sábado, 17 de octubre de 2015

UNA HISTORIA INACABADA. CAPITULO DECIMO. CUARTA PARTE, Sentimientos Encontrados ( Registrada en SAFE CREATIVE , JUNIO 2015)

CAPITULO DECIMO  (CUARTA PARTE)


Créditos a quién corresponda

“Sientes en tu interior el sabor del más delicioso triunfo
El del soldado que ha ido ganando batallas
Misma confrontación, mismos jugadores
Ahora sabes dónde estoy
Ahora me tienes dónde querías
Y esperarás pacientemente mi rendición absoluta.
Sólo entonces, me harás tuya.”

SENTIMIENTOS ENCONTRADOS

Y la luz volvió.  Esa fue la más brusca vuelta a la realidad que se podía esperar.
Ellos, todavía metidos en aquella especie de nube ambiental, recobraron la normalidad desorientados.
Ella se incorporó y se puso de pie, mientras  él recogía algunas de las cosas que estaban en la alfombra,  hasta que en un giro de cabeza, se percató de que por fin la veía realmente como era en aquel instante, con su sudadera, gustándole  mucho lo que se mostraba ante sus ojos.
Al sentirse observada, Sarah le correspondió con sus ojos fijos. La forma descarada con que Steve parecía apoderarse de su centro de atención,  hizo que se sintiese incómoda al acordarse de que no llevaba los pantalones.

•             SARAH: ¿Te gusta lo que ves?
•             STEVE: Muy directa de nuevo ¿Quieres que sea tan honesto contestándote como lo fuiste tú antes , en la puerta de la cocina?

Su cinismo verbal era algo que la ponía nerviosa .

•             SARAH: - dirigiéndose a la escalera- Será mejor que vaya a ponerme unos pantalones, que costumbre de mirar así ¡por Dios!.

Pese a decir esta segunda parte en un tono de voz muy bajo , Steve la escuchó.

•             STEVE: ¡Sí, me gusta lo que veo! Y no es interpretable. Es directo y sincero.

Encontrándose ella al pie de la escalera , se detuvo en seco.

•             SARAH: No puedo creerlo, es la peor idea posible- dijo muy molesta sin darse la vuelta-
•             STEVE: - Comenzando a alterarse- ¿Qué es lo que no crees? ¿Qué es lo que te resulta tan difícil o imposible de creer?
•             SARAH: Tienes la desquiciante facilidad de  ponerme en los extremos.

Él se acercó a la escalera decidido.

•             STEVE: ¿Qué es lo que te molesta tanto?
•             SARAH: Nada. – y subió otro escalón antes de volver a detenerse-.
•             STEVE: Pediste sinceridad y te la di, ¿quizás pensaste que mi respuesta sería otra? No  lo era,  ni lo sería nunca. Pediste honestidad y la tuviste. ¡Dios! ¡Cualquier mujer se sentiría alagada , no …no.. no entiendo que a ti te moleste!

Dio media vuelta al cuello y su gesto serio denotaba un enfado creciente por su parte.

•             SARAH: Yo no soy cualquier mujer.

Y siguió subiendo las escaleras, casi cuando se encontraba llegando al pasillo de la planta superior, él la siguió subiéndolos de dos en dos.

•             STEVE : ¡Eso ya lo sé!

Ella volvió a detenerse y se dio la vuelta.

•             SARAH: ¿Qué crees que sabes?- se rió de forma nerviosa- ¡Tú no sabes absolutamente nada de mí!,¡ No me conoces! , ¡No sabes cómo soy! Sólo porque haya cedido un poco y me haya dejado llevar ahí abajo,  eso no te da derecho a pensar que me conoces y mucho menos a mirarme como si fueses un…. En busca de la presa fácil ¡ joder! Claro, debes de estar – comenzó a caminar alterada casi en círculos por el pasillo – tan acostumbrado a extender la mano y que te coman de ella, el perfecto Don Juan , acostumbrado a que no le digan nunca que no, ¡por favor! ¿Crees que por qué seas joven , atractivo y con éxito,  puedes tener todo lo que quieres sólo con mirar  con tus ojos por muy azules que sean?

Steve se sintió reforzado y decidió enfrentarse una vez más a ella con el cinismo por delante.

•             STEVE: Veo que te has fijado. Lo que me pregunto sinceramente es qué te molesta más, saber qué te sientes atraída por alguien que rompe totalmente tus esquemas,  o el hecho de que desees saltártelos y tu cabezonería no te deje.

Ahora le tocaba a él disfrutar el momento de haberla dejado sin reacción aunque fuera por un instante, antes de que ella decidiera contraatacar. Sarah se serenó de golpe, no esperaba algo así.

•             SARAH: Voy a terminar de vestirme, y luego bajaré para continuar trabajando.

Y entró en su habitación para sentarse en la cama completamente descolocada. Ella sabía que aquello que lo que le dijo era cierto, era parte de su propia lucha interna, pero resultaba chocante escuchárselo a alguien que apenas la conocía y que resultaba ser el otro implicado.

Cuando terminó de vestirse , conforme bajaba las escaleras, vio a Steve observándola dar cada paso,  sentado en el sofá, con la copa de vino en la mano, y el libro delante suyo.
Su forma de mirarla no había cambiado, pero ya no se atrevía a decirle nada, por lo menos de momento.
Por su parte , Steve vio que no era la misma Sarah relajada que no hacía ni veinte minutos se encontraba encima de él , parecía tocada de alguna forma.

•             STEVE: Sarah.-ella le interrumpió alzando una de las manos para que parase.-
•             SARAH: Déjalo por favor. Continuemos.

Bajando la cabeza y buscando el punto exacto donde lo hubo dejado, Steve meditaba si seguir sus instintos y continuar hablando con ella, o dejarlo pasar, al menos de momento. Al final , prefirió postergarlo para más adelante, esperando que ella pudiese relajarse un poco y él serenarse.

•             STEVE: “Un día, las cosas cambiaron. Mi visión fue distinta.
Abrí mis ojos, y la imagen del espejo había cambiado. Los jirones de piel cicatrizaban a velocidad pasmosa. Mi piel contaba con la tersura de antaño, y mis ojos fueron capaces de volver a mirar aquello sin el asco de las veces precedentes, sin la vergüenza de quién se siente verdaderamente arrepentido, por haber permitido, que doblegasen su alma y su razón , a cambio de algo que sólo tenía valor para los demás.
Inmersa en una nueva vida, con los aires de los nuevos tiempos a mi alrededor, todo parecía distinto.
Por una vez, pude abrir los ojos en mi cama, estirar la mano , y apreciar calor en el lado vacío que debías estar ocupando , porque sabía, que pese a tú no estar, mis adentros te sentían.
Mi espíritu recobraba la libertad perdida , los sonidos que la permitían distinguir dónde se encontraba, si en la realidad  en la que sobrevivía, o en el onírico mundo al que él la hacía transportarse cada vez que quería encontrarse con ella.

Vana ilusión , creer que algún día vuelvan a ser las cosas como antes.
Yo no soy la misma que conociste, y en mí, no encontrarás la dulzura de antaño.
A cambio, mis brazos abiertos, experimentados, te llenarán de múltiples goces tu orgullo, cual prostituta selectiva , escogiendo cliente, y nunca al revés.  Un solo dormitorio, una sola cama, un solo y único servicio de entrega inaudita, la que encontrarás en mí, porque así debió de ser desde el principio.

Sin nombres. Sólo rostros que muestran el deseo sublime por lo que pueden ver y lo que les hace sentir.
Dos viejos dragones dormidos, bregados en mil batallas, incapaces de rendirse , cuando es esto, precisamente, lo que han deseado y anhelado siempre.
Concepto chapado a la antigua de “almas gemelas”. Corazones latentes que sólo temen separarse , porque saben, que dejarán de latir.
Y como a los dragones, siempre en nuestro camino, aquel, que recorremos temerosos de lo que nos espera, se interpondrán crueles enemigos que , sabiendo nuestro punto débil, asesten la más endiablada lanza, el más candente de los aceros, con la única intención  de desaparecernos, a nosotros, a los amantes diluvianos y perfectos, a los enquistados corazones recubiertos de mil llagas , de insultos grotescos, de palabras maldecidas , de conjuros siniestros, de amenazas de tormenta, de truenos enviados por  aquellos dioses embaucadores, de penas de otros a quiénes , amándonos, hemos dejado, del simple amor que nos tenemos, que de tanto estrujarlo, llora sangre.

No quiero dejar de sentir esto que siento, esto que me provocas. No quiero volver a sentirme fría como una mañana de invierno, no quiero , que ese viento helado que tare el tiempo, ejemplifique mi muerte.
No quiero seguir viviendo sin ti, porque entonces, no merecerá la pena seguir viviendo.”

Steve miró el reloj. Sin darse cuenta,  las cuatro de la mañana se les había venido encima. Se restregó los ojos  y  dejando los papeles encima de sus rodillas, una vez más, volvió a  observarla ,  la cual había vuelto a dejar fija su vista de forma continua en la mesa que tenía delante.

Al no escucharle leer, ella le correspondió esperando que continuase, pero se encontró con un rostro de circunstancia.

•             SARAH: ¿Ya está? ¿Quieres……….. que continúe yo?
•             STEVE: No. Sarah..- ella, movida por una especie de presunción de que podía ocurrir,  se levantó rápidamente del  sofá y fue a la cocina-.

Steve dejó los papeles encima de la mesa y la siguió.

•             STEVE: Oye, tenemos que hablarlo, si lo dejamos  así…..- le interrumpió ella que estaba abriendo como loca los armarios en busca de algo- pero ¿se puede saber qué buscas?
•             SARAH: No hay nada de qué hablar.

Su tono era nervioso, su alteración subía por momentos y casi pareciera que le temblaba la voz.

•             STEVE: Hemos dejado la conversación a mitad ahí arriba. Más bien me has dejado con la palabra en la boca.

Ella continuaba buscando,  hasta que él cayó en la cuenta de lo que podía ser. Se acercó a uno de los armarios , retiró algo que había delante,  y comenzó a sacar botellas de licor  y a colocarlas en la encimera de mármol.

•             STEVE: ¿Es esto lo que estás buscando?

Al oir el ruido de las botellas se dio la vuelta y se apoyó. Él continuaba sacando botellas hasta que colocó la  última.
•             STEVE: ¡Vamos ¡ ¡Demos la respuesta más madura posible  completamente borrachos ! ¡Es muy inteligente,  si señor!

Ella  se quedó bloqueada . Al notarla silenciada,  él giró la cabeza hacia ella. Apoyada en la encimera,  la vio pálida, llorosa, tensa, y agarrándose fuertemente al filo de la misma como para no caerse.
Él  no entendía que le pasaba. Ella , mentalmente, había comenzado a ver y sentir imágenes borrosas de nuevo. En su mente flasheaban , como fotos fijas a gran velocidad, imágenes sin sentido y voces distorsionadas pero que parecían gritar. Steve  se dirigió a ella y  pronunció su nombre en dos ocasiones, le preguntó incluso si se encontraba bien pero ella continuaba sin responder. Él observó que comenzaba  a sudar , y que su cuerpo se enfriaba sin que ella reaccionase.
Preocupado, decidió cogerla por los brazos y zarandearla mientras mencionaba su nombre. Sólo  pasados unos pocos minutos,  ella pareció escucharle y le miró.

•             STEVE: Será mejor que te sientes.

La llevó hasta el sofá , cerca de la chimenea. Al tenerla junto a su pecho notó que temblaba , y tras dejarla sentada,  fue a buscar una manta al armario de la entrada. La abrigó,  y se acercó a la cocina para prepararle un té caliente . Desde la puerta de la cocina, procuraba  no perder la perspectiva de la parte del salón dónde la había dejado, y lo cierto es, que de pronto, había comenzado a estar muy preocupado por ella.
Una vez terminado el  té, se  lo llevó  y se lo dejó entre las manos.

•             STEVE: Ten cuidado no te quemes.

Con una de sus manos,  le retiró cuidadosamente el pelo que tapaba parte de la cara hacia detrás de la oreja.
Ella comenzó a beber pequeños sorbos  sin dejar de mirar el fuego.

•             STEVE : ¿Te encuentras mejor?

Un giro lento y progresivo de su cabeza hacia él, y unos ojos llorosos que le observaban, fue la respuesta silenciosa. Bajó la cabeza,  y volvió a mirar hacia el fuego mientras  se terminaba  el té.
Sentados ambos de forma silenciosa en el sofá, él comenzó a acariciarle el pelo  hasta que la relajación y el sueño pudieron con ella,  dejando caer su espalda sobre el espaldar. La imagen de aquel perfil femenino y sutil, a la luz del fuego, fue la foto fija con la que él se quedaría el resto de la noche, con la cabeza apoyada sobre uno de sus brazos en la parte alta del mueble donde se encontraban , y sin dejar de dibujar invisibles caricias  sobre aquel contorno. Así, hasta que el amanecer  les saludó con un sol radiante y un cielo azul espectacular.

Cuando ella logró despertarse, fue gracias al aroma de café recién hecho y algo que parecían huevos revueltos. Al mirarse, se encontraba sola en el sofá, tapada con la manta.
Se levantó y se dirigió a la cocina.  Steve estaba preparando el desayuno.

•             SARAH: Buenos días- le dijo desde la puerta y accedió-.

Tenía los ojos hinchados y aspecto de cansada pero parecía más centrada que en la noche.

•             STEVE: Buenos días , espero que te gusten los huevos. El café está recién hecho  y la leche – cogió una jarra pequeña de la encimera- aquí. Ahí tienes el azúcar- le señaló el azucarero-.

Sarah  prestaba mucha atención a todos sus movimientos y a todo lo que hacía, y él , por primera vez, se sentía incómodo por esa forma de observarlo. Y dicha observación continúo mientras comían en silencio.

•             STEVE:   Con suerte podemos salir dentro de una hora, despacio eso sí , no sé cómo estará el estado de la carretera.
•             SARAH: ¿Podemos?
•             STEVE: He de ir al centro, tengo algunos recados que hacer y el resto de la semana lo tendré complicado. Por cierto , el lunes tenemos reunión con Freddy, a las seis, creo que convocan Consejo dentro de poco,  lo que no me ha dicho es para qué. Podemos quedar en el Departamento antes y vernos allí si quieres.
•             SARAH: Estará bien.

Extrañamente correcta, extrañamente seria. Él lo achacó a la mala noche pasada , pero lo que si le pareció raro fue la especie de muro que había vuelto a levantar, aunque en esta ocasión, la percepción que tenía era diferente.

Una hora y media después, estaban los dos listos para salir. Las extrañas miradas por parte de ella continuaron. Parecía estarle analizando , y ese último examen, le tocaría pasarlo conforme se colocaba los guantes y el casco.
Él la acompañó a su casa para seguir luego camino, y un adiós con la mano y una mirada fija con un mensaje silenciado, fueron la seña de identidad.

El resto del fin de semana, Sarah estuvo encerrada en casa,  medio a oscuras. Pensando más de la cuenta. Algo había sucedido ese fin de semana . Algo en la casa de Steve,  que marcaría un antes y un después. El teléfono estuvo sonando incesantemente hasta que ella, cansada, decidió desconectarlo. En la cama la mayor parte del tiempo, no sentía demasiadas ganas de hacer nada, sólo quedarse allí , encerrada, sola, tranquila.

Y llegó el lunes por la mañana. Candice consiguió interceptarla en el pasillo de camino a la secretaría . Justo la última persona que a Sarah le apetecía ver en ese momento.

•             CANDICE: Vaya , vaya . Buenos días desaparecida.

Aquel tono de optimista lunes era chirriante.

•             CANDICE:  He estado intentando localizarte todo el fin de semana , de echo ayer te estuve llamando continuamente ¿Se puede saber dónde te habías metido? Y espero que la respuesta me convenza.

Candice no se había percatado del rostro de Sarah hasta que recaló ligeramente, la cogió del brazo y la giró hacia ella.

•             CANDICE: ¡Oh Dios!  ¿Qué ha pasado este fin de semana? ¿No te habrá estado molestando Bruce de nuevo?
•             SARAH: Sólo estoy algo cansada .

Continuaron andando hacia el Departamento.
Candice no parecía muy convencida de esa explicación.

•             CANDICE:  No resulta muy creíble como excusa.
•             SARAH: No es una excusa, es el motivo.
•             CANDICE : He estado preocupada por ti. No cogías el teléfono, el móvil daba desconectado…..
•             SARAH: Estuve fuera medio fin de semana. Nos cogió la  tormenta y cayeron líneas de alta tensión , árboles y antenas. No podíamos regresar.

Candice, que andaba muy avispada y atenta,  se percató de la pluralidad de sus palabras.

•             CANDICE: ¿Nos?
•             SARAH: He estado con Steve, en su casa. En principio sólo habíamos quedado el viernes , pero nos pilló la tormenta y la carretera estaba impracticable para las motos.
•             CANDICE : ¿Con Steve en su casa?

Entraron en el Departamento.
El rostro de Candice manifestaba una necesidad imperiosa por una confirmación que no se atrevía a preguntar , y eso que había suficiente confianza.

•             SARAH: Me está ayudando con el libro inconcluso, no es lo que estás pensando.
•             CANDICE: Yo no pienso absolutamente nada. Posiblemente tengas razón y sólo haya sido trabajo, de otra forma no se explicaría esa cara.
•             SARAH: Candice, - denotando mucha seriedad en su tono de voz-  sería deseable , por lo menos por mi parte, que fueras desechando tus insistentes ideas de que Lowell y yo tengamos nada, porque eso no va a pasar ¿me entiendes?
•             CANDICE: Yo no insisto , solo tengo ojos, y ese ..- Sarah la interrumpió con una mirada inquisitiva -.
•             SARAH: ¡Candice! Lowell es una muy mala idea. Es la peor opción posible.

Candice volvió a mirarla.

•             CANDICE: ¡No puedo creerlo! ¡Te gusta en serio!

Sarah era incapaz de mirarla a la cara, y se sentía muy impotente, acorralada.

•             SARAH: Candice……. Déjalo ya .
•             CANDICE: Pero Sarah..- ella se dio la vuelta ,  y muy enfadada y con los ojos llorosos se dirigió a ella-.
•             SARAH: ¡Déjalo ya!

Candice no entendía qué  estaba pasando, pero nunca la había visto así en todos los años que se conocían.

Para intentar olvidarse de todo, acudió a dar sus clases con toda la normalidad que habitualmente se dispensaba. Así, hasta que se aproximó la hora de la reunión con Freddy .
Ella acudió antes que Steve al Departamento. Dejó su chaqueta en el perchero. Se dirigió a su armario, con mucho cuidado sacó algo y lo colocó encima de la mesa, delante de ella, a una distancia prudencial, y se sentó en su asiento .
Cuando Steve llegó a la oficina, dejó la chaqueta en el mismo lugar en el que previamente lo había hecho ella constatando su presencia en el mismo, entró a paso presto y  la vio sentada en su sitio habitual, de cara a la puerta ,seria , con los dedos de las manos entrelazados sobre su pecho. Seguidamente , le llamó la atención el objeto colocado en su lado de  la mesa. Era la caja de madera que se suponía resguardaba la Edición Especial de Hamlet  que le habían regalado.

Por su rostro, se adivinaba seriedad , demasiada para su gusto.
Steve trató de aparentar normalidad, hasta con una media sonrisa forzada en su cara.

•             STEVE: Vaya ¿Éso es lo que creó? ¿No me digas que ya te has decidido a utilizarlo?

Steve comenzó a rebuscar entre sus papeles.

•             SARAH: No exactamente- su voz, seca, distante, contundente-  En realidad , voy a devolvérselo a su dueño.
•             STEVE: ¡Vaya! Que sorpresa ¿Has logrado encontrarlo?

Tras dos segundos de pausa tensa ,  fue más contundente que nunca.

•             SARAH: Dímelo tú.

Steve se encontraba de espaldas en ese instante,  y aquello resonó como una pesada losa sobre un suelo duro en una cueva con eco.

•             STEVE: ¿Yo? No sé por qué  habría de decírtelo- su búsqueda nerviosa de papeles pareció haberse paralizado, mientras aquella voz, seria, directa y dura seguía golpeándole-.
•             SARAH: El capuchino con ligero aroma a vainilla- Steve cerró los ojos y su gesto , aunque no visible por ella, si era imaginable- en la cafetería de Harrots , aunque en aquella ocasión fue café arábigo, - ella se levantó de su silla y fue andando muy lentamente siguiendo el contorno de la mesa – la Exposición sobre Shakespeare y la posterior subasta, - conforme cada paso que daba , más se acercaba a Steve y más incapaz se sentía éste de darse la vuelta-, el pasaje que escogiste aquel día, el mismo en torno al cual acabamos debatiendo  en tu casa la primera vez que me llevaste.- Steve se agarraba fuertemente  al mueble ,su cuerpo permanecía yerto, no quería sentir la debilidad de sus piernas ni que ella se lo notase. Se limitó a agachar la cabeza-Radish, tu voz y tu forma de leer, el sentimiento puesto, tu forma de sentir lo que tenías entre las manos, como si te resultase familiar,    la forma que me miraste en tu casa cuando tenía mi cabeza sobre ti. Tus ojos.  ¿De verdad pensabas que no terminaría acordándome Steve?

Él sólo pudo armarse del valor necesario en aquel instante para mirarla directamente a unos ojos,  que para nada eran los que él recodaba de su casa, pero que sí le resultaban familiares , los mismos ojos que lo miraron el día que ella salió de su casa en Londres.

Ana Patricia Cruz López

Todos los derechos reservados

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Muchísimas gracias por participar en esta página