Aplacando mis ansias entre un
mar de dudas y apetencias,
mis deseos no encuentran paz.
Correas de puro sentimiento y
dolorosa ternura,
llagas sangrantes de lo que
siento
cada vez que debo mirarte a
los ojos .
Heridas en el corazón
que se van abriendo con cada
caricia tuya ,
sabiéndome de otro al que no
puedo dejar de amar.
Autosentimiento de propiedad banal,
de un alma que dejó de ser mía
el día que te cruzaste,
de un cuerpo , que tomo
pensando en el tuyo,
de unos gemidos y suspiros ,
entre los que tu nombre se
cuela en mi conciencia.
Gritos ahogados en los que
nadie me escucha
y en los que pido auxilio.
Una forma de salir ,
de respirar .
Anhelos inalcanzables e
inconformistas,
que provocan un inútil intento
porque me odie,
y acaparar una libertad que me
hace falta.
Amor enquistado en una historia
de tiempo y cordel ,
donde la arena del reloj nunca
termina de cruzar,
y al que jamás lograré la
vuelta dar.
Estigmas en mi carne que atraviesan la piel para quedarse
con las letras de tu nombre ,
como tatuajes incendiarios .
La verdad pesa como una losa dolorosa ,
como una caída al vacío
voluntaria,
como el llanto de un niño desesperado
y solo,
como el estallido del cristal
al caer en el suelo,
como el insulto más infame,
como la vergüenza más
palpable.
Intentando aplacar mi
desesperado por dejarlo todo,
me falta el valor ,
pero nunca te garanticé que fuera
valiente.
Y alabando a los dioses de la
más remota antigüedad,
a aquellos en los que podamos
creer ,
al cielo que nos cubre y da vida,
o la luna ,
imploro una respuesta que no soy capaz de encontrar por mi misma,
un beso en sus labios que me
obligue a quedarme ,
una caricia en tus manos que
doblegue mi voluntad hacia ti,
un susurro de su voz donde
sepa que aún me quiere ,
una mirada en tus ojos que me
diga que me quede contigo,
un gesto dulce que me recuerde
al chiquillo inocente que era cuando le conocí,
una muestra de aquel carácter tan tuyo capaz de transformarme
.
Desesperada , veo los días
pasar,
y aún la balanza parece no
querer decidirse,
obligándome a jugar con dos
barajas marcadas de antemano
como la tramposa que siempre
fui desde que todo comenzó.
A sangre , hierro y fuego,
sin comodines a los que
recurrir,
cada nueva tirada supone vivir
al límite de perderlo todo,
y entonces, habré de vivir con
mi propia penitencia.
Pudiendo tenerlo todo,
debiendo algo por dejar,
no fui capaz,
ni lo seré nunca,
dependiendo mi suerte de la
próxima carta que destape.
ANA PATRICIA CRUZ LOPEZ
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