viernes, 2 de octubre de 2015

UNA HISTORIA INACABADA. CAPITULO DECIMO . SEGUNDA PARTE. Sentimientos encontrados ( Registrada en SAFE CREATIVE JUNIO 2015)

CAPITULO DECIMO (SEGUNDA PARTE)

“Como un chiquillo expectante,
Espero escuchar tu voz para dormirme.
Deseo que una vez más, me cuentes aquella vieja historia.
La que se supone que nos une,
La que se supone que ha habido entre nosotros.
Vuelve a contarme cómo nos conocimos,
Vuelve a recordarme como comenzaste a amarme.
Cuéntame, como si no lo hubiese vivido, cómo se inició nuestra historia.”

Créditos foto APCL73.
El beso . RODIN. Casa Museo Rodin
SENTIMIENTOS ENCONTRADOS


No hizo falta negociar. No hizo falta ponerse de acuerdo. Empezaría a leer él y ella comenzaría escuchándole. Nadie le dijo a Steve que era la mejor decisión, pero nada, ni su conciencia, le hizo pensar por un instante,  que dadas las circunstancias y los nervios de ella, aquella, no era la mejor forma de comenzar.

•             STEVE: “Como cada mañana, las gotas de lluvia parecían haberlo empapado todo. Las calles , los  coches , las plataformas de los quioscos.
Todo señalaba que la primavera daba comienzo.
Desde mi ventana, sola en mi habitación, sólo me quedaba observar el pasar intransigente de los minutos y las horas, distinguidas por la diferente luminosidad en la calle, por los ropajes de los viandantes que ocupaban la calzada, por los supuestos olores , variantes a lo largo del día, y que yo, una vez más, tendría que imaginarme.


Londres permanecía impertérrita, como siempre. Ni el pasar de los años, ni las consecuencias de la guerra , habían hecho mella en todo lo que como símbolo de nación  ejemplificaba.
Y yo, desde mi torre particular , de ladrillo , madera y cristal, desde mi desesperanza , rogaba al cartero , una y otra vez, que me trajese aquella misiva tuya que me devolviese la alegría que antaño tuve, sabiendo que vuelves a mí.
Porque sólo tú y yo sabemos lo que ello significa, sólo ambos conocemos la verdad de que esa carta llegue. La carta prometida una y otra vez, aquella que me indicase que volvías a casa, y que yo podría , por fin , salir de estas cuatro paredes. De este angustioso castigo finito, portado por quién se cree con derechos sobre mi persona. Por quién, con una custodia que nunca debió heredar, cree poseer mi cuerpo, mi mente, y mis ganas de seguir viviendo. Y sólo por eso, por un amor no correspondido y fatal, mantiene a la muñeca de porcelana que logró comprar una vez, encerrada en una urna construida por él, con su estigma y sello. Una prisión , en la que el aire parece no circular, y en donde mi única esperanza , se encuentra tras los cristales de estos ventanales.
Esperando, no le dé por cerrarlos de forma definitiva algún día.


Steve decidió parar su lectura pausada y mirarla , la cual no había dejado de fijar sus ojos   a sus papeles, sin gesto alguno , sin movimiento apreciable.
Él , volviendo  a bajar su visión  para centrarse de nuevo en la continuación de la lectura, echó un vistazo previo a su reloj.

•             STEVE: “ Amanezco sola en mi cama, como de costumbre, y , pese a haber deseado con todas mis fuerzas que tu cuerpo estuviese a mi lado, sólo la frialdad del vacío que ocupaba dicho espacio, me recordaba lo sola que estaba.

Cortinas entreabiertas, mal cerradas de la noche anterior, y un halo de esperanza que se cuela como un chiquillo impertinente en plena amanecida. El sol, decide recordarme que otro día más he de volver a poner mis pies en el suelo, pero no quiero. No deseo volver a levantarme de este lecho quejumbroso , convertido en mi ataúd en vida.

Cierro mis ojos una vez más, y tras un instante, encuentro tus manos rebuscando en mi piel los recuerdos de antaño, haciéndose con cada rincón no descubierto, dejando su impregnación soluble , mezcla de sudor, saliva, y lágrimas.
Olor a mar , el que el líquido emanado por tus ojos trae hasta mis papilas olfativas.

Olor a desangre en vida, al acabose del tiempo en cada instante, al amar  sin medida, a poseer el cuerpo del otro sin cordura y hacer que la locura misma, sea la que penetre y haga suyo el cuerpo mortal con el que soñamos.
Olor a mar que casi mi lengua saborea al contener tus labios en mi boca, al dejarme colmarlos del placer infinito e incansable que sólo el deseo ilimitado hace que te muestre, sin contemplaciones, sin casi reconocerme.

Manos, las tuyas, que se adentran en mí , tentando a la suerte por encontrar el salvaje gemido que te confirme, que por fin soy tuya por entero. Que sean tus oídos los que reafirmen, que todo tu poder, ha conquistado el muro infranqueable de mi intimidad más sincera, aquella, a dónde más de uno aspiraba  y sólo tú supiste llegar.

Y aún así, no contento con el logro conseguido, requeriste más y continuaste. Sin descanso, sin tiempo para respirar.
Esclava de tus movimientos, de tus palabras , de tu entrega, me convertiste en algo que no fui capaz de reconocer, extrayendo de mí, el lado más salvaje jamás descubierto.

Mis venas palpitaban por el hervor de una sangre que reclamaba circular a más velocidad, mi pecho se sobresaltaba con un corazón que bombeaba al doble de su capacidad  a punto de reventarse en mil pedazos , mi garganta, muda y afónica intencional, no sabían cómo expresar aquellas sensaciones intensamente dolorosas de placer infinito que me hiciste sentir , cuando al borde del éxtasis, lejos de querer parar, decidiste hacerlo , porque pensaste que me perdías..”

Steve volvió a detenerse, miró su reloj, y devolvió la mirada hacia Sarah la cual, sorpresivamente,  le observaba fijamente.

•             STEVE: ¿Te encuentras bien?

Ella asintió con la cabeza casi imperceptiblemente.

•             STEVE: Bien, entonces pararemos . Toca hacer la cena y comer algo, seguiremos luego.

Steve se adelantó y fue sacando las cosas de la nevera y todo lo que en principio necesitaba de los muebles. Sarah reaccionó pasado un rato, echó un vistazo a su tocho de papel y se levantó.
Parecía más plácida que de costumbre, casi ida.  Antes de entrar en la cocina, se apoyó en la moldura de la puerta y le estuvo observando, y así fue, como él se dio cuenta de que ella estaba allí también. Parecía muy relajada y eso era algo a lo que él no estaba acostumbrado.

•             STEVE: ¿Qué?


Aquella sonrisa de crío inocente y presuntamente sin dobles intenciones,  la fue devolviendo a la realidad de dónde se encontraba.

•             SARAH: Me gusta lo que veo.

Nunca una frase dicha de esa forma podía resultar más ambigua, y Steve teniendo el guante echado de esa forma, decidió jugar a lo que mejor se le daba.

•             STEVE: Deberías tener cuidado con lo que dices, si no quieres que te interpreten mal,  claro.
•             SARAH: Yo sé perfectamente lo que he dicho- comenzó a caminar hacia él- si el oyente quiere creer otra cosa, el problema lo tiene él , no yo.

Se colocó a su izquierda.

•             SARAH: Bien, dime que hago.

Steve la observó sorprendido. Cogió el recipiente que contenía los tomates y se lo pasó para seguidamente entregarle el cuchillo.

•             STEVE: En rodajas finas por favor- antes de soltarlo la miró muy serio- y ten cuidado con el cuchillo, está muy afilado.

Mientras él  se encontraba con la nevera abierta buscando algo, miró por encima de su hombro. Lenta pero segura, Sarah cortaba las rodajas de tomate tal y como él le había dicho, pero dada la velocidad que llevaba , posiblemente o él hacía algo o no cenarían hasta Navidad.

Decidió volver al punto inicial, y mirando por encima de su hombro, observó que realmente debería echarle una mano o acabaría cortándose.
•             STEVE: Si sigues cortando con tanta inseguridad ,  el cuchillo podría girarse y cogerte una mano.

Se pegó más a ella e hizo el gesto  con sus manos de indicarle cómo hacerlo.

•             STEVE: ¿Puedo?

Con su rostro lo suficientemente cerca como para poder oler la esencia que llevaba encima, le colocó sus manos encima de las de ella.

•             STEVE: Con esta mano ( la que no tiene cuchillo) debes cerrar algo más los dedos y colocarlos con firmeza sobre la parte anterior de la pieza que vayas a cortar, sobre todo si son redondas y pueden desplazarse como ésta.

Ella le miraba por el rabillo del ojo, y él se daba cuenta , pero decidió continuar con la explicación agarrando sus manos con fuerza.

•             STEVE: Con la que sostiene el cuchillo, apoya la punta y empujas hacia abajo y hacia detrás, deslízalo. El límite del corte lo ponen tus dedos , pero siempre con determinación.

Antes de soltárselas, permaneció un instante pensando, dio un último apretón y las separó. 
Prefirió volver a la nevera sin mirarla, aun sabiendo que ella , de quién se estaba percatando era de él  y no lo que hacía con las manos. Su aparente receptividad le estaba mermando la resistencia.

•             STEVE: ¡Ah vaya! Buena elección.
•             SARAH: ¿Perdón?
•             STEVE: El vino, muy bien elegido. Lo iré abriendo para que respire. Estoy acostumbrado a  cocinar tomando una copa , si no,  no parece que disfrute de la elaboración.
•             SARAH: Esto ya está ¿qué hago ahora?
•             STEVE: ¿Qué tal se te dan los quesos? Oh perdona, ¿te gusta el queso?
•             SARAH: Sí, todos menos el azul. Por navidades en mi casa era a mí a quien me tocaba cortarlos.
•             STEVE: Bien , pues eso será lo que hagas  mientras yo preparo el resto de las cosas.

Poco más de veinte minutos después , se encontraban cenando en el patio , al lado de la piscina. La noche invitaba , con aquella ligera brisa cálida, a disfrutar del exterior.
Las miradas sueltas y directas de ambos,  hacían  sobrevolar mensajes dispersos.

Él necesitaba tener algo entre las manos que le aportara relativa seguridad, y no soltó la copa de vino,  mientras con la otra ,  acariciaba su cristal.
Por su parte, mientras ella bebía a sorbos pequeños, su atención continuó centrándose en él , llegando su nivel de descaro a convertirse en parte esencial de aquella noche.

•             STEVE: ¿Y bien? Hemos tenido buen comienzo.
•             SARAH: No puedo quejarme.
•             STEVE: Es pronto para obtener algún resultado, apenas hemos empezado.
•             SARAH: Tal vez, pero no puedo decir que no me haya servido para nada.

Para él, su juego continuaba, las cartas seguían siendo las mismas, y al menos uno de los jugadores parecía saber por dónde pisaba. El otro,  simplemente,   se encontraba a la expectativa de los siguientes movimientos para evitar cometer errores.

•             STEVE: ¿Y eso?
•             SARAH: He tenido la oportunidad de asistir a muchas jornadas de audiolibros y recitales de lectura. He escuchado hasta la saciedad recitar,  y a grandes declamadores , pero hasta hoy , no había sentido lo que tú me has hecho sentir escuchándote ahí dentro.

Una respuesta inesperada, una  jugada magistral que le cogía por sorpresa y le descolocaba. Un último sorbo para apurar lo que le queda de vino en la copa,  y su espalda caía de golpe sobre el espaldar de la silla. Sin capacidad de respuesta,  y asimilando más despacio de lo que cabría esperar,  lo que acababa de escuchar.

•             SARAH: No sólo ha sido la modulación de tu voz. Cada palabra parecía cobrar vida propia. Es como si vivieras lo que leías, como si la conocieras de toda la vida y ya estuvieses familiarizado.  Has mostrado respeto  y….. casi me atrevería a afirmar que…….. cariño.  Me has hecho  visualizar cada frase , cada imagen. Ha sido tan…………real.



Se levantó y le ofreció un poco más.
                                                                                                                                                                                     Ella lo rechazó porque aún le quedaba en su copa, mientras  él volvía a servirse  acercándose al borde la piscina.

•             SARAH: ¿He dicho algo que te haya molestado?
•             STEVE: No.

Su tono de voz había cambiado. Parecía serio, como queriendo aislarse tras un muro invisible.
Sarah se levantó y le acompañó.
Lo único que se quedó serio no fue su voz. Su semblante  dibujaba una expresión acorde a su tono .

•             SARAH: Pues cualquiera lo diría.

En silencio ,  bebiendo sorbos y mirando al agua. Ese era el plante que ella se encontraba sin saber por qué. Hasta que de repente , sin saber cómo, comenzó a oscurecerse el cielo, levantándose  un viento frío y violento.

•             SARAH: ¡Oh Dios! Se avecina tormenta de verano.

Steve reaccionó.

•             STEVE: Recojamos las cosas y vayamos dentro.

Pero la lluvia se les vino encima recogiendo a toda prisa.
Dejando las cosas como pudieron encima de la mesa del comedor, el agua les había calado bastante .

•             STEVE: Voy a buscar unas toallas.

El  tiempo se puso muy desapacible en cuestión de minutos. Las tormentas de verano eran tan desagradables como imprevisibles.
Con él de vuelta, aprovecharon para secarse como pudieron.
Sarah se asomó a la puerta y las previsiones no eran buenas.
No sólo la lluvia se había intensificado y  dificultaba la visibilidad , sino que a ello se sumaba el fuerte viento y una especie de niebla venida a más,   con la que apenas se veía lo que había en frente a menos de un metro.
Él también se acercó a ver.

•             STEVE: Me temo que se nos ha complicado la noche – mirándola a ella- Hay que meter las motos en el garaje.

Salieron ambos  para cogerlas y guardarlas  .
Al regresar a la casa, ambos chorreaban agua por todos lados y denotaron que la temperatura había bajado algunos grados de golpe.
Steve  se acercó a la chimenea y la encendió.  Sarah intentaba secarse como podía con la misma toalla.

•             STEVE:  Así no vas a poder regresar, la carretera se pondrá impracticable en menos de una hora y la niebla se espesa por momentos.
•             SARAH: Pero….. no puedo quedarme.
•             STEVE: Tú misma, pero no voy a dejar que con este  tiempo cojas la carretera, y menos sobre dos ruedas. Escucha , arriba hay una habitación de invitados,  subes, tomas una ducha caliente, te dejo algo de ropa  y duermes aquí, mañana cuando todo se haya relajado,  vuelves. Si quieres claro.

Sarah volvió a mirar hacia el exterior,  y ciertamente la perspectiva de que la cosa mejorase en un par de horas era prácticamente imposible.
Cerró la puerta tras de sí y le siguió.

En el piso de arriba se encontraban los dormitorios y los cuartos de baño.
Ella le acompañó hasta la última puerta del  pasillo. Cuando él la abrió ,  una pequeña pero acogedora habitación se mostró ante sus ojos, con vistas al bosque cercano .

•             STEVE: La mía es la del otro lado por si necesitases algo. Espera .

Salió de la habitación,  y volvió casi corriendo,   con una sudadera amplia y un pantalón corto , y otro largo de deporte.

•             STEVE: No sabía cuál querrías ponerte,  así que de pantalón te he traído las dos opciones. En el armario tienes toallas,  y puedes usar cualquiera de los dos cuartos de baño.  Yo haré lo propio. Nos vemos a bajo dentro de un rato.

Saliendo por la puerta , ella le hizo parar.

•             SARAH: ¡Steve!- él se dio media vuelta- gracias.

Y  cerró la puerta, quedándose apoyado unos segundos en la pared, al lado de la misma ,  respirando hondo,  mientras cerraba los ojos  con la cabeza gacha.
Una vez los abrió , fue caminando despacio hacia su cuarto.

Ana Patricia Cruz López
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