Amanece.
Día frío y gris.
Asomada a la ventana, veo la ciudad despertar.
Tú duermes .
Giro mi cabeza para verte.
Tú cuerpo semidesnudo encima de la cama, y tu rostro de
ángel, incitan a no dejar de observarte.
El tiempo pasa y yo ni me doy cuenta.
Tranquila , me limito a imaginar posibles conversaciones
desde mis alturas, las cotidianas entre quienes están habituados a saludarse ya
todas las mañanas.
Calor en mi espalda.
Contacto de tu piel con la mía.
Tu barbilla en mi hombro.
Tu mejilla al lado de mi oído.
Tus manos apoderándose de mi cintura buscando las mías para
asegurarte de que nuestros dedos dejen de necesitarse.
Mi tranquilidad , va dejando paso a marchas forzadas a la
sensación de calor que va ascendiendo y aumentando por toda mi columna
vertebral desde mi más celosa intimidad hasta mi cuello.
Separas tus manos.
Me aparto el pelo dejándote el terreno libre.
Noto que te alejas ligeramente.
Con una de tus manos en mi cintura me empujas contra el
cristal.
Mi cara queda cubierta por mis brazos.
Mi piel como lienzo. Tus dedos como pincel.
los trazos de pintura imaginaria, dibujan mi piel a tu
antojo.
No te veo, pero siento tu rostro observándome mientras haces
de mi protección una débil barricada .
Te detienes. Las separas.
Yo no me muevo.
Una vez hecho el borrador , decides aplicar la esencia
definitiva.
La humedad de tu lengua , es la pintura exquisita con la que
decides contar esa historia .
El calor de tus labios, me va transportando hacia tu mundo.
Un lienzo perfecto que se extiende hasta mis piernas.
Debilidad completa.
Tus manos en mi cintura.
Me das la vuelta.
Tus ojos pidiendo, casi rogando.
Los míos, por supuesto, concediendo.
Tu boca , enteramente mía.
Nuestras lenguas en maravillosa lucha continua.
Un único cuerpo. Unión perfecta .
Mientras, el sol comienza a aparecer tímidamente.
FDO: Ana Patricia Cruz López
(Todos los derechos reservados)
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