Aquellos primeros acordes ,
parecían predecir el
final .
El viento trajo aquellas notas malditas
que nunca logré quitar de mi mente .
Notas de un réquiem
cuyo comienzo ya lo dijo todo,
cuyo desarrollo nos vino grande,
y cuyos sentimientos, desbocados,
nunca supimos
controlar.
Voces que escucho en mi mente desde aquel día
y me dicen lo qué debo hacer,
cómo debo sentir ,
cómo debo reaccionar,
cómo debo ser, simplemente.
Perdí por el camino
todo cuanto creía que era mío.
Mi vida fue desapareciendo entre tus dedos ,
igual que la fina arena seca de un desierto
mecido por la brisa nocturna.
Salvaje se comportó conmigo tu creador,
que me castigó con tu presencia no reclamada jamás,
para usarte como su arma bendita
y destructora.
Como un puñal de doble hoja y dientes afilados ,
te incrustaste lentamente en un corazón solitario y enfermo,
y con la mano de tu ejecutor por orden,
fuiste abriéndote camino destrozando todo a tu paso,
suave e imperceptiblemente.
Música que continuas sonando.
Violines temerosos
cuyas cuerdas saltan por la fuerza de quién los toca.
Violonchelos con cuerpos de sinuosas mujeres
que marcan la pauta a seguir ,
para terminar de enterrarme en mis propias entrañas,
aquellas que tú les has entregado una y otra vez.
Amarte fue mi mayor pecado.
Entregarme , mi más imperdonable error.
No olvidarte, mi penitencia.
Morir en vida sabiendo que
nunca has sido mío,
mis más pesadas cadenas.
Nunca fuiste un ángel
pero tampoco te consideré un demonio,
sin embargo,
tu sombra, alargada,
lo cubría todo,
tus manos , tentadoras,
acariciaban dejando su huella nunca olvidada ,
tus labios,
de carne trémula e inquieta ,
ansiosos de invasión y humedad nada ajena.
Historia de un amor tan impetuoso como mortal.
Veneno que recalas entre los nudos de mis venas ,
debilitando mi pobre
y pequeño corazón
entregado a ti en
bandeja de plata ,
entregado a su ejecutor.
Partido finalmente a la mitad
el dolor se extiende en mi pecho
como arenas movedizas que lo tragasen todo.
Mi ansiedad , es tu vanagloria,
mis rodillas ante ti, tu mayor triunfo.
Imponente,
altivo,
te mostraste
ante la postrada enferma en que me convertiste,
y sin dudar ni temblar siquiera la voz,
te limitaste a verme caer pese a la petición de un último
auxilio.
Alma suplicante solicitada de pena,
cuyo cuerpo maltrecho flota en un mar de rencor,
por un error creído y no cometido,
en el que la verdad poco importa,
en el que la evidencia son los chismorreos y rumores,
y la confianza se deja de lado.
De nada sirven mis palabras de consuelo,
mi verdad sólo a medias ,
que lo mismo entera , tu desoyes.
Muerta en vida con tu tan sólo recuerdo,
el de aquella última vez
en que sólo un "adiós" te escuché mencionar,
sólo me toca vagar desangrando mi espíritu ,
llegando a dejar de ser persona,
para convertirme en tu mejor obra ,
un despojo de lo que fui .
Ana Patricia Cruz López
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