmación de todo ello? Bourke comenzó a realizar pequeños envíos que pasaban desapercibidos y que por supuesto procuraba aislar  en el tiempo. La seguridad de que lo tenía todo bien amarrado en puertos y aeropuertos , le hizo aumentar no sólo la regularidad de los envíos sino también su tamaño.
¿Contenido de los mismos?  Oficialmente casi se podría decir que “aire”, y no es un símil. Con empresas en apariencia legales y que incluso cotizaban en bolsa , y con una masa de capital  importante en su haber, un Consejo de Administración bien formado, unos Estatutos del todo transparentes y una sede física en apariencia, nada podría dejar entrever algún atisbo de ilegalidad por ninguno de los costados. Ninguna brecha abierta, ningún fallo en el que poder coger por sorpresa a este individuo con poderosos tentáculos hasta en el mundo de la política pese a su juventud.
Extraoficialmente, la rumorología apuntaba a diamantes o armas a juzgar por sus contactos con ciertos países africanos y de Europa del Este ,  y por el seguimiento que se realizaba a los medios de transporte presuntamente utilizados y sus rutas.

Años de investigación sin poder atraparle, le otorgaron una ventaja considerable y cierta autocreencia de inmunidad , de que las cosas se estaban haciendo bien desde su organización. Su fama se extendía en determinados círculos y los círculos de potenciales clientes también.

Hoy, casi quince años después de que todo comenzase, las cosas no habían cambiado mucho para él. Seguía siendo una personalidad oscura,   cubierta de un halo de misterio y dudas , mucho más si se trataba de su vida privada, algo que resguardaba en demasía.

Y pese al arduo trabajo , aún hubo tiempo para una copa final la noche del domingo, pocas horas antes de volver a casa.

Ambos se encontraban en la terraza. La noche , aunque con un cielo cubierto de nubes, colaba de vez en cuando una ligera brisa muy agradable  que, junto con la paz que se respiraba, casi lograba transportar a otro mundo.  Una paz ansiada por Robert en más de una ocasión, y casi robada al tiempo  de forma descarada por su socio.

·         BOURKE: Hace tiempo que no sé nada de ti. – le entregó el vaso con la bebida – Y sé que has venido esencialmente a trabajar pero,  echo de menos aquellas conversaciones nuestras.

Robert , receloso de su intimidad y más con él en frente, trató de mostrarse evasivo en la medida de lo posible.

·         SHELDON: Bueno…. Te recuerdo que no fui yo quién provocó que la relación cambiase.
·         BOURKE: Resultas enigmático cuando quieres . ¿No pretenderás decirme que después de tantos años aún me la sigues guardando?

Sheldon bebió el contenido del vaso de un solo trago y se dispuso a servirse más manteniendo la palabra mientras caminaba.

·         SHELDON: No me obligues a darte la respuesta que ya sabes.
·         BOURKE: - Riéndose - ¡Oh vamos Sheldon! Ha pasado mucho tiempo desde entonces.
·         SHELDON: Para ti puede, pero para mí es como si la imagen se hubiera quedado fija aquella noche.
·         BOURKE:  Jamás diste por válida mi explicación, lo que podría ser hasta admisible, pero con ella……..
·         SHELDON: - Mientras volvía hasta el punto de partida- ¿Por qué tenemos que volver al mismo tema una y otra vez?  – bebiendo un nuevo sorbo y con un modulaje de su voz serio y tosco-  Parece que disfrutas. Aquello pasó y punto, y si no te importa , preferiría que lo dejaremos estar.
·         BOURKE: No lo disfruto,¿ pero te has parado a pensar alguna vez qué puede que la cosa no quedase clara del todo porque tú no quisieras,  y que en ese caso nada se cerrará definitivamente? Deberías pasar página de una vez.
·         SHELDON: - mirándole a los ojos fijamente, sintiendo una rabia contenida fácilmente explotable ante él- ¿Pasar página? Quizás no me apetezca. Ello me permite recordar la clase de hombre que eres en realidad, y por tanto, facilita mucho tratarte como un hombre de negocios y un cliente. una distancia harto deseable en algunos casos.
·         BOURKE: por mucho que quieras , jamás lograras olvidar que jugaste mal tus cartas. Yo sólo le ofrecí lo que tú no podías darle.
·         SHELDON: ¿Eso te lo dijo ella?
·         BOURKE: - mirándole de forma socarrona y airada- nunca me hizo falta preguntarle, me o de mostraba cada instante que pasábamos juntos.
·         SHELDON: Sí claro, tanto que te acabo abandonando  y casándose con aquel empresario griego , bastante mayor que tú por cierto. Todo un logro que te durase más de seis meses.

Resentido por la dialéctica mantenida, su altivez sólo era comparable con su deseo de competición, algo que siempre resultaba como la sal de la vida en la relación entre ellos. Sin que Robert le hubiera dado píe jamás, John parecía disfrutar de esa especie de juego inventado por él , en donde no sólo era capaz de controlar el campo de batalla , si no también a los peones que circundaban. Algo que sólo provocó que su relación personal se deteriorara hasta el punto de simplemente tolerarse.

No conforme con el recordatorio, su capacidad para no quedarse satisfecho hasta decir la última palabra , hizo que quisiera rematar la conversación antes de que su socio decidiese despedirse.


·         BOURKE: Siempre pensé  que te habías rendido demasiado pronto, que cediste toda la partida antes de mover la siguiente ficha.
·         SHELDON: Posiblemente, pero estoy acostumbrado a perder.
·         BOURKE: Ese es tu mayor problema Robert, tu absoluta falta de orgullo y tu incapacidad  para saber retener lo que de veras vale la pena.
·         SHELDON: Puede, pero ¿ a caso tú supiste hacerlo mejor?

Una mirada cruzada de pequeño triunfo mientras se marchaba fue el punto final.
Sin más despedidas ya que pronto volverían a verse, y con mucho trabajo aún por hacer, Robert fue llevado al Aeropuerto donde un jet privado contratado previamente le retornaría a casa.

Había abierto aquella puerta muchas veces, pero en esta ocasión, la sensación de introducir su llave y girarla , le otorgó una sensación inconfundible y muy placentera de seguridad.
Su casa nunca fue un cuartel , ni siquiera las medidas de seguridad resultaban excesivas para quién era y lo que poseía en su interior, pero claro, no era ese tipo de seguridad la que añoraba con cada regreso y la que disfrutaba, hasta ahora , en soledad.

Para él, aquellas paredes eran como su castillo de privacidad. Un entorno ideal donde poder ser él mismo como bien le dijo Heyden. Un lugar con recuerdos buenos y malos , pero recuerdos en definitiva de su propia vida , no la de los titulares de los periódicos y reportajes publicitarios, no el Robert Sheldon que acaparaba la atención en todos los lugares.

Allí, Robert se sentía protegido por sí mismo y por lo que cada esquina de aquella construcción le ofrecía.
Su necesidad de que aquella masa de hormigón y cristal le recibiese como la madre a sus hijos con cada vuelta, era algo que permanecía en su mente de forma exclusiva, pero también era lo que le hacía querer regresar, y lo que en su día, le hizo decidirse a montar un despacho completo en la parte alta, cerca de su dormitorio, en el cual permanecía muchas más horas que en la sede central de la ciudad.

Quizás ahora que volvía a no encontrarse solo del todo, esa sensación se turbase.
Su deseo por volver a casa ahora tenía posiblemente otro fundamento , aquel que , con cuerpo de mujer, se supone que había dejado en su despacho revisándolo todo.

Encontrándose a los píes de la escalera comenzó a subirla , y la última imagen de ella antes de marcharse el viernes, regresaba por instantes.
Con la puerta ligeramente abierta y la luz encendida, apenas tuvo que empujarla para que abriera por completo.
Sin esperárselo allí de esa forma, ella se sobresaltó.
Sentada como no podía ser de otra forma, cerraba una carpeta que tenía abierta delante de ella, se reclinó hacia detrás en la silla de oficina , y cruzó los dedos de sus manos encima de sus piernas.
·         HEYDEN: ¿Fructífero el fin de semana?

Sin apariencia de cansancio y con una sensualidad implícita en cada movimiento de sus labios, Robert trató de mantener la compostura apoyado en la  pared situada justo al lado de la puerta.

·         SHELDON: Complicado.

Aquella imagen casi desarmada de un Robert más humano que nunca, con la cabeza media baja y apoyado sobre sus manos, le otorgaban cierta vulnerabilidad.

·         SHELDON: ¿Y el tuyo?

Ella se quedó pensativa unos instantes.

·         HEYDEN: Nada que destacar – Se puso de pie y recolocó las carpetas amontonadas en la mesa- salvo que he logrado terminar la puesta a punto pero me falta   un pequeño detalle por aclarar.
·         SHELDON: ¿Te importa si lo vemos mañana por la mañana? En este momento necesito una copa y algo de paz.

Sin nada más que hablar y decidida como nunca, apagó el flexo de la  mesilla dejando toda la habitación iluminada por la escasa luz que entraba por los cristales .
Sin que Robert lo esperase, ella se detuvo justo a su altura en la puerta abierta y alargó su mano en busca de la de él. Sin ni siquiera mirarle, él dejó que se apropiara de su extremidad y simplemente se dejó llevar.
Sin explicación alguna, se lo llevó consigo hasta la parte baja de la casa, justo hasta el jardín trasero dónde se encontraba la piscina.
Deteniéndose justo en el borde, ella se agachó ante la atenta mirada de él desde las alturas, cogiéndole uno de sus pies ,  retirándole el zapato y el calcetín, y repitiendo la misma acción con el otro.
Colocándolos con cuidado a un lado, se levantó y le dijo que se sentase en el borde con los pies dentro del agua, y ante su incredulidad, prefirió no discutirle mientras observaba como se acercaba al mueble bar dispuesto allí cerca  para preparar algo de beber, volviendo con sendos vasos .

Sentados juntos , se limitaron a compartir el rato de esparcimiento en silencio, mientras se deleitaban el paladar .

Ana Patricia Cruz López
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