CAPITULO QUINTO (1
parte)
NUEVAS CARTAS,
NUEVO JUEGO
Tras una noche larga , en la que Michael y ella simplemente se hicieron compañía sin ninguna
palabra más que necesitaran cruzarse, el
reloj marcó la hora de marcharse de él puesto que cogía el primer avión de la
mañana, y la de descansar de ella.
Con mucho que pensar aún, a Heyden le costaría bastante conciliar su
sueño. En el interior de su cabeza, trataba de repasar todos y cada uno de los
momentos en los que tuvo que adoptar alguna decisión , gustosamente o no, y el
resultado final de aquel análisis no parecía convencerla demasiado.
La primera en ajustarse cuentas con su pasado , siempre había sido
ella misma.
Autoexigente por naturaleza, aunque David en su momento tratase de
calmarla, ese don connatural había
dominado su vida y aún lo seguía
haciendo.
No tanto por el cansancio, sino por el agotador día que le esperaba ,
debía terminar de arreglar algunos documentos y preparar el equipaje para
situarse fuera de la ciudad algunos días.
Pocas horas después, el amanecer determinó su despertar y el
momento de meterse bajo el agua cálida
de la ducha. Pero antes, fue al salón, encendió su portátil para que fuera
cargando sus correos y así agilizar los tiempos de respuesta, y preparó la cafetera para que todo estuviese
dispuesto en cuanto ella saliese del
cuarto de baño. Con el sonido de la televisión del dormitorio narrando
las noticias de la mañana, quiso ausentarse de todo durante los breves
instantes en que el agua se apoderaba de ella , pero mentalmente, le fue
imposible.
Al salir de la ducha, se puso
el albornoz que tenía colocado al lado y salió hacia el salón, sin percatarse de que no se encontraba sola.
Se dirigió a la cocina de nuevo y se sirvió una taza de café con algo
de leche. Al darse la vuelta , se
encontró con una desagradable sorpresa sentado en el gran sofá, lo que le
provocó una gran sobresaltó, hasta tal
punto, que el contenido de la taza se le
vino encima de la prenda de vestir y en parte de la piel.
La turbadora imagen de un Sean , completamente relajado en su sofá,
con los brazos extendidos sobre el espaldar, camisa desabrochada en su parte
superior y el nudo de la corbata aflojado, esperándola y en su casa, la dejaron bloqueada y sin capacidad de
reacción.
Lo cierto, es que ella no
entendía qué hacía allí ni cómo había logrado entrar, pero el fondo blanco del
sofá destacaba aún más su pelo oscuro y el intenso color pardo de sus ojos.
Heyden se dio la vuelta para intentar coger algo con lo que intentar mitigar la mancha del albornoz y
secarse la mano.
• HEYDEN: Joder, que
desastre. – se dirigió a Sean titubeante y
bastante molesta-Pero ¿se puede saber cómo diablos has entrado aquí?
• SEAN: Hay lugares
donde basta enseñar la placa.
• HEYDEN: ¿No me
digas? Sí la usaras para hacer tu trabajo en vez de para entrar en casas ajenas
……
Por el tono de su voz e incluso su aspecto, ella sabía que debía
andarse con cuidado. Llevaba una copa de más encima, y si de por sí resultaba
un hombre bastante agresivo sobrio, bebido, resultaba peligroso en exceso por
su incapacidad para controlarse.
• HEYDEN: -
Intentando que no se diera cuenta de que la situación le incomodaba sobremanera
, decidió ponerse a la defensiva.-Aún no me has dicho qué diablos haces aquí.
• SEAN: ¡Oh vamos Heyden!
He venido a ver cómo estás, hace mucho
que no sabía de ti.
• HEYDEN:-
Desafiante- Pués podías haber seguido ignorándolo , creo que nos ha ido
perfectamente bien a las dos.
• SEAN: Estás
distinta.
Caminando muy despacio hacia la parte del mueble donde se encontraba
el cajón en el que guardaba los cubiertos, y sin dejar de observar cada uno de
sus movimientos, con mucho cuidado lo abrió, y mientras trataba de mantenerlo
entretenido hablando, introdujo su mano lentamente buscando algo.
Con una mirada harto conocida por ella, su paso, lento, casi agoniante
por hacerse con su cuerpo , como antaño, resultaba la combinación perfecta para
intentar no mantenerlo más en su casa.
- HEYDEN: No des un solo paso más Sean.
- SEAN: Ahora que te observo mejor, has dejado
esa inocencia que te caracterizaba . Estás …
Mientras él se acercaba, ella encontró en el cajón lo que buscaba tan
disimuladamente, uno de los cuchillos de cocina , con una hoja especialmente
larga. Habiéndolo extraído del cajón, lo
mantuve agarrado encima de la encimera,
lejos aún del alcance de su vista.
• HEYDEN: ¿Qué es lo
que has venido a buscar?
Él abrió sus brazos hacia ella.
- SEAN: A ti. Hoy estuve pensando en los viejos
tiempos, y tú aparecías en ellos. Joven, con aquella piel blanca y tersa
, sonriente y coqueta.
Al ver que él se le acercaba sin tener intención de detenerse, retiró
la mano que portaba el cuchillo hacia su espalda y comenzó a caminar lentamente hacia detrás.
• SEAN: Y yo que pensé en serio que te gustaría la
sorpresa - respiró profundamente –
• HEYDEN: Será mejor que te marches, no creo que te
convenga que llame a seguridad.
• SEAN: - ¿Serías
capaz? Vamos Heyden, sabes que siempre te he querido , que he sentido esa
debilidad ciega por ti - su voz comenzó a variar. Conforme una nueva palabra
salía de su boca, la agresividad de las mismas crecía en intensidad y volumen,
mientras ella continuaba yendo hacia detrás siendo consciente de que en algún
momento no tendría más salida.- Tú sabes lo que has significado para mí.
Aunque los nervios la cubrían por entero, intentó aguantar el tipo
como podía , y era su orgullo el que la ayudaba a tratar de disimularlos ante
él. El orgullo y la rabia contenida derivada de años anteriores, de situaciones
en las que sus tiras y aflojas con él , siempre terminaban con su padre de por
medio saliendo en su defensa y en detrimento de ella, su hija, la gran
perjudicaba.
Con una imagen prodigada por él , de provocar a los hombres y de
“cualquiera”, especialmente a raíz de la
agresión, él vio el cerco mucho más abierto para ir a por ella sin tapujos en
un acoso y derribo continuo, del que Heyden siempre lograba salir airosa . ¿Pero las
cuentas entre ellos aún seguían pendientes, y esas no se arreglaban hablando.
Cuando ella ya no pudo seguir caminando, sin salida, recolocó el
cuchillo en su mano por si debiera hacer uso de él de una forma rápida y ágil,
mientras su cuerpo se tensionaba al sentirle prácticamente encima una vez hubo
llegado hasta ella.
Con aquellas manos , grandes y totalmente repulsivas de la obscenidad
malintencionada que emanaban , comenzó a
tocar sus brazos con dirección hacia los hombros. Ella sólo podía agarrar cada vez
con más fuerza el cuchillo mientras en su cabeza le martilleaba una sola idea,
no dejarle continuar.
- SEAN: Nunca he sabido por qué te causo
tanta repulsión, cuando lo único que he hecho, es mirar por ti, incluso
cuando provocabas a tu padre.
Sus manos se detuvieron de pronto. Su rostro palideció, y aquella
languidez melancólica barata desapareció. Unos centímetros de desviación de sus
ojos le bastaron para cerciorarse de que realmente , la punción que sentía en
sus carnes, a la altura del hígado, era lo que parecía.
Al devolverle la vista a ella, sus manos la soltaron , pero al tratar
de separarse, ella apretó aún más la punta contra su cuerpo.
- HEYDEN: No dirás que no te lo advertí.
¿Aún a estas alturas en serio sigues representando el mismo papel de
ingenuidad? ¿Conmigo precisamente?
Con un gesto visual, le indicó que fuera andando por donde había
venido, pero tal cual estaba, sin darse la vuelta, puesto que no quería perder
atención a cada uno de sus gestos, y a regañadientes, él no se atrevió a
contradecirla.
- HEYDEN: ¿En serio creías que no me daría
cuenta? ¿Qué no te reconocería?
Extrañado por aquello, siguió caminando mientras escuchaba lo que ella
tenía que decirle con expectación.
- HEYDEN: Trataste de disimular la voz,
pero tu olor con ese masaje de afeitar fue lo primero que comenzó a
delatarte. Aún guardo en mi cuello
un precioso recuerdo de aquella noche, y gracias a ti, lo llevaré el resto
de mi vida. Tus ojos, tus puñeteros ojos…………..cuando traté de soltarme.
Andando , llegaron hasta la puerta . El cuchillo cambió de lugar de
encuentro, subiendo por su pecho hasta el cuello.
- SEAN: Has perdido la poca cordura que te
quedaba. – Una sonrisa repentina se dibujo en su rostro- Tanto tiempo
huyendo de tu padre, queriendo ser diferente a él, y resulta que eres
idéntica. La misa forma de ser desquiciada y cambiante, que disfruta
inventándose personajes e historias para sobrevivir y obtener
reconocimiento.
Tanto apretó el cuchillo sobre la piel, que comenzó levemente a
sangrar.
- HEYDEN:
Dame una razón para hacerlo Sean, oblígame a tener que usar la
legítima defensa contigo, a usar la excusa de la locura transitoria por un
trauma sobrevenido y causado por ti cuando tenía diecinueve años. Anda-
apretó aún más, y la sangre comenzó a brotar con mayor intensidad- Dame la causa que haga que recupere mi
sueño y me olvide de ti para siempre.
- SEAN: ¿Y después qué? ¿Crees que lo
olvidarás ? No podrás hacerlo. Llevas viviendo en esa mentira demasiados
años , y matándome no conseguirás olvidarla. Te encanta sentirte víctima ,
que te adulen. – notando que ella
suavizaba la presión sobre la carne, dedujo que lo estaba retirando, y lejos de
mantenerse en silencio, la puntilla de toda aquella disertación, fue
traída por él- Total, no sé por qué te importa , ah! Ya, debe ser porque yo
no te pagaba ¿no?
Con rabia inesperada, el cuchillo pasó a clavarse en sus genitales con
tanta fuerza, que incluso a través de la ropa sintió la punta misma del
instrumento como si no llevase nada. Como pudo, se le acercó y elevándose sobre
las puntas de sus píes para acercarse lo más posible a su rostro, le profirió
un advertencia.
- HEYDEN: Lárgate de aquí . Si vuelves
a acercarte a mí o a seguirme, u
osas volver a entrar en mi casa, no habrán palabras y este cuchillo no se
quedara con la hoja limpia. ¿Lo has entendido?
- SEAN: Vamos Heyden….
Ella lo apretó un poco más ,
obligándole a pegarse todo lo que pudo contra la pared y estirarse incluso.
- HEYDEN: No habrá una segunda oportunidad
Sean.
- SEAN: ¿Estás amenazándome? ¿A un agente
de policía?
- HEYDEN: Como si eres Dios. Si dejaste de serlo para hacer lo que me
hiciste , puedes dejar de serlo para morir.
Le hizo apartarse a su izquierda , abrió la puerta, y separándose de
él , le indicó , sin necesidad de
palabra alguna, que se marchase.
Con gesto dudoso, fue retirándose con cuidado hacia la abertura
sin darle la espalda. Antes de coger de
forma definitiva el pasillo que le sacaría del edificio, su mirada aún la
seguía buscando desafiante y amenazadoramente.
Secreto a voces , la evidente
mala relación entre ambos y su virulencia mostrada en público en más de una
ocasión, tenía una razón de peso.
A ella jamás le resultó fácil compartir el mismo espacio, y menos
tenerle cerca cuando tenía que visitar por obligación a su padre en la
comisaría, pero Sean nunca había sabido disimular demasiado sus ansias por ella
aún siendo una chiquilla de apenas 13 o
14 años, que a los 16, a raíz de la inesperada y misteriosamente oculta muerte
de su madre, se volvió rebelde como única forma de poder sobrevivir.
Tras el cierre de aquella puerta, su cuerpo, cansado por la tensión, comenzó a descender deslizando su espalda por ella de forma
temblorosa. Sólo al lograr llegar al suelo, sentada, aún sin capacidad de
respuesta real, con el cuchillo en la mano, se la quedó observando durante un
instante. Como si una imagen flasheada desagradable se le hubiera cruzado
mentalmente, soltó el cuchillo lanzándolo muy lejos de ella, y observando sus
manos, rompió a llorar de forma nerviosa
sin tan siquiera querer tocarse.
Acurrucada sobre sus rodillas , en posición fetal, se abrazó a si
misma buscando un consuelo que no tenía ni encontraba , algo a lo que poder
aferrarse aunque fuera por un instante dentro de su inmenso dolor. Ése , que
llevaba consigo siempre, oculto tras la máscara de una vida normal, pero
presente en ese hueco de su mente en el que de vez en cuando , algo o alguien
le recordaba cómo era presuntamente sin conocerla, o la juzgaba por lo que
había sido.
Así, en el suelo, entre lágrimas imparables, la imagen de una niña
pequeña abrazada por su madre , la cual sólo trató de sobrevivir tras el abandono
de su primer esposo con dos trabajos que la mantenían fuera de casa casi
constantemente, y a ella en manos de una vecina amiga,
sobrevolaba su mente como un
recuerdo lejano pero agradable, inolvidable.
Esa imagen de su madre , un sábado por la mañana, en la cafetería
donde trabajaba durante el día, junto a la cafetera y el expositor de tartas
caseras de la señora Mood, mientras ella , al final de la barra, pasaba el rato
observando durante horas a su madre y el entorno en el que se desenvolvía. Una
mujer delgada y con aspecto
deliciosamente frágil, de perfil perfecto y sonrisa dulce , a la que el sol del medio día , le resaltaba
su juventud avejentada por el mal trago del abandono familiar.
Un cuerpo perfectamente delineado y hermoso, modelado tras años de
dedicación a la danza, y que le sirvieron
, años después, pero no como ella hubiera deseado, y es que el trabajo
en el club nocturno fue una solución de último recurso porque su trabajo como
camarera no daba para cubrir todos los gastos.
El recuerdo de aquel perfil, con un mechón de su cabello gris sobre la
mejilla izquierda mientras partía con cuidado un pedazo de deliciosa tarta de limón, sería el último con el que
quiso culminar aquella noche. Una noche que prefería olvidar.
Horas más tarde, prácticamente en la otra punta de la costa, un Michael recién llegado y casi
ausente , se incorporaba directamente desde el Aeropuerto a la oficina.
Tras reunirse brevemente con David como antesala de los juicios que
ambos preparaban en conjunto, y soportar el interrogatorio de rigor sobre
Heyden , preocupado, trató de centrarse en otros temas encerrado en su
despacho, pero la famosa carpeta y su
contenido, le traían más de un dolor de cabeza.
Sin salir de aquel habitáculo, Liz llegó de los juzgados justo antes
de comer, y conforme trataba de llegar a su despacho, por la pequeña hilera de
cristal situada al lado de la puerta, pudo ver que él había regresado . Un
Michael altamente preocupado con la mano acariciando su boca y casi de espaldas
a la puerta , observando lo que sucedía al otro lado de la ventana. No era lo
más habitual en él.
Tocó la puerta con los nudillos levemente, y abrió . Él ni siquiera
parecía haberse percibido de la invasión.
• LIZ: ¿Michael?
Absorto en sus pensamientos, no reaccionaba , así que se acercó a la mesa con la intención de que la
viera y así le contestase.
• LIZ: Michael,
disculpa ¿estás bien?
Y sí, esta vez la medida resultó efectiva, pero en sus ojos aún se le
podía percibir ligeramente ausente durante un instante.
• MICHAEL: Sí, dime.
• LIZ: No sabía que
habías vuelto.
• MICHAEL: En el
primer vuelo, David lo sabía.
• LIZ: Bien, ¿listo
para esta noche?
Él extrañado, parecía haber
olvidado su agenda.
• LIZ: La cena de
negocios con los Clauton. ¿Te habías olvidado?
Bajando su cabeza como confirmación no sólo del olvido , sino también
de las pocas ganas que tenía de asistir, ella trató de darle opciones .
• LIZ: Si quieres,
puedo llamar y tratar de cambiarlo para otro día.
Con la cabeza aún gacha y apretándose la nuca con ambas manos, se
dispuso a responderle.
• MICHAEL: No, no lo
hagas, eso es importante y no tenemos más fechas dónde ubicarla.
• LIZ: ¿Nos vemos en
el Memorial a las seis? Está previsto que la reunión comience sobre las seis y media.
• MICHAEL: Mejor voy
a buscarte a casa y vamos juntos.
• LIZ: De acuerdo,
entonces nos vemos luego.
Antes de marcharse, preocupada realmente por cómo lo había visto, no pudo evitar darse
la vuelta y preguntarle.
- LIZ: Michael ¿ De verdad te encuentras
bien?
Ni la miró. Con la vista puesta de forma permanente en aquella
ventana, aún debería pasar dejar pasar unos segundos para que la respuesta llegase.
• MICHAEL: Sí. Sí.
Y sí, llegó, pero realmente ella no se sintió muy convencida, y con su
actitud durante la cena menos aún.
Es cierto que Michael siempre se había mostrado como un auténtico
profesional pasase lo que pasase, y sabía cuál era su lugar y dónde se
encontraba en cada instante, pero aquella reunión recayó más en Liz que en él.
Sus intervenciones se redujeron
más de lo habitual si tenemos en cuenta
que le encantaba llevar la voz cantante, y parecía ido la mayoría de las
veces.
Cuando la reunión prosiguió con la
cena, entre copas de vino que le
servían como una especie de amuleto protector, pareció distenderse más e ir
recuperando al verdadero Michael, llegando incluso a impresionar por su encanto
.
Lo que en principio se vaticinaba como una noche estrepitosamente
ruinosa, acabó convirtiéndose en un éxito lleno de múltiples ventajas no
previstas.
Una vez llegadas las despedidas de rigor , habiendo concertado una
próxima cita más formal en el despacho a la que asistiría ya David como socio
mayoritario, él se ofreció para llevarla
a casa. Liz aceptó sin demasiado convencimiento dado el grado de alcohol
consumido por él, pero tampoco se atrevía a dejarlo sólo, llegando a pensar que
, en caso de percibirlo muy perjudicado, podría quedarse en su casa.
Una vez llegados a la misma, ella le convenció sin saber cómo, para que subiera. Aunque él se mostrase algo
reticente al principio, accedió, y una vez dentro del apartamento , mientras
Liz colocaba su abrigo y el bolso encima
del sofá de la entrada, dirigiéndose a
continuación a la cómoda del dormitorio
para dejar los pendientes y la gargantilla , Michael se preparaba una última
copa. Tras servírsela, su mirada
observaba su cuerpo acercarse, con sus
manos en la nuca. Una silueta descarnadamente deseable, que lejos de sus
contrariedades interiores, le hacía olvidarse de su racionalidad y de lo que
debía ser , para pasar a concentrarse en lo que sus instintos le indicaban a
marchas forzadas.
• LIZ: Bueno,¿ me vas
a decir qué es lo que pasa?
• MICHAEL: Nada,
¿habría de pasar algo?.
• LIZ: No, salvo por
el pequeño detalle de que durante la reunión has estado , más bien, algo
ausente. Vamos Michael, creo que ya te conozco lo suficiente como para saber
cuando algo te abstrae , y desde que has vuelto de ….
• MICHAEL: Miami Liz,
he vuelto de Miami.
• LIZ: Pues eso,
que……….
Liz llevaba mucho rato intentando quitarse la gargantilla, pero su lucha con el cierre resultaba cansino consiguiendo sólo poner más nervioso a Michael, ofreciéndose
éste para ayudarla a quitárselo.
• MICHAEL: Deja que
te ayude.
Sólo la dulce imagen de su cuello desnudo y el roce de sus manos en su
piel al quitarle la gargantilla, totalmente intencional, le hicieron volver a la realidad más sensual
que tenía delante.
Dejó la gargantilla encima de la mesa del comedor que se encontraba a
su izquierda, y cuando ella se disponía a retirarse, él la
detuvo.
• MICHAEL: No te
muevas.
Aquel tono de voz, aquellas palabras………. Un hilo fino y casi
imperceptible de frío comenzó a recorrer su espalda. No verle, suponía no poder predecir su siguiente
movimiento.
Con sus manos en la cremallera del vestido , fue bajándola lentamente.
Ella, intuitivamente , lo cogió por el escote, pero el recorrido lento y
parsimonioso de aquellas manos
masculinas adentrándose por el interior de la tela y apoderándose de sus pechos,
hicieron que ella soltase y alargase las suyas hacia la cabeza de él
atrayéndola hacia sí . Un leve giro de cuello, y sus labios eran suyos, sin cansancio, de
forma constante y sin que nada más importase.
Liz , decidida, se dio la
vuelta y le empujó hasta el filo de la
mesa , y conforme le desabrochaba el cinturón del pantalón y se lo retiraba del
mismo lentamente, él se limitó a
quedarse muy quieto , y a disfrutar de un aspecto que hasta ese momento
desconocía de una Liz con iniciativa propia.
Liz , demostrándole unas dotes
de mando sólo presumidas por su carácter
, le indicó con un gesto que se subiera
a la mesa, mientras le chequeaba de
forma descarada y directa, de arriba
abajo, una y otra vez.
Inusualmente obediente y
disfrutando más de lo que podría esperar,
se sentó . y ante la atenta mirada de ella a sus partes íntimas, en un
acto de irreverente provocación, y sonriéndose como cuando deseaba continuar tirando más de
esa cuerda invisible de pura atracción , abrió sus piernas aún más , en un
gesto de aceptación absoluta a sus deseos.
Directa hacia él y antes de que
con las manos en su pecho, le fuese
empujando hacia detrás para recostarlo,
Michael le sostuvo la cara en
alto deseando besarla, pero sin hacerlo, en una continuación
desquiciante de saberse deseado , de enrabietarla y sólo así aceptarla .
Liz, percibiendo las señales claras de su cuerpo ,
tuvo que admitir para sus adentros , que aquel juego le gustaba, que le
resultaba increíblemente excitante saber que era ella quién tomaba la
iniciativa y que no se estaba equivocando en sus acciones a juzgar por su forma de mirarla y por los
actos que realizaba como paso intermedio.
Apropiándose con disfrute extremo de lo más íntimo de su anatomía con
intensidad inusitada, la excitación subía como la espuma cuando él se apoyó
sobre sus codos, levantó el pecho y su cara, y con auténtica mirada
devocional, observaba el juego asombroso
de Liz con su cuerpo. Para ella, el hecho de que un hombre como él, disfrutase no sólo con lo que le pudiese
hacer sino con la mera observación mientras lo hacía, resultaba toda una experiencia nueva , porque
ante la fijeza e insistencia de la observación deseosa, más correspondencia
obtenía él en cuanto a intensidad se refiere.
Con sus manos, fue apoderándose de sus muslos por encima de la tela
del pantalón, captando cada terminación
muscular entre sus dedos.
Conforme ascendía hacia su entrepierna, estas comenzaban la incursión
a su parte interior llegando hasta la ingle.
Una mirada suya de segundos hacia su intimidad y el volcado de nuevo
sobre sus ojos, supuso la siguiente dación.
Todo él sólo para ella. Libertad para hacer con él lo que quisiera y
más, sin obstaculización alguna.
Con deleite completo, desabrochó el cinturón y el pantalón, bajándole
la cremallera del mismo procurando presionar y que pudiese notar que aquel
terreno iba a ser suyo por entero.
Un leve roce de sus labios , bastó para que él decidiera dejar caer su
cabeza con aquella imagen , y las mil y una sensaciones que sentirla apoderarse
de su intimidad le estaba produciendo.
Un apoderamiento largo, exquisito, con un manejo perfecto de los
tiempos según las reacciones de su cuerpo , y un deleite por parte de ambos ,
que ella no dejó ni por un instante mientras pudo.
Cuando entendió que era el preciso instante de detenerse y hacerse con
él, con su medio cuerpo completamente dispuesto sobre la mesa, con una suerte de movimientos casi felinos, Liz se subió a la mesa sentándose a
horcajadas encima de él.
Sin preguntas, sin palabras que
decirse, sin necesidad de negociación, una mirada bastó para que la unión perfecta se produjera . Encumbrado
por la retención de placer producida por ella anteriormente, la vuelta de
sensaciones se inició con un cosquilleo casi doloroso que le pedía en su
interior ser él quién tomase el control.
Incorporándose sin previo aviso, mientras una de sus manos la sostenía
fuertemente es la zona baja de la espalda, con la otra en su esternón , la
obligó a doblegarse hacia atrás arqueándose mientras su boca se apoderaba de
sus pechos devorándolos sin medida , incitándola a seguir moviéndose hacia él.
Conforme la fuerza e intensidad de su entrada aumentaba, la fuerza con la que
tomaba sus senos crecía, llegando a no controlar, casi sin sentido, la fuerza empleada al morderla más de una vez.
Sin conciencia del dolor , de tomar ella el control, ahora él quién se
hacía con su cuerpo, presionándola hacia él con sus manos apoyadas en los
hombros. A Liz , sólo le quedaba no dejar de mirarle y dejarse llevar en un punto continuado y álgido de
excitación , cuando sentía cada
centímetro de su cuerpo en lo más profundo de su ser . Un placer nuevo y
diferente cada vez que sentía como se hacía con ella, siempre recompensado con lo máximo, con su
entrega total sin prisa y sin pausa, y con más de un punto y seguido.
Sorpresa agradable por lo que a él respecta, e inesperada para ella
que apenas se reconocía ,pero que en el fondo siempre consideró, que su
atracción por este hombre con el que mantenía una química sexual como no había tenido
con nadie, siempre había sido muy salvaje,
logrando sacar el instinto más animal que un ser humano puede poseer.
Ana Patricia Cruz López
Todos los derechos reservados

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