CAPITULO NOVENO ( Tercera parte)
Un baño relajante que la alejase de todo por un segundo . Aquellos
momentos de soledad y encuentro consigo misma, aunque breves, eran los más
deseados. Sólo entonces , como bien le preguntó Frank , era cuando se podía
permitir ser la auténtica Heyden Nash, la que nadie conocía , de la que nadie
sabía. Una mujer con sus propios miedos y temores sin compartir por expreso
deseo voluntario. Con un pasado del que no se arrepentía pero que tampoco
olvidaba.
Con un destino incierto aunque probable, que quizás hace años hubiera
adoptado el camino fácil que la quitase de en medio sin que apenas nadie se
diese cuenta .
Momentos breves de paz, en los que hundirse por completo en el agua y
abstraerse en el silencio del interior del elemento acuoso, suponía evadirse a
dónde siempre quiso ir o a su mundo particular situado en el nunca jamás mental.
¿Qué es lo que le hubiera gustado ser de mayor? ¿Se lo había
preguntado alguna vez siendo adulta? ¿Realmente , siendo niña, sus ilusiones ,
si las tenía , le permitían pensar y soñar en un futuro en el que hacer aquello
que realmente deseaba? Por más que ella tratase de recordar si alguna vez sus
pensamientos infantiles la llevaron a desear ser algo especial , como el resto
de sus compañeros en el colegio, la imagen quedaba en negro como la pantalla de
u cine cuando todos los títulos de crédito han finalizado y se espera a la
salida. Un negro sin posibilidad de retrotraer aquellas letras que circulaban
con orden definido, y que hablaban de personas.
Probablemente, la historia de Heyden Nash nunca destacase lo
suficiente para, cuando llegado el momento, poder poseer unos títulos de
crédito memorables. Posiblemente, cuando el día llegase, sólo pasase a ser un
número más en el libro de largos expedientes de agentes colaboradores cuyos
actos de servicio nunca sean mencionados porque la propia Agencia ni los
reconozca. Y quizás, sólo como una metáfora de probabilidad incierta, durante
un tiempo, alguien cercano no deje a ese
número descansar en paz en busca de las respuestas adecuadas, simplemente ,
porque la versión oficial no le resulte creíble. ¿Sería ese alguien David? O
para ese entonces ¿ el descubrimiento de todas las verdades ocultas por ella,
lo haga desentenderse y odiarla por el resto de la eternidad ? ¿Habría alguien
realmente capaz de preocuparse por la verdad habida detrás de aquel número?
Y su cuerpo volvió , una vez más, a sumergirse en el agua cálida de una bañera llena . Y su mente, a gozar del
silencio y los sonidos interiores de su propio cuerpo. Hasta que abrió los
ojos, y se sobresaltó por encontrarse David al otro lado de la puerta.
Se apresuró a coger la toalla situada en un pequeño banco , detrás de
ella, y cubriéndose conforme se levantaba, trató de salir sin caerse mientras
él se sentaba en el borde de la cama , esperándola.
·
HEYDEN : Me has dado un susto de muerte ¿Qué
haces aquí?
·
DAVID: He tocado tres veces a la puerta, y como
no contestabas y sabía que estabas aquí porque Michael me lo dijo, me preocupé
y decidí entrar.
Respirando algo más tranquila, buscó su albornoz para ponérselo.
·
DAVID: Frank nos estaba reclamando para ir a
Siena. La excursión prometida.
·
HEYDEN: Bien, me vestiré en seguida y bajo con
vosotros.
Pero su intención a priori no era la de moverse Continuaba allí sentado, observando el suelo
y todo cuanto estaba a su alrededor, esperando respuestas a unas preguntas que
no formulaba. Serio como hacía tiempo que no le había visto, toda su inmensidad
física parecía flaquear.
De píe junto al armario, observándole y con temor a preguntar por no
sentirse preparada realmente para esto, intento asumir que tampoco había salida
viable . David no admitiría más respuestas esquivas o más excusas.
·
HEYDEN: ¿Qué?
·
DAVID: - Alzando la cabeza para mirarla
directamente a los ojos - Dímelo tú.
¿Decirle? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Hasta dónde? El corazón aprisionado como en un
puño que no se detenía y apretaba más y más. Así se sentía al mirarle. Apoyada
en las puertas del mueble, abrazándose prácticamente a sí misma, le observaba
sin que la distancia existiera. Y en su mente, el rostro del chiquillo asustado
que la abrazaba cuando eran otros gritos los que resonaban por la escalera de
la vieja casa , o del joven que se negaba a vivir su vida por querer que la
acompañara, se le flasheaban de forma inquietante. Para él no era distinto.
Para David, la mujer que tenía ante sus ojos no había abandonado el miedo y la
necesidad de ternura. Seguía siendo aquella chiquilla inquieta y provocadora ,
que se aferraba a él como única salida , y que siempre había seguido
necesitándole, aunque no quisiera reconocerlo.
·
DAVID: ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿A qué yo no
sepa nada de ti? ¿A qué te mire, y vea prácticamente a una desconocida, aunque
no te sienta como tal? Algo ahí arriba , debería poder permitirnos volver a
aquella habitación, pero en silencio, sin los gritos que te obligaban a
aferrarte a mí, y que pudiera tenerte como entonces , sin más. Poder protegerte sin necesitarlo, pero que
aún así tú lo desearas. Que no tuviera que haberme marchado , o haber
arrastrado por ti y no dejar que te
quedases sola ¿Ese fue mi error? ¿Haberte hecho caso y no haber dado la vuelta
para traerte conmigo a Nueva York? – Con sus ojos en ese estado intermedio en el que la
melancolía les hacía presa, Heyden sólo pudo seguir observándole- ¿Cuál ha sido
mi error?¿O mi pecado?
Bajó su cabeza , observando sus manos que no paraban de rozarse.
Acercándose, se sentó ante sus rodillas , le cogió las manos y se las colocó en
su rostro. Intentando aguantar lágrimas rebeldes que luchaban por escaparse, la
sensación de inmensidad de aquel hombre, aún era más patente desde el suelo de
madera, al igual que la de debilidad humana propia de alguien que se sentía muy
culpable cuando en realidad no lo era.
·
HEYDEN: Mi querido David. Mi protector. Si a
alguien deben achacársele la mayor parte de las culpas , la tienes delante.
Tanto hiciste por mí dentro de tu burbuja, que después consolidé la mía
dejándote fuera de mi mundo, simplemente , por no hacerte daño. David, quizás
no haya sido ni sea la mejor manera, pero es mi manera de protegerte.
·
DAVID: ¿Mantenerme aislado de todo lo tuyo?
Heyden, nos lo contábamos todo, lo sabíamos todo el uno del otro. Por muy malo
que fuera.
·
HEYDEN: Éramos niños David.
·
DAVID: Sí. Y aún así no había secretos , y no
todo lo que se hacía era correcto.
·
HEYDEN: -
Respiró hondo - No es lo mismo.
·
DAVID: ¡ Oh , por Dios! – soltándole las manos e
intentando levantarse evadiéndose de allí , impedido por ella - ¡ No me vengas
con esas!
·
HEYDEN: Ni puedo , ni creo que asumieras lo que
en algún momento sé que debes conocer sobre mí. No he hecho cosas de las que me
sienta orgullosa, pero aún no estoy preparada para buscar las palabras
adecuadas con las que hacer que me
entiendas, porque sé que no lo aceptaras.
·
DAVID:
Ahora me siento como la chiquilla desvalida del cuarto. Heyden soy un
hombre adulto , con una vida detrás. Soy tu hermano, no tengo derecho a
juzgarte.
·
HEYDEN: ¿Y si no fueras capaz de perdonarme?
·
DAVID: ¿Y si tu miedo, es por qué eres tú misma
la que no es capaz de perdonarse?
Se incorporó sobre sus rodillas, y cogiéndole con mucha ternura la
cara, lo miró fijamente para abrazarlo fuertemente a continuación.
·
DAVID: ¿Sabes que me acabaré enterando verdad?
De algún modo u otro, lo sabré.
·
HEYDEN: Sí. Sólo espero no llegar tarde
entonces.
Se levantó dirigiéndose a la puerta .
·
DAVID: Creo que esa carrera , hace tiempo que la
perdimos los dos. – Ya en el pasillo a punto de cerrarla – Te espero abajo,
Frank quiere que vayamos a Siena. Procura no tardar.
Y volvió a sentarse sobre sus piernas flexionadas, apoyando el resto
de su cuerpo sobre el filo de la cama.
Con la sensación de que el mundo que conocía se estaba desmoronando
delante de sus narices sin poder evitarlo, y que aquel que había construido en
falso apenas se sustentaba , mandatado por un reloj mental que ni ella podía
controlar ,¿ qué le quedaba?.
Aquella sensación en la que quedó sumida. La de querer desaparecer,
ausentarse a algún lugar sin decir nada a nadie, sin reclamar nada. Simplemente
con lo puesto como equipaje. Ganas de no
ser nadie , sólo un cuerpo que se deja llevar con los amaneceres como punto de
partida , y los atardeceres como referencia de que otro día más, corriente ,
había pasado.
Nadie. Quería ser nadie, y no alguien de nuevo. Sólo recordaba haber
tenido esta sensación una vez anteriormente, siendo mucho más joven. Una noche
, en que regresando sola a su casa , tarde, desobedeciendo intencionalmente la
orden explícita de volver a una hora concreta, su padre la esperaba en el
salón, a oscuras, viendo la televisión, y con una botella de cerveza abierta en
la mesita de su derecha , y dos cascotes vacíos y tirados en la alfombra ,
junto a sus pies.
Entró , y tras cerrar la puerta, él giró su cabeza como si fuera un
robot, de forma mecánica y perfecta , y con ojos fríos y parsimonia ,
aparentando tranquilidad , la previa que
se goza antes de la peor de las tormentas, en silencio, se levantó de aquel
sofá y caminó hacia ella más recto y sobrio que de costumbre. La sombra de su
cuerpo se alargaba temeraria por todo el suelo , llegando a atraparla antes que el humano del que
provenía, y ya entonces imponía .
Mientras ella se mantenía firme, quieta, sin doblegarse ni por un
instante, aquel hombre que decía ser su padre, se detuvo justo delante suya y
la observó silencioso.
Una sensación extraña recorrió aquel cuerpecito de apenas 14 años, en
alerta permanente, a la espera de la acción correctiva, pero ésta no llegó. No
cuando ella lo creía al menos. Tras mirarse ambos esperando la reacción del
otro y viendo que no pasaba nada, la joven optó por darse la vuelta a fín de
subir a su habitación. Cuando hubo subido el primer escalón, Heyden notó un fuerte
golpe en la espalda que la hizo caerse sobre los escalones sin tiempo a colocar
las manos, dando con su boca en el filo de uno de ellos.
Cuando logró reaccionar, levantó la cara y vio la sangre en la madera. Le dolía el labio
inferior, y al intentar tocarse con los dedos parte de la sangre quedó en
ellos. Dio medio giro a su cuerpo , y allí estaba él, con su gesto de
satisfacción, esperando que se levantase para continuar su particular desquite.
Dándose cuenta de que se encontraba sola, de que David no estaba allí y de que su madre se encontraba
trabajando fuera, aquella casa se convirtió en una trampa mortal.
Incorporándose con rapidez y mucho dolor , intentó subir como pudo el resto de
los escalones. Su última salvación era llegar hasta su dormitorio, pero apenas
tres escalones más arriba, una mano fuerte la agarró de uno de los tobillos
arrastrándola en descenso con su cuerpo por todo lo ascendido.
Durante el desigual forcejeo , con la rabia de su padre en la cara ,
sobre ella , Heyden sacó fuerzas de flaqueza defendiéndose como podía , hasta
que en un exceso de confianza del progenitor, logró alcanzarle sus partes íntimas con una de
las rodillas. Apartado de ella y quejándose como un animal apaleado, ella
corrió como pudo hacia las escaleras , subiéndolas , entrando en su habitación
y cerrando la puerta. Cuando el capitán logró recuperar algo de resuello, subió
y rompiendo la puerta de una patada llegó al interior , pero la imagen de la
joven, sentada en la cama, y con un cuchillo de cocina de grandes dimensiones en las manos, le
detuvo en seco.
Con la mente más fría que nunca y segura de sí misma, ante cualquier
paso que diera él, más férreo sujetaba ella el arma, y tras burlarse señalándole entre risas que no sería capaz de utilizarlo , y su hija
contestarle que sólo tenía que intentarlo para comprobarlo, él decidió pensarse
mejor el continuar permaneciendo en el habitáculo , marchándose.
Justo en ese instante comenzaron las ocultaciones. Justo en ese
momento, en el que ella sintió la necesidad de desaparecer, sin saber cómo, sin
pensar, decidió no decirle nada a ninguno de los dos. Ni a su madre cuando
regresara de trabajar, para la que todo había concluido de una forma tranquila
y normalizada, ni para David, aunque con él siempre le costó más.
Aquel fue el primero de sucesos individualizados y ocultos que sólo
los dos contendientes conocerían. Cuando aquello pasaba, su resguardo era el
lugar oculto , en una grieta de su colchón, en el que ocultaba el cuchillo , su
salvaguarda. Nunca le hizo falta preguntarse realmente si lo podría utilizar,
sencillamente, el policía sabía que le daría igual darle uso porque no tenía
nada que perder. Al contrario, ganaba una tranquilidad impagable que él no
estaba dispuesto a darle.
Con David , la ocultación de todo resultó una labor más complicada,
especialmente porque su exceso de afecto hacia ella y sus muestras continuas
del mismo, acarreaban un contacto físico extremo en ocasiones , y no en todas
ellas, Heyden podía disimular como quisiera su padecer. Las preguntas del joven
se sucedían , su curiosidad unida a una
lógica aplastante , le hacían trazar nudos de cordura ante la locura de
imaginar a aquel hombre sobre ella descargando su agresividad en cantidades
incontroladas y fuerza desmedida sobre aquella chiquilla fortalecida y madurada
a base de una infancia difícil, sobre todo cuando se quedaba sola. Pero por más
que él intentase que ella le contase qué estaba sucediendo, que le confirmara
sus peores sospechas, la joven, disimulando golpes en clases de deportes o en
la propia casa, nunca fue capaz de darle la respuesta que deseaba. No. No
quería dejarla sola cuando se marchó de casa. Sabía que era un error
abandonarla, aunque fuera fuerte y supiera defenderse, siendo perfectamente
capaz de ello, pero no quería. Necesitaba sentirse seguro teniéndola consigo,
pero su insistencia y su promesa, incumplida, de mantenerle informado si pasaba
algo, no encontraron nueva excusa para no irse solo.
Que sensación de desasosiego sintió entonces. Imbuida en una guerra de
la que estaba harta, la ocultación bajo apariencia de normalidad fue su mejor
arma para seguir adelante, para cumplir objetivos por muy imposibles que
pudieran parecer ante los ojos de los demás. Y la rueda, simplemente siguió
girando, pero la sensación de querer desaparecer volvía de nuevo, justo cuando
menos debía hacerlo, como si fuese una señal mandatada por algún halo divino
que le indicaba que huyera , sin pensar, sin mirar atrás. Sólo que corriera.
Pero la cordura volvió a imponerse, reapareciendo como la heroína que
guía los designios y las decisiones, haciéndola levantarse del suelo y que se
vistiese para acompañarlos a todos, sus
víctimas colaboradoras involuntarias, en lo que parecía ser su destino con final
indefinido aunque probable.
Una tarde envidiable y diferente en un lugar tan hermosamente bello
como Siena . Una ciudad con mucha historia y arte por los cuatro costados. Unas
horas que disfrutaron todos por igual, como si nada hubiera pasado , aunque por
dentro , cada uno, tuviera sus propios quebraderos de cabeza.
Como en un pacto implícito, por una vez, las relaciones
interpersonales dejaron paso al olvida , al imbuirse en aquel pedazo de
historia, al disfrute de su gastronomía, y al submundo de las anécdotas con
risas de por medio. Viéndolo desde fuera, el observador de esta historia,
podría pensar que nada de lo sucedido horas antes, días antes, había ocurrido
ciertamente. Sin necesidad de hablarlo, con el disimulo por bandera , por unas
horas todos pasaron página aunque la percepción de quiénes se conocían bien no
había cambiado. Las malas caras , fruto
de la incomodidad, dejaron paso a la maniatada y desgastada aparente
normalidad , dando la impresión de conformar
un grupo homogéneo de amigos que hacía tiempo que no se veían. Y con todo, con
paseos por la ciudad mientras la noche hacía de las suyas, tocó al hora de
regresar a la casa, especialmente porque
habría que recoger las maletas a fín de partir la tarde siguiente de vuelta a
Nueva York, al menos para algunos.
Esperando una noche aparentemente tranquila , no lo fue tanto. A
Heyden no fue la única que le costó conciliar el sueño y apenas habiéndose
retirado todos a descansar, salió de su habitación con la idea de tomar algo de
aire para intentar conciliar el sueño.
Con la puerta abierta, a punto de pisar el pasillo, decidió esperar. A mitad
del pasillo, en el otro lado, la puerta de la habitación de Liz se encontraba
abierta con Frank apostado en ella. Una mano alargada que la atravesaba , cogía
una de las de él atrayéndole hacia su interior. Tras el cierre de la puerta, y
dispuesta a salir, antes de seguir andando hacia la escalera, giró su cabeza
hacia su derecha , comprobando que Michael también se encontraba apostado en su
puerta, observándolo todo. Un cierre discreto , puso fín a un día distinto y al
comienzo de una nueva etapa.
A la mañana siguiente, con todo dispuesto para que Frank les llevase
al Aeropuerto, David fue el primer extrañado de que su hermana no bajase con la
maleta.
·
DAVID: ¿Por qué tenía la impresión de que no
regresarías con nosotros?
·
HEYDEN: Porque pese a todo, la telepatía
fraternal sigue funcionando.
Él la cogió por la cintura , y con una sonrisa entrañable en el
rostro, la besó en la frente.
·
DAVID: No voy a hacer que me prometas de nuevo
que me llamarás, o que contactarás cuando me necesites. Sé que no lo harás
aunque te estés ahogando. –Ella bajó la cabeza apoyándosela en el pecho- Pero
sé que en algún momento volverás a mí , y entonces yo estaré ahí para recibirte
como siempre, sin reproches y con los brazos abiertos – La abrazó fuerte
elevándola del suelo- ¡Cómo echaba de menos esto! Cuídate.
·
HEYDEN: Nos veremos antes de lo que piensas .
·
DAVID: No lo digas muy alto, no vaya a ser que
no cumplas y te revierta.
Y mientras él se metía en el coche, Liz dejaba la maleta y se le acercaba para despedirse.
·
LIZ: Espero que pronto vengas a vernos, echo de
menos nuestras conversaciones.
·
HEYDEN: No creo que ahora te resulte una
compañía tan agradable como entonces.
Liz notó extraño el tono con el que se lo dijo .
·
HEYDEN: Piensa bien lo que estás haciendo esta
vez.
Y dándole un beso, sin entender bien a qué se refería, se despidió de
ella con un hasta pronto cercano y sincero. Michael apenas la miró antes de subirse en la
parte de atrás del coche, enfundado en sus gafas de sol oscuras. Una sola visión de apenas unos segundos y las
palabras sobraban. Aquella maldita costumbre de entenderse , que hacía sentirse
incapaz a los demás.
Por su parte, sólo quedaba el anfitrión , el cual se le acercó antes
de incorporarse en el asiento del conductor.
·
FRANK: Dame un aviso cuando hayas llegado. Yo
iré gestionando lo que hablamos para cuando regreses.
Tras fundirse en un abrazo muy sentido, se subió en el coche y éste
partió hacia el Aeropuerto.
Una visión de la casa en su exterior, para después darse la vuelta y
disfrutar del sol sobre los viñedos que cubrían todo el horizonte, y silencio. Sólo el sonido consigo misma que lo inundaba
todo.
Tras recoger la ropa de cama de las habitaciones , excepto la suya , y
bajarlas al cuartito de la lavadora , un nuevo café con vistas a través de los
grandes ventanales , fue el mejor ambiente añorado que se podía disfrutar.
Con todo listo, y pensando qué hacer, se acercó al garaje. Tras abrir
la puerta, las dos maravillas caprichosas de su dueño parecían estar
esperándola. Se acercó a la moto para
gozar de sus líneas una vez más, y una nota manuscrita sobre el tanque ,
dirigida a ella, le terminó de conformar la iniciativa: “ Como siempre, toda
tuya. Disfrútala”. Las llaves colocadas estratégicamente en el contacto ,
pedían a gritos que las girase y saliese de allí, y así lo hizo.
Era la mejor forma de evadirse. Sentirse libre ante lo que más
disfrutaba atravesando los distintos pueblos y con los viñedos como
espectadores de ese momento de sosiego impagable.
Con apenas dos paradas, una de ellas para disfrutar en un mirador y otra para recargar gasolina, la noche se le vino encima debiendo volver.
Una vez llegó a la casa , encendiendo las luces básicas , la
sensación de paz y el silencio que se respiraba se apoderaron de ella. Agotada
como estaba, tomó una ducha rápido y se acostó intentando descansar. Sin
embargo , el sonido del timbre de la puerta a las cuatro de la mañana la despertó. Aturdida , se
levantó de la cama después de comprobar la hora en el reloj de su mesilla.
Cogió el albornoz que estaba en la silla frente a la cómoda, y bajó hasta el
salón sin encender las luces . Tras
comprobar en la tele las cámaras de seguridad, sólo pudo ver la parte superior
de una figura masculina. Se acercó a la puerta y miró a través de los estrechos
cristales laterales, pero aquella figura masculina se mantenía de espaldas ,
manteniéndose alerta en espera de que se diera la vuelta voluntariamente a
efectos de poder verle el rostro. Cuando el sujeto en cuestión quiso volver a
tocar de nuevo el timbre , al verle la cara, ella no podía creer de quién se
trataba, abriendo la puerta antes de que sonase.
·
HEYDEN: ¡Tú!
·
SHELDON: Hola.
Robert, seguro de sí mismo como de costumbre y siendo consciente del
riesgo que corría de que le cerrase la puerta en las narices, se mostraba decidido
a no moverse ante el asombro de ella.
·
HEYDEN: ¿Qué haces tú aquí?
·
SHELDON: Es curioso. Llevo desde esta mañana
hora de allá intentando preparar la excusa perfecta , y ahora que estoy aquí y
te he visto, no se me ocurre nada razonable que
decirte.
Anormalmente nervioso y algo desubicado, trataba de recomponer la
situación mientras continuaba dando vueltas sobre lo qué decirle.
·
SHELDON: Supongo que decirte que me caía de
camino, no es muy creíble.
·
HEYDEN: ¿De camino? ¿Cómo has sabido dónde
estaba?
·
SHELDON: No me pidas que te lo diga.
Con una mirada de solicitud de permiso permanente, tratando de
disimular combinando con sus ojos hacia el exterior , la indirecta clara fue asumida. Fuese lo que
fuese a lo que había venido hasta ahí no podían seguir hablándolo en la puerta,
aunque ella al menos esperaba que le
permitiera tomar la iniciativa a su manera.
• SHELDON: No quiero
parecer descortés , reconozco que las vistas son impresionantes y la noche está
magnifica, pero creo que estás a punto de echarme una bronca de las que hacen
historia y sinceramente , preferiría que fuese en el interior . Así que ¿vas a dejarme pasar o vamos a
seguir hablando en la puerta?
Le abrió la puerta por completo para que pasara, y tras entrar cerró.
·
SHELDON: Bonita casa. He de reconocer que tu
amigo tiene buen gusto , a parte de dinero . ¿A qué se dedica?
·
HEYDEN: Eso no te importa.- seca como no podía
ser menos, fue dirigiéndose a la cocina mientras él la seguía detrás- Dime que
has venido hasta aquí movido por la compra de algún inmueble o para cerrar
alguno de esos negocios que mantienes tan ocultos.
• SHELDON:
Ninguna de las dos opciones es ni siquiera aproximada. Usar cualquiera de ellas
sería mentirte , y no puedo permitírmelo, al menos no hoy.
Como ya venía siendo habitual en ambos, seguir el juego mutuo de a ver
quién resultaba más irónico se convertía en una nueva pequeña guerra , y esta acababa de comenzar,
con los dos muy tensos y demasiado alertas en las reacciones del otro.
• HEYDEN: ¿Quieres
beber algo?
• SHELDON: Lo mismo
que tú.
• HEYDEN: ¿Leche?
Robert la miró con bastante extrañeza e hizo una mueca de desaprobación.
• SHELDON: ¿Algo con
grados?
• HEYDEN: Abre el mueble que tienes a tu izquierda .
Ella abrió el que tenía justo a su espalda cogiendo un vaso y colocándoselo
encima de la encimera que les separaba, cogió su vaso de leche y se dirigió a
la terraza tras abrir la puerta corrediza de cristal.
Sheldon que en ocasiones demostraba tener una seguridad aplastante, en
ésta ocasión prefería mantenerse más prudente aunque en su línea. Cuando se
hubo servido la copa se acercó a la misma terraza mientras disfrutaba de la
visión de su cuerpo ante una noche tan despejada , que podría ser el escenario
perfecto para un reportaje fotográfico impresionante.
Una vez asumida su presencia allí, Heyden volvió a ser con él la que
era siempre, aguda y seria.
• HEYDEN: Así que no
eres capaz de inventarte una excusa lo suficientemente creíble . Debes de estar
perdiendo facultades. Has tenido más de ocho mil kilómetros y unas ocho horas
entre vuelos y coches para haber pensado algo coherente.
• SHELDON: ¿Tu
actitud hubiera sido otra o seguirías deseando darme con la puerta en las
narices?
• HEYDEN: - Tras
mirarle de forma bastante atravesada, devolvió su vista al frente- Aún estoy a
tiempo.
Robert sentía la necesidad de tocarla, sólo con un leve roce se
hubiera conformado, pero debía ser
prudente, reteniendo sus ansias.
Los motivos que le habían llevado hasta allí, sólo él los
conocía. Acostumbrada a la programación anticipada de las cosas,
esto ni entraba en el marco de lo no previsible. Era más bien , algo imposible.
Un silencio casi sepulcral, incómodo, se hizo entre ambos. Ella
esperaba una reacción por parte suya, que él iniciase el siguiente movimiento y
le diera píe a continuar aquella dialéctica esbozada más de una vez. Él, por su
parte, trataba de acomodar mentalmente las palabras que deseaba decirle y no
sabía cómo, y ante la impaciencia como defecto más característico de ella,
aquello devino en algo inesperado .
·
HEYDEN: ¿Por qué no lo dices de una vez?
·
SHELDON: Te echaba de menos.
Sonido extraño el dispensado por aquellas palabras dichas . Un tono
tan sincero , que heló su cuerpo de
inmediato. Palabras que la bloqueaban y que no terminaba de creerse, de un
hombre que pese a ser tentado de forma intencional por su persona, a sabiendas
de su deseo de corresponderla, sólo había recibido rechazo.
Y de pronto, sucedió. Sintió la necesidad de sentarse o apoyarse en
algo que le permitiera seguir adelante
creyéndose dónde estaba y con quién. Caminó unos pasos hasta el muro que tenía
delante , y apoyándose en el filo, le miró de forma directa , sin decir nada.
Robert, tratando de sacarla de su estado mental de bloqueo, y
envalentonado al haber dado el paso más difícil, decidió continuar.
·
SHELDON: Ha sido extraño. Me he pasado años
viviendo sólo, sin nadie con quién hablar. Y ahora que estás tú, …………………-
parecía disculparse continuamente con su
forma de mirarla más que con las palabras, y el ensamble perfecto de ambos
elementos, resultaba mortal - Por primera vez me sentí solo, auténticamente
solo, y – mirando al suelo y
gesticulando con su cabeza- no me ha
gustado la sensación. Me has hecho
acostumbrarme a tenerte en mi despacho, que yo pase por la puerta, esté
entreabierta , y me asome viéndote
sentada en mi silla. Me has acostumbrado a tus silencios desayunando, a tus
órdenes , a tu presencia casi fantasma. No te sentía, pero sabía que estabas
ahí. A que fueras la primera en levantarte cuando aún no había amanecido, a ser
la última en acostarte. A que pese a saber que te marchabas , sabía que en
horas o en días , volvería a verte por la puerta. A tu voz enfadada y nerviosa.
A la imagen de tu cuerpo deslizarse por el agua de la piscina en la madrugada.
Ella sabía que Robert la observaba cada noche . Su silueta entre el
cortinaje era demasiado evidente, pero nunca lo evitó ni dijo nada al respecto.
Nada que no hubiera visto ya le era mostrado
de nuevo, y sin embargo, en lo que nunca
pudo recalar, es que disfrutase tanto
con ello , como para añorarlo.
¿Echarla de menos? ¿Cuánto hacía que no escuchaba esas palabras
provenir de un hombre?
La última vez que lo escuchó, fue hace mucho tiempo, y provenía de
David, por vía telefónica tras un momento de silencio con mensaje subliminal
muy claro. Pero de todos los hombres que de alguna u otra forma podían
importarle , lo menos que pensaba era escucharlo del que tenía delante en ese
instante, especialmente cuando se había dedicado a huirle.
·
HEYDEN:
Voy a hacer como si no hubiera escuchado eso.
Y se incorporó dirigiéndose de forma apresurada hacia el interior. Él,
sorprendido por semejante comentario, le fue a la zaga.
·
SHELDON: ¿Qué significa eso? - Le preguntó con
gesto y tono de sorpresa- .
Ella volvió a la cocina para dejar su vaso en el fregadero, mientras
continuaba siendo seguida muy de cerca.
·
HEYDEN: Lo que has escuchado , sin más.
Al intentar salir , casi tropieza con él, esquivándole por su
izquierda.
·
HEYDEN: Yo me voy a descansar, estoy hecha polvo.
Mientras andaba con absoluta seguridad hacia la escalera, él dejó el
vaso en la encimera y fue detrás
intentando que se detuviera .
·
ROBERT: ¿En serio no me vas a decir nada más?
·
HEYDEN: No sé qué esperas que te diga – le
contestó mientras continuaba subiendo los escalones con él haciéndolo de dos en
dos hasta que se detuvo algo más abajo
-.
·
ROBERT: Esperaba que al menos fueras sincera y
coherente.
Aquello hizo que se detuviera, y que en su interior, sintiese como el
calor de un incipiente enfurecimiento podía con ella.
Retrocedió sobre sus pasos hasta que apenas le tuvo en el escalón
inmediatamente inferior al suyo.
·
HEYDEN: ¿Cómo te atreves a acusarme de
incoherencia o de falta de sinceridad? Yo no he sido el que se ha negado a sí
mismo sentir lo que deseaba en toda su puñetera amplitud. - conforme el
sentimiento de impotencia crecía en ella, conforme la incredulidad se apoderaba
de su conciencia como un demonio de un inocente, su alteración podía palparse ,
su rostro se encendía en colores , y su tono de voz, se elevaba por momentos -
¡Y tú te atreves a llamarme incoherente! ¡Hace mucho que me obligaste a empezar a pensar en Robert Sheldon como lo
que realmente siempre fue, un cliente que requería unos servicios y que me
contrataba como eso, como un jefe , nada más! ¡Hace mucho, que me obligaste a
verte de otra forma, a olvidar tus gestos claros , ahora supuestamente
confusos, en los que deseabas responder a mis
intentos por cumplir un deseo añejo, algo que deseábamos los dos desde
la primera noche que nos vimos en el local. !
¡Así que no vuelvas a atreverte a acusarme de falta de coherencia ¡ Yo
lo he sido, ¿hasta qué punto crees haberlo sido contigo mismo?
Y allí, dejándolo de píe y
pensativo , en la escalera, silenciado por sus palabras, abrumadoras e
inesperadas, continuó su camino con determinación y seguridad aplastante hasta que sintió como una mano la retenía
cogiéndole una de las suyas. Escabullirse era prácticamente imposible dada la
fuerza ejercida en el amarre.
• HEYDEN: Suéltame.
Los ojos de Sheldon, como hacía tiempo que ella no los había visto,
incontenibles, furiosamente arrebatadores, y un rostro de los que hacía la tentación
una virtud. El mismo gesto con el que le
vio en el club.
• SHELDON: Y si no
quiero.
• HEYDEN: - se acercó
a él bastante enfadada- Muy tarde para esta clase de jueguecitos. Tuviste tu
oportunidad y decidiste dejarla pasar. Ahora, ¡suéltame !.
Sin ganas, y en un estado de
impotencia bastante contenido para lo que podía haber sido, en parte provocado
por un sentimiento de culpa que le acuciaba,
la soltó.
Heyden continuó su camino ascendente hasta su dormitorio cuando la voz
en alto de él, resonó de nuevo.
• SHELDON: ¡No vas a hacerme creer que nunca te has preguntado por qué!
Ella volvió a detenerse por un instante mientras él se le acercaba lentamente.
• HEYDEN: ¿En serio
crees qué me importa?
Enfurecida y en tensión como hacía mucho que no se había sentido,
verle acercarse no le supuso ningún reto. Por más que Robert pareciera
sobrevenirle con intenciones claras, aquello la dejó indiferente. Tan
acostumbrada estaba a sus simulacros intencionales, que nada la sorprendía ya.
A cada paso de acercamiento suyo, más se endurecía ella y perfilaba aún con más
acritud su carácter.
Colocó una de sus manos encima de la que ella mantenía en el pasamanos
de la escalera, y aunque deseaba retirarla,
no quiso. El guante estaba echado, y ella más dispuesta que nunca a
recogerlo.
• SHELDON: Sí.
Recuperó su mano, se dio media vuelta, y subió corriendo lo que quedaba de escalera.
Al llegar al último escalón , se dio la vuelta de nuevo, observando como Robert
continuó subiendo las escaleras
lentamente. Cuando hubo llegado a la puerta de su habitación , cerró de golpe y
pasó el fechillo apoyándose en ella. Robert intentó abrirla , no parando
de golpear la puerta .
• SHELDON: Abre la
puerta Heyden. Por favor.
Tras un buen rato en el que por mucho que lo intentase, ella no
parecía querer volver a tenerle delante , volvió a bajar la escalera y se
dirigió al mueble bar para servirse una copa. Un hábito , que con las horas, se convirtieron en algunas más , mientras que
en aquella habitación del piso superior,
había quién trataba de conciliar
un sueño casi imposible.
A la mañana siguiente, muy temprano, con un cielo más nuboso de lo normal y el sol
intentando hacer aparición, algo más relajada,
Heyden decidió bajar para
prepararse algo de desayunar. Dada la noche vivida , tenía la intención de
salir a dar una vuelta y así poder relajarse. Pero cuando llegó al final de la
escalera, lo que se había convertido en la principal causa de su presente dolor de cabeza, dormía placenteramente en el sofá. En la
mesita auxiliar, una botella de whisqui casi vacía , le plantaba el escenario
de lo que había pasado la noche anterior después de discutir.
Sin apenas hacer ruido se dirigió a la cocina. Preparó la cafetera
bien cargada, hizo tostadas, y justo cuando se encontraba lavando unos limones,
Robert apareció.
Su mala cara evidenciaba un resaca importante. Su aspecto distaba
mucho del afamado conquistador con superencanto que la gente creía que era. La
camisa medio abierta y el pantalón descolocado, otorgaban una de las imágenes
más deseadas por algunos de los paparazzi que solían convertirle en su centro
de atención.
• SHELDON: Buenos
días, para quién los tenga.
Molesto con la luz que entraba de las ventanas y costándole horrores
mantener los ojos abiertos en condiciones pese a las gafas de sol , Heyden dejó de partir limones por un momento , para acercarse al lugar dónde se encontraba el mando que
permitía bajar los estores automatizados.
• SHELDON: ¿Te
importa que me sirva café?
• HEYDEN: Tienes las
tazas en el mueble de encima tuyo- contestándole seria pero correcta, sin
perderle de vista sesgadamente para que
no se diera cuenta de ello-.
Aprovechando que tenía huevos y zumo de tomate fresco, le preparó algo para aliviarle de forma
natural el fuerte dolor de cabeza y la sensación de malestar . Robert , que pese a su estado,
tampoco había dejado de observarla, éste sí, mucho menos discreto que su
anfitriona, se sentó al otro lado de la encimera.
• HEYDEN: Tómate ésto
antes que el café, de un solo trago.
Su aspecto ligeramente anaranjado no lo hacía nada apetecible, y él no pudo
evitar poner cara de asco, quizás por el hecho de saber que llevaba algo más
crudo que el propio tomate.
• HEYDEN: No vas a
cambiarle el color por más que lo mires
con esa cara.
Él levantó una ceja y aún tuvo fuerzas para mirarla atravesadamente
por encima de las gafas de sol .
Mientras ella preparaba limonada se sentía observada.
• HEYDEN: ¿Qué?
• ROBERT: Nada- su
cara de niño travieso aunque con peor aspecto no hacía presagiar nada bueno- Te
importaría pasarme el azúcar, por favor.
• HEYDEN : En este
momento tengo las manos ocupadas. Cógela
tu mismo.
• ROBERT: Me encanta
tu vocación de servicio mañanero- la ironía había vuelto a su boca- .
Al ir a recoger el azúcar , justo en el mueble que se encontraba a la
espalda de ella, se dio cuenta de un
detalle en el que no se había fijado cuando se sirvió el café. Heyden sólo llevaba puesto un blusón suelto que le
dejaba al descubierto casi la totalidad de las piernas y le caía de un hombro.
Con el cabello sostenido de forma frágil y rápida, con cada movimiento de sus
brazos y hombros, éste parecía querer recuperar la libertad sobre su espalda. Y
la blusa, parecía dejarle entrever , provocativamente , minúsculos y nuevos
pedazos de su piel .
Disfrutando de un recorrido
visual perfectamente delineado de su cuerpo, decidió , teniendo como
excusa la necesidad de coger una cuchara
de las cajoneras que aquel cuerpo
femenino bloqueaba , acercársele por detrás todo lo más que pudo.
• SHELDON: ¿Me permites?
Necesito una cuchara.
Mientras su olfato le permitía
hacer que el olor ácido pero deliciosamente fresco de los limones , recién
abiertos y exprimidos, cuyas cáscaras aún rezumaban, se mezclase con el suave
olor de su piel o el de su cabello, a ella
, que podía sentirle notablemente cerca, se le rodó de golpe el cuchillo con el
que iba a cortar uno de los cítricos que sostenía con la otra mano. Robert , que
sintió el golpe seco del elemento
cortante sobre la tabla de madera y vio el gesto brusco de su brazo, miró por encima de su hombro mientras acercaba
tanto su cuerpo , que al aire habido entre medio le costaba circular
con normalidad. Para ella, la aparente
tranquilidad volvió a dejar paso a la
misma tensión que le había producido sus molestias mañaneras, agravándoselas.
• SHELDON: Uppss!
¿Quieres qué te los corte yo?
Su cuerpo, femenino una vez más cuando ella no quería, reaccionaba de
forma reconocible a aquella voz casi susurrante y transgresora que la instaba a
enfurecerse por lo que era capaz de provocarle. Su mente, en lucha continua
entre lo que debía ser y lo que su cuerpo sentía y deseaba, una vez más,
trataba de mostrarse fuerte ante las embestidas de las sensaciones . Le decía que debía reaccionar con normalidad,
sentir su cuerpo junto al suyo la paralizaba involuntariamente. La conciencia
de su cercanía, de la apariencia de que esta vez todo aquello buscaba la
consecución de un resultado que hasta ella misma había deseado y provocado en
más de una ocasión, los escasos
resquicios de un orgullo herido por él en demasiadas ocasiones, le daban las
fuerzas justas para mostrarse altiva y resistente, aunque supiera que no era creíble.
• HEYDEN: No .
• SHELDON: Es que se
te están rodando, y si continúas por ese camino, podrías terminar teniendo un
accidente.
Cogió el cuchillo con firmeza y lo levantó un poco.
• HEYDEN: Y si tú
sigues así, posiblemente sean “otros” los que terminen rodando.
Tentando a la suerte, Sheldon fue un paso más allá. Continuó
arriesgando todo en esa jugada , colocándole las manos en las caderas con la
excusa de desplazarla hacia un lado.
Ella no podía evitar mordisquearse
el labio con fuerza, de forma continuada, en contención absoluta.
·
SHELDON: Sí tú no te retiras - y el escaso espacio existente desapareció
por completo- tendré que hacerlo yo.
Y como si de un cuerpo inmóvil se tratase, nada más apoyar sus manos
en la carne , sintió su piel erizarse. Notable tensión la de su cuerpo,
reflejada en como la sangre circulaba a borbotones a través del circuito
vascular , dejándose ver con claridad en
su cuello.
Mientras ella, extraña e
irreconociblemente inmóvil, sentía como las manos de él se introducían por debajo del blusón llegando a sus muslos , mientras su
rostro acariciaba una de las mejillas de
ella , soltó todo lo que portaban sus manos
para agarrarse con fuerza en el borde redondeado de la encimera.
Manos que parecían hacerse con cada milímetro de aquella parte de su
cuerpo, en un tándem de reconocimiento perfecto, coordinado con unos labios masculinos
que por fín saboreaban aquella piel blanca y suave como porcelana fina , ante
lo que suponía un acto de iniciática sumisión cuando ella bajaba su cabeza
ligeramente .
Mientras las manos masculinas se hacían con su figura por medio de la
ascensión a través de sus laterales, fue
al notar el apoderamiento de sus
pechos cuando reaccionó. Retirando sus manos de la encimera conforme se
erguía de nuevo, las colocó encima de las de él, las agarró con fuerza y se las
retiró.
Mirándole por encima de su propio hombro, su rostro de desconcierto lo
decía todo. No parecía entender lo qué estaba sucediendo, pero ella , por una
vez, le correspondería con la misma moneda con la que él le había pagado
durante todo este tiempo. Dejando todo como se encontraba, salió de allí en
dirección a la escalera.
Robert, desubicado, sin entender mucho de qué iba todo aquello, de
pronto pareció caer en la estrategia de castigo al acordarse de lo que le dijo
la noche anterior, y enfurecido, mirándola seriamente, cogió el cuchillo , y
con mucha rabia lo clavó en uno de los
limones.
Sabiéndose la causa de tal provocación y temiendo , por el rostro de
él, su reacción, comenzó a correr hacia la escalera , saliéndole él al paso
justo detrás.
Su destino: su dormitorio. Aquel era su punto de salvación , al menos
hasta que se relajase pensó ella ilusoriamente. Una vez llegó y logró entrar en
ella, cuando intentó cerrar la puerta, le fue imposible al haberle dado tiempo a él
de atravesar una de sus piernas mientras la empujaba con el resto de su cuerpo
ante la resistencia que ella le dispensaba desde el otro lado. Con su dolor de cabeza más agudizado ,
sintiendo unas punzadas terribles en las sienes, intentó resistir todo lo que
pudo los embates de Robert contra su puerta , hasta que no aguantó más y salió
disparada al suelo, cerca de la cama.
Viendo aquella figura agitada, decidió incorporarse como pudo, y arrastrándose
prácticamente, acabo sentada con la
espalda apoyada en el lateral de la
misma.
Decidido, se acercó a ella alargándole
una mano para ayudarla a
levantarse, pero en cuanto la tuvo , tiró de él hacia ella. De rodillas, prácticamente con su pecho encima de su cara y
apoyado con los brazos en la cama, cruzaron miradas. Aquel momento de
intensidad meridiana, sin vuelta atrás, suponía un antes y un
después en su relación, y aun siendo conscientes ambos, dejaron de pensar por
una vez.
Cogiéndole de la camiseta fue tirando de ella , subiéndosela hasta
obligarle a quitársela, mientras sus
labios disfrutaban de su pecho de forma poco contenida y ansiosa, como cada
reacción suya hacia él. Sintiendo su cuerpo de hombre estremecerse cuando le
mordisqueó los pezones con toda la intención del mundo de provocarle una
reacción, ésta vino en forma de sonido bucal de dolor placentero y contenido,
mientras sus brazos se notaban y veían tensos , agarrando con ambas manos la
colcha como único punto de sostén.
En recorrido mortal, que
provocó que bajase la cabeza intentando besarla infructuosamente en varias
ocasiones , sus manos surcaron con sus uñas la piel completa de su espalda, y
sólo cuando sus nalgas fueron abarcadas
por completo, empujándole hacia ella una y otra vez para provocarle aún más si
cabe , al sentir el contacto con la
humedad de la punta de su lengua y sus dibujos tendenciosos y nada inocentes,
él soltó la colcha , para pasar a sostenerle fijamente la cara por ambos lados
, de forma yerta y segura hacia la suya , mucho más elevada.
Deslizándolas hacia su cabello, y sin dejar de mirarla a los ojos ,
entrelazó sus dedos entre su pelo , y con firmeza , tiró
hacia atrás dejando la vía libre
a sus labios , que por fín, se glorificaban logrando hacer suyo , por completo,
su cuello y su boca.
Él se levantó , y pese a intentar seguir besándola, ella no le dejó. Le
obligó a permanecer de pie , entre las
piernas de ella , mientras le quitaba el cinturón sin dejar de mirarle a los
ojos , le abría el botón del pantalón y bajaba su cremallera ante la atenta
mirada del benefactor de aquellos instintos , y sin previo aviso, tras mirarle de forma especial y casi
agresiva, se apoderó de su intimidad con la misma intensidad con la que le
había correspondido en este juego .
El uso desmedido de su boca lo volvía loco y descontrolado, habiendo
una aceptación más que explícita y harto demostrada de seguir adelante sin
importar nada más. Robert iría a por todas.
Aprovechando un pequeño impás, la incorporó empujándola sobre la cama
, abalanzando su cuerpo encima del de ella a continuación. Sus ojos castaños no perdían detalle de cómo
Heyden decidía que sus manos recorriesen aquel cuerpo , cada curva, cada
marcado musculo, cada hueso sobresaliente, su mandíbula, sus labios que
trataban de atrapar unos dedos más que juguetones. Una boca deseada, mil veces soñada hasta en la más estricta de
las soledades, y que ahora, sin dejar
que él le respondiera, mordisqueaba sus labios.
Una mujer maliciosa y muy decidida
a que aquella noche ese hombre fuera
suyo de forma imborrable, sobreexcitando tanto a Robert , que su boca iba apoderándose de cada centímetro
de su cuerpo, mientras él, disfrutando con cada gesto, deseaba verla desenvolviéndose por entero , y cuando la sensación de inmenso placer se lo
permitía, se deleitaba contemplándola, encontrándose directamente con sus ojos, unos
ojos inmensamente deseosos de lo que tenía delante.
Con una ternura infinita y casi desquiciante, él degustaba su cuerpo
sin perder de vista sus reacciones, preguntándose cómo era capaz, sintiéndole con tanta
intensidad, de retorcerlo y levantarlo
justo por donde él se encontraba. Como la tensión de su cuello, estirado por
completo hacia detrás, llegaba a
vislumbrar su tráquea con absoluta perfección, sus costillas que quedaban completamente al
descubierto y sus pechos , duros debido
a la excitación, se mostraban completamente indefensos y al descubierto para él, para que,
mientras su barbilla se encontraba apoyada en su pubis,
sus manos marcasen mucho más el camino perfecto hacia lo sublime por todo su
canalillo desde el cuello hasta donde él tenía la cara. Unos pechos que sin
duda disfrutaba, y mucho, haciendo suyos
por fin, acariciándolos cual pintor desliza suavemente el pincel sobre el
lienzo.
Una entrega completa, cuyo paso previo fue hacer suyo lo más íntimo de
su ser sin necesidad de estar en sus entrañas. Algo que iría in crescendo
conforme ella, con sus dedos entre su pelo y pidiéndole casi en susurros
suplicantes que continuase, intentaba que el momento de tenerle dentro por
completo llegase sin él querer adelantarlo.
Con sus manos haciendo suyos sus muslos, y su boca apoderándose de su sexo hasta el
extremo de que el placer máximo y continuado pasase a ser dolor, y la impotencia de no poder aguantar más,
enrabietada, se medio incorporó como
pudo y con sus codos, intentó arrastrarse
hacia detrás quedando limitada porque él
le agarraba las piernas. Casi imposibilitada, continuaba tirando del resto de su cuerpo, de un lado a
otro, y antes de que se hiciese daño, él
decidió aflojar el amarre voluntario .
De la fuerza ejercida y los
movimientos pendulares tratando de escabullirse, se dio la media vuelta
quedando , cansada y con la respiración
entre cortada, a expensas de su
voluntad, sin poder prever el siguiente movimiento al encontrarse de espaldas a
él.
Tras una especie de tregua en la que todo pareció detenerse, su piel
comenzó a erizarse de nuevo. Unos besos, seguidos de ligeros mordisqueos en la nuca y
en la espalda, y un agitado y tibio aliento en uno de sus oídos, como preámbulo
del siguiente movimiento. Su espalda sintiendo su pecho por completo ,
estrechándola fuertemente entre sus antebrazos apoyados en la cama , mientras sus
manos buscaron las de ella intentando
entrelazar sus dedos esperando una respuesta afirmativa que le
confirmase la entrega total. Y sólo cuando
pasados unos instantes , ella le correspondió cerrando sus dedos entre los
suyos apretándolos fuertemente, estrechó
más aún su cuerpo al de ella como signo de
complacencia y entrega total.
Habiéndole hecho el gesto de querer darse la vuelta, él se incorporó
un poco para dejarla espacio, volviendo a aprisionarla suavemente como para que
no pudiera escapársele. Sus gestos, su sudor, la búsqueda del placer continuado
que él estaba dispuesto a ofrecerle y ella a recibir de él sin límite alguno,
el apoderamiento del cuerpo de él por parte de ella, y sus ojos, deseosos y
entregados, eran la culminación más
preciada en algo que él hasta ese momento , pese a ansiarlo, nunca había podido darle por razones que ella
no desconocía pero ni imaginaba, y que ella siempre había deseado, ahondándose a partir de cierto momento de su convivencia
juntos.
Cuan clímax perfectamente culminado, como colofón de todo aquello
surgido de algo iniciado con pretensiones de otra cosa , y con la expresión más tierna que él había
visto de ella jamás, Heyden le acariciaba la espalda con exquisita elegancia
dibujando pinturas perfectas e indescriptibles, mientras él aún disfrutaba de
su respiración agitada y su rostro sonrojado.
Sin querer ninguno de los dos que aquello terminase, cuando el
agotamiento y la extenuación pudieron con ellos, intentaron conciliar el sueño,
pero mientras este llegaba, uno frente al otro, se miraban mutuamente , ella
con sus expresivos ojos , y él sintiéndose completamente entregado por fin a la
única mujer con la que realmente se sentía a gusto.
Abrazados, intentaron que el
sueño se apoderase de ellos, pero Robert,
que se resistía a soñar porque ya le era difícil creerse que lo que había
pasado entre los dos fuese real, creyéndola dormida, la abrazó mucho más fuerte
si cabe , y musitó unas palabras que él pensó , en todo momento, que
Heyden no había oído: “Te quiero. Te he querido desde siempre y te
querré toda mi vida”.
Ana Patricia Cruz López
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