viernes, 6 de noviembre de 2015

MOMENTOS. Siempre tuya .(180)

Dime dónde está el límite entre el placer y el dolor.
Dime dónde puedo encontrar
aquello que sólo tú me ofreces.
Dime qué hacer cuándo me faltes.

Maniatada por ti ,
soy incapaz de sentir mi cuerpo.
Cada nuevo golpe de tu entrega
se convierte en el martirio más deseado,
en el sufrimiento más agriamente delicioso.


Sacudidas de realidad ,
mantienen su propia batalla en mi interior.
Mi cabeza se deja llevar
por lo que mi cuerpo necesita,
y he tardado tanto tiempo en darme cuenta de lo qué es,
que sólo tú has conseguido abrirme los ojos.

Palabras rectas,
oídos necios.
No quiero escuchar,
pero la bofetada sin agresión es recibida igual.

Eres el espejo que nunca quise encontrar,
en el que jamás quise mirarme.
Reflejo de todo aquello que tenía guardado,
y que ahora sale a borbotones y sin contención.

Primitivo instinto
convertido en habitualidad y forma de ser.
Nada que ocultar.
Nada de qué arrepentirse.

Dulce mentira a superar
para poder ser yo por entero.
Verdades que duelen.
Verdades que ,
como látigos con finas púas en sus extremos,
logran enganchar mi carne
con cada lanzamiento tuyo.

Tu voz,
es la mano que el arcángel decidió traer hasta mí,
como maldición divina difícil de olvidar.

Susurros  ,
convertidos en gritos silenciosos,
donde cada palabra predice mi futuro,
me desvela mi realidad,
mi yo.

Y el ángel caído,
apareció ante mí un amanecer cualquiera
para revelarme su mensaje.
Aquel ,
que el sirviente de lo oscuro,
el que había sido enviado para glorificar mi alma ,
ocultó con lascivas intenciones.
Conseguirme a cualquier precio
no era lo que debía ejecutarse,
hacer suyo mi cuerpo
no era su finalidad,
pero tan sólo sus ojos se cruzaron con los míos
bastó, para saber que no podría llevar su cometido.

Salvación imposible
del alma encadenada en que me convertiste.
Apegada a ti
como continuación tuya,
como aspiración de un plan maldito
que trastocaste.

Hambre de ti.
Sed de tu alma.
Hábitos perniciosos por doquier.

Mi ángel caído .
Entre la punta de tu espada afilada
anudada a mi cuello,
y mi vida sin ti
habré de decidir,
no dejándome otra salida,
tras volver a mirarte a los ojos,
que empujar mi cuerpo contra su filo
rasgando mi corazón en dos.


Ana Patricia Cruz López

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