domingo, 4 de septiembre de 2016

MOMENTOS. Siempre tuya (149)

Aplacando mis ansias entre un mar de dudas y apetencias,
mis deseos no encuentran paz.
Correas de puro sentimiento y dolorosa ternura,
llagas sangrantes de lo que siento
cada vez que debo mirarte a los ojos .

Heridas en el corazón
que se van abriendo con cada caricia tuya ,
sabiéndome de otro al que no puedo dejar de amar.
Autosentimiento de propiedad banal,
de un alma que dejó de ser mía el día que te cruzaste,
de un cuerpo , que tomo pensando en el tuyo,
de unos gemidos y suspiros ,
entre los que tu nombre se cuela en mi conciencia.


Gritos ahogados en los que nadie me escucha
y en los que pido auxilio.
Una forma de salir ,
de respirar .

Anhelos inalcanzables e inconformistas,
que provocan un inútil intento porque me odie,
y acaparar una libertad que me hace falta.

Amor enquistado en una historia de tiempo y cordel ,
donde la arena del reloj nunca termina de cruzar,
y al que jamás lograré la vuelta dar.

Estigmas en mi carne  que atraviesan la piel para quedarse
con las letras de tu nombre ,
como tatuajes incendiarios .

La verdad pesa  como una losa dolorosa ,
como una caída al vacío voluntaria,
como el llanto de un niño desesperado y solo,
como el estallido del cristal al caer en el suelo,
como el insulto más infame,
como la vergüenza más palpable.

Intentando aplacar mi desesperado por dejarlo todo,
me falta el valor ,
pero nunca te garanticé que fuera valiente.

Y alabando a los dioses de la más remota antigüedad,
a aquellos en los que podamos creer ,
al cielo que nos cubre y da vida,
o la luna ,
imploro una respuesta  que no soy capaz de encontrar por mi misma,
un beso en sus labios que me obligue a quedarme ,
una caricia en tus manos que doblegue mi voluntad hacia ti,
un susurro de su voz donde sepa que aún me quiere ,
una mirada en tus ojos que me diga que me quede contigo,
un gesto dulce que me recuerde al chiquillo inocente que era cuando le conocí,
una muestra de  aquel carácter tan tuyo capaz de transformarme .

Desesperada , veo los días pasar,
y aún la balanza parece no querer decidirse,
obligándome a jugar con dos barajas marcadas de antemano
como la tramposa que siempre fui desde que todo comenzó.

A sangre , hierro y fuego,
sin comodines a los que recurrir,
cada nueva tirada supone vivir al límite de perderlo todo,
y entonces, habré de vivir con mi propia penitencia.

Pudiendo tenerlo todo,
debiendo algo por dejar,
no fui capaz,
ni lo seré nunca,
dependiendo mi suerte de la próxima carta que destape.

ANA PATRICIA CRUZ LOPEZ
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