Y aquellas manos añejas
y a la vez desconocidas,
hicieron de mi cuerpo su juego perfecto.
Y aquella mirada perdida ,
inconscientemente en mí como punto de referencia,
necesitaba una
respuesta que no podía darle.
Y aquella boca , deseosa de repetir el sabor de mis besos
una vez más,
quedó sedienta ante mi falta de respuesta.
¿Qué es lo que había cambiado entre nosotros
para que ahora nos tratásemos como dos desconocidos
en un andén esperando el último tren a ninguna parte?
¿Qué es lo que hizo que todo se rompiera en mil pedazos,
sin mediar una sola palabra ,
sin una explicación convincente,
sin una razón aparente?
¿Qué es lo que provoca que aún hoy
no pueda dejar de amarte ,
pese a lo vivido y recordado,
pese al tiempo pasado y las experiencias que brotan como
recuerdos
atorados y desquiciantes ,
respecto a las manías
y costumbres varias?
Y ya lo llamaban amor por aquel entonces.
No comparable con nada.
Rostros que se buscaban entre la niebla,
encontrándose en plena oscuridad.
Cuerpos que se sentían inseparables
entre alaridos
silenciosos de tortura amatoria
sin fin ni medida.
Sí. Ya lo llamaban amor,
y no se equivocaban.
Un amor grandioso por puro,
en donde la única verdad absoluta
era la forjada por nuestros corazones,
en el que el tiempo se medía pequeño hasta hacerlo
desaparecer,
con el castigo de las agujas que,
enfadas de ignorarlas,
rozaban más fuerte si cabe a cada paso de minuto en el que
se encontraban.
Sí.
Recuerdo bien las palabras necias que creían saber de qué
iba esto,
y a los más necios aún que las pronunciaban,
que creyendo conocernos,
decían que esto era una historia más.
Sí.
Recuerdo perfectamente tus primeras palabras,
aquellas que se quedaron grabadas a fuego ,
y que en cada crisis venían a mi mente como frescas,
recientes,
con aquel tono de voz que empleaste.
Y ahora,
después de todo,
¿qué nos queda?
Miradas intranquilas a distancia,
sombras distorsionadas de los hermosos momentos vividos,
roces invisibles ejercidos con los ojos
y sentidos en el anverso de las manos,
a flor de piel con las mismas sensaciones
una y otra vez.
¿Qué nos queda?
Eso es lo mismo que me llevo preguntando todo este tiempo.
Cada vez que me miro al espejo
y es tu imagen la que se cuela a mi espalda,
siendo tus ojos los que me destrozan porque se que se
desvanecerán
en cuanto baje la cabeza o cierre mis ojos.
Eso es lo me llevo preguntando desde siempre,
desde antes de conocerte.
Y aún hoy,
como entonces,
necesito valor para entender lo que nos queda.
Nos queda un tren de
vuelta que nos deja en el mismo andén,
un agua correr y compartida que circula escabulléndose entre
nuestros dedos,
un buenos días cargado de ternura,
y unas buenas noches entremezclado por la sal de nuestro
sudor,
un amanecer en donde el sol refleja que aún somos jóvenes,
un pasar del tiempo que nos diga que lo hemos vencido todo
y aún seguimos aquí,
una máquina de escribir o una pluma,
que nos muestre con pruebas
que lo que nos queda ,
somos nosotros.
Un nosotros eterno,
como siempre fue y nunca dejó de serlo,
un nosotros vivaz y envidiado por muchos,
a los que tendimos a ignorar para seguir viviendo,
un nosotros que incapaz de vivir separados
por muy mal que las cosas estuvieran,
por mucho que nos hubiésemos dicho.
Un nosotros,
que para nosotros es lo que nos profesamos,
sentimientos no determinados
pero inmensos e incomprensibles .
Un nosotros incapaz de morir nunca ,
surtido de nuestro propio aire,
de nuestra propia luna.
Un nosotros capaz de vencer al tiempo,
y al replicar del roce de sus agujas.
Un nosotros,
muy nuestro,
como siempre fue,
como siempre es,
y como será aún después de que el polvo
cubra nuestros inertes cuerpos ,
aún con los signos evidentes,
de lo que nunca dejaría de ser.
Ana Patricia Cruz López
Todos los derechos reservados
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Muchísimas gracias por participar en esta página