Y tanto los estrechó, que llegó a convertirse en su amiga más íntima, y en
muchas ocasiones, esto le provocaría sentimiento de culpa cuando las cosas podían no haber ido
demasiado bien, lo cual se dio en muy pocas ocasiones. A veces, llegó a tener la sensación, de ser como el hijo de una
pareja que se estuviese divorciando, siempre en medio, y sin saber cómo reaccionar sin hacer daño a
una de las partes.
Y entonces llegó el momento de
separarse. Con la carrera finalizada aquel año por parte de todos, Frank le
comunicaba a Liz su alistamiento en los Navy Seal y su consecuente traslado.
Le ofreció ir con él o esperarle, y ella, tras pensárselo mucho, le dijo que ni una cosa ni otra, que ella no
podía llevar una relación a distancia, y menos cuando estaba a punto de
iniciar un proyecto profesional y personal
con el que se sentía muy realizada. Él se marchaba, y Liz caía en una media depresión bastante
agudizada, de la que sólo logró irse
recuperando con la ayuda de David, el trabajo, y la propia ciudad de Nueva York. Aunque le
costaba dejar a su amiga sola, no pudo
rechazar el ofrecimiento de David de trabajar con él en su despacho.
Con el paso de los meses , durante los
cuales procuró mantener un contacto casi a diario con ella, acabó acostumbrándose
a la ciudad y a lo que conllevaba: sus anchas y largas avenidas, sus desayunos
intempestivos a las cinco de la mañana, sus tiendas y teatros, así como la variopinta oferta restauradora capaz de
contentar al más exigente.
Con algo de dinero que tenía ahorrado y
con la inestimable ayuda de David, logró
conseguir un apartamento muy coqueto y nada caro en pleno centro de la ciudad,
cerca de la oficina y perfectamente comunicado.
Aunque la relación entre ambos siempre había
sido buena, el echo de trabajar diariamente les permitió llegar a convertirse
en inseparables. David le aportaba una tranquilidad y una paz interior propias de alguien muy maduro para su edad , con
un recorrido en la vida muy determinado, incluso había noches, en las cuales
cenaban juntos en el piso de él, pasando largas horas hablando de lo
humano y lo divino.
Un día, habiendo pasado muy temprano por el juzgado para
recoger una documentación, llegó más
tarde de lo que acostumbraba a la oficina. Nada más encontrarse en el interior
de la misma, se dirigió directamente al
despacho de David con la intención de
comentarle algo referente a uno de los contratos. Tocó la puerta, la abrió, y se lo encontró atendiendo a un hombre muy elegantemente vestido, cuyo abrigo largo y oscuro reposaba en uno de
los brazos de las sillas que tenía en
frente .
David, caballerosamente, se levantó del asiento seguido por aquel
hombre, y tras darse la vuelta para conocer a la mujer competente y profesional de la que
David llevaba bastante rato hablando, Liz sintió un escalofrío repentino . Era
él.
Aquel hombre , con porte y exquisito
atractivo , y rostro más que familiar para ella , entraría a trabajar con ellos. Ahora que
David les había presentado oficialmente, una de las mayores dudas suyas, su
nombre , quedaba despejada , lo que
desconocía , era que MICHAEL FASSWORTH resultaba ser un conocido de David .
Por un instante, sólo una milésima de
segundo, la fotografía fija de Heyden en su coche con él, le vino a la cabeza,
y en su conglomerado de dudas, creyó entender el por qué su amiga podría haber
tenido algo con él.
Tras conocer su nombre,, sólo le
bastaron dos minutos en internet y un par de llamadas , para averiguar quién se
escondía detrás de aquel impoluto aspecto.
Y es que , el atractivo y encantador
“niño bonito” de Yale , pasó a protagonizar titulares a raíz de un par de casos muy sonados , y por ser el director de campaña más joven en la historia de las
presidenciales norteamericanas. Conforme el tiempo fue pasando, llegó a
cosechar la fama que tenía en la actualidad, uno de los tres mejores abogados
del país en temas empresariales y bursátiles.
Altamente reconocido por la revista
Forbes como uno de los hombres más influyentes de los Estados Unidos , y
también uno de los más sexys según Enquire, detalle que podría haber pasado más
desapercibido, si no fuera, porque tanto sus profundos e impresionantes
ojos azules como su ineludible atractivo se le quedarían grabados en la retina,
Fassworth, había trabajado como asesor externo
de empresas muy importantes, e
incluso de la propia Casa Blanca. Conocía a David desde que éste se trasladó a
Nueva York, coincidiendo con él en
numerosos encuentros legales, foros y conferencias, hasta el punto de estrechar
una relación que ya duraba años.
En los círculos más selectos, no se oía hablar más que de él y de algún que
otro abogado relacionado con grupos
mafiosos reconocidos.
Con todo aquel curriculum como
inmejorable carta de presentación, tan sólo quedaba por averiguar, cómo Heyden
llegó a conocerle , y si su relación con ella, habría venido de la mano de su
“especial mundo laboral”.
Los días de trabajo se fueron
sucediendo, y conforme ella más le observaba, más perfeccionista y serio se
mostraba como parte de su don natural, llegando a resultar un sujeto tan
responsable como opaco.
Por más que Liz intentase averiguar la
verdadera personalidad de aquel hombre, el halo de misterio que le rodeaba a
todas horas, sólo era proporcional al
incremento de la curiosidad de ella por lo que escondía en realidad.
El tiempo, la coincidencia en la
llevanza de casos, las horas de preparación con
él…. Todo ello le permitió intimar más con él, aunque sin nunca olvidar
el punto de partida de sus dudas.
Una de esas tardes –noches en que ambos
llegaron a perder la noción del tiempo, los sonidos de los truenos fueron los
únicos capaces de devolverles a la realidad. Michael miró hacia la ventana y
vio como comenzaba a llover. Nada durante el día hacía presagiar aquella
tormenta. Miró su reloj y vio que era demasiado tarde y que posiblemente serían
los únicos en todo el edificio.
- MICHAEL: Vaya , se ha hecho
muy tarde y encima con tormenta. Será mejor marcharse , esto no pinta
bien.
- LIZ: Está bien , espera un segundo que termine la frase.
Michael se acercó al perchero para
coger su chaqueta y el bolso de ella.
Tras despedirse de la señora de la
limpieza, se dirigieron al ascensor. El
silencio del pasillo y de las escaleras no otorgaba demasiada tranquilidad.
- MICHAEL: ¿Te llevo a casa?
- LIZ: Vivo a tres manzanas de
aquí. Suelo ir dando un paseo.
- MICHAEL: Sí claro, pero ¿tú has visto la que está cayendo? Deja
que te lleve yo- con media sonrisa
intencional- si quieres.
Ella se limitó a asentir con la cabeza
.
Al entrar en el ascensor, ella se apoyó
en el lado de los botones y él en frente. Al ver que no apretaba ninguno, se acercó invadiendo su espacio. Aquel acercamiento, le permitió a ella poder disfrutar una vez más
de la suave y agradable fragancia que portaba su cuerpo, y de un acercamiento
que desde hacía tiempo no le desagradaba del todo .
Él se dio cuenta del cambio
involuntario de reacción de ella al acercarse, y lejos de querer iniciar uno de
sus juegos, volvió a apoyarse donde mismo estaba.
Cuando habían logrado bajar unos diez
pisos, el ascensor se paró de pronto bruscamente y las luces se apagaron. A los diez segundos , las tenues luces de
emergencia hicieron su aparición.
Liz comenzó a ponerse nerviosa y no
lograba ver con claridad el botón de emergencia, mientras Michael la observaba
tranquilo , se quitaba la chaqueta y se
sentaba en el suelo.
Ella al ver que no conseguía que sonara
ningún timbre de emergencia, se dio la
vuelta y se sentó también. No podía entender cómo Michael se encontraba tan
plácidamente sentado y con un rostro de relajación inusual dadas las
circunstancias: viernes por la noche, bastante tarde, con tormenta y
encerrados.
- LIZ: Menudo plan para un viernes noche.
Michael se aflojaba ligeramente la
corbata.
- LIZ: ¿Cómo lo haces?
- MICHAEL: ¿El qué?
- LIZ: ¿Estar tan jodidamente tranquilo en esta circunstancia?
Miró al techo, revisó toda la pequeña
estancia y con aquella sonrisa característica tan típicamente suya le contestó.
- MICHAEL: Bueno… si pensamos que son – miró su reloj- las nueve, es el cambio de turno y el de seguridad
que entra ahora de servicio , me supongo que hará lo de siempre, no hacer la ronda hasta dentro de una
hora, así que digo yo , para qué estresarse.
Mientras pasaban unos minutos que a Liz
le parecían horas, Michael aprovechaba para diseccionar visualmente a su
compañera, mientras ella, lejos de incomodarse, reconocía en él aquella forma
de mirarla, la misma que el primer día que se conocieron en el despacho de
David.
Y es que aquellos penetrantes ojos
resultaban muy difíciles de olvidar.
- LIZ: Dios, me van a matar.
- MICHAEL: ¿Quiénes?
- LIZ: Tenía que coger un avión dentro de una hora. Iba a Miami a ver
a una buena amiga y cliente. Debía llevarle unos papeles.- extrajo el
móvil del bolso –
- MICHAEL: No hay cobertura.
Tras comprobar que era cierta, lo volvió a lanzar enfadada dentro de su
bolso.
- LIZ: Joder, ¿no notas que falta aire?
- MICHAEL: No- le dio una de las carpetas que llevaba en la mano-
Aprovéchala y date aire. ¿No me digas que eres claustrofóbica?
- LIZ: No, pero me pone nerviosa pensar que podemos quedarnos aquí
toda la noche.
- MICHAEL: Bueno…bien mirado….
El sólo pensar en dicho instante la
ponía más nerviosa.
- LIZ: No es que me importe mucho, por la compañía claro, pero…. La
verdad… preferiría ……….
- MICHAEL: Estar en Miami con tu amiga.
- LIZ: Pues la verdad… no te lo voy a negar.
- MICHAEL: Es curioso, yo también tengo una muy buena amiga en Miami.
Claro que no puedo verla tanto como me gustaría.
- LIZ: Pues si es tan buena amiga no deberías dejarla abandonada
mucho tiempo. Las amistades dicen que son como las flores, hay que
regarlas constantemente.
- MICHAEL: -en tono irónico- Que curioso… eso mismo dicen de las
mujeres en las relaciones.
- LIZ: Ya te vale- molesta, le
tiró la carpeta.
Aquella sonrisa inquietante, más propia de un ave rapaz captando el mejor
ángulo con el que cazar a su presa, le iba descubriendo a otro Michael
Fassworth en las distancias cortas, algo que no la terminaba de relajar .
Pasaban los minutos y el calor en el
habitáculo subía por instantes. Había luz, aunque tenue, pero el generador de emergencia no poseía
tanta fuerza como para conectar el aire y apenas entraba por las pequeñas aberturas
laterales del techo.
Mientras tanto, Liz continuaba
incomodándose por aquella forma de ser
observada en todos y cada uno de los centímetros de su cuerpo.
Mientras, evitaba cruzar su mirada con la de él y
entretenerse con las pulseras o con el reloj. Largos e intensos silencios que
sólo desesperaban más al no tener constancia real del tiempo de encierro y hacerse más largo y cansino.
Molesta de las piernas por el tiempo
que había transcurrido sin moverse, se
quitó los zapatos y empezó a apretarse los píes como pudo, aunque la falda
entubada que llevaba tampoco le otorgaba demasiada facilidad de movimiento.
- MICHAEL: ¿Problemas de circulación?
- LIZ: Cansada. Muchas horas con los mismos zapatos.
- MICHAEL: Déjamelos.
- LIZ: ¿Perdón?
- MICHAEL: Que me los dejes, a parte de mis numerosas habilidades
mentales soy muy bueno con las manos.
Se acercó hasta la pared dónde se
encontraba ella apoyada, y extendiendo
las manos le hizo el gesto de que se los diese.
Desconfiada en parte por si se trataba
de una artimaña para conseguir algo más, decidió probar, y le dio el derecho en primer lugar. Comenzó
por una palpación suave de todo el pie con sus dos manos, para proseguir
ejerciendo presiones intermitentes con sus dedos desde el interior de la planta
hacia el exterior de la misma.
Ciertamente, no mentía cuando hablaba de lo bueno que podía
ser en el manejo de sus manos, por lo menos en ese aspecto.
Mientras ella se relajaba y disfrutaba
del momento , a su imaginación comenzaban a llegar conscientemente imágenes de lo que podrían
hacer aquellas manos fuertes y decididas en otras partes de su cuerpo igualmente castigadas por la tensión.
Una vez tuvo los dos pies apoyados
encima de sus piernas, y ante la situación de relajación extrema, él comenzó a
buscar lentamente otras partes de sus piernas, masajeándole los tobillos con movimientos
circulares, ascendiendo lentamente por sus pantorrillas y deteniéndose en sus
gemelos.
Sólo cuando sus manos se decidieron a
hacer sus rodillas suyas, Liz volvió a la realidad , pero sin querer salir de
su estado de relajación absoluta y lejos de querer detenerle , simplemente lo
miró a los ojos, e introduciendo sus manos por el inicio del interior de sus
muslos, fueron interrumpidos por el agente de seguridad que les gritaba mientras
tocaba desde el otro lado la puerta del ascensor.
El mismo gesto de ambos por respuesta,
sólo que con distinto significado, un suspiro de alivio para ella y de
inoportunidad para él.
Lograron llegar al garaje una hora y
media después de lo previsto, y tras
subirse al coche, en tan sólo cinco minutos la llevó hasta la puerta del edificio dónde
vivía.
Debido a la virulencia de la
intempestiva tormenta, muchas de las calles mantenían un apagón nada
tranquilizador. Una de ellas, dónde Liz vivía, así que decidió acompañarla hasta la misma puerta de
su piso, para quedarse más tranquilo.
El interés de Liz por Michael crecía por
momentos, en parte, por las mil y una preguntas que sobre él siempre rondaban y
nunca se atrevía a hacerle. También era cierto, que negar esa lucha intestina
que mantenían sus instintos y su cabeza, resultaba inútil. Una lucha , que se
fraguaba sobre una realidad , que hacía mucho tiempo que no se sentía ni tan
atraída ni tan cómoda con un hombre que resultaba completamente inalcanzable a
priori.
Con la llave en la puerta, y sin saber si en ese preciso instante sería o
no una buena idea girar la llave, decidió no pensar más y abrir.
- LIZ: ¿Quieres pasar a tomar
un café, o algo?
Pese a la oferta, tentadora, él decidió que aquel no era el momento.
Acostumbrado a manejar las situaciones y marcar los tiempos, aquella
situación no sería diferente.
- MICHAEL: No , gracias. He de levantarme temprano , y tú debes ir a
Miami a ver a tu amiga.
- LIZ: Sí claro.
- MICHAEL: Bueno, me voy. Espero que descanses.
- LIZ: Gracias. Tú también.
Ella no pudo evitar lanzar una última
visualización a aquel cuerpo que se marchaba por el pasillo , y pensar una y
otra vez en su cara, sus labios o sus manos , y en lo que ambas podrían hacer
en el resto de su cuerpo.
Sólo con el tiempo, el aparente muro
levantado por él entre los dos, fue
debilitándose para convertirse en una relación de confianza y amistad muy
agradable. Fue a partir de ese momento , cuando ella descubrió lo que él era
capaz de ofrecer y cómo ganaba realmente en las distancias cortas.
Amante de la cocina europea, del buen
arte y la literatura, aprovechaba para invitarla al teatro alguna que otra vez
e insistía en que le acompañase a las
inauguraciones de exposiciones en diversas salas cuyas invitaciones le llegaban
prácticamente a diario.
Aquel hombre, aparentemente
inalcanzable, resultó ser como un enorme
y precioso paisaje lleno de contrastes. Lo mismo disfrutaba de una cena
elegante en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, como de un par de
cervezas y música soul o jazz como fondo sonoro , vistiendo vaqueros y jersey,
algo más informal, en alguno de los antros de moda.
Las semanas y los meses pasaron, y
aquella relación en principio profesional,
fue reconvirtiéndose en algo más personal, donde las situaciones con
doble sentido , aunque muy directas , se reproducían con demasiada asiduidad.
Dónde los encuentros , muy poco casuales de ambos, en las distintas
dependencias, suponían un iniciático juego de
idas y venidas de tentaciones continuas, indirectas veladas, miradas
directas, y roces revestidos de supuestos accidentes.
Una noche, ella había tenido que
quedarse hasta tarde terminando unos informes, y para concentrarse mejor y
alejarse del mundanal ruido, se colocó sus auriculares y se dispuso a escuchar
su música favorita en su MP5.
Cuando se vino a dar cuenta, era tan
tarde que no quedaba nadie en la planta salvo ella.
Al terminar, apagó la luz,
recogió su bolso y la chaqueta de la silla, y se dirigió a la salida. Conforme andaba por
el largo pasillo, pasó por delante de la puerta del
despacho de David y le pareció oír
ruido. Tocó , preguntó desde la entrada en voz alta por él, pero no obtuvo respuesta,
y sin embargo, el ruido de fondo , que no lograba distinguir con nitidez,
continuaba. Extrañada por todo aquello, decidió entrar. En ese momento , el
ruido que se oía, se convertía en un claro sonido de agua correr, y como mismo
vino ,se detuvo en seco , haciéndose el silencio en aquel despacho.
Acercándose sigilosamente al cuarto de
baño, se tropezó literalmente con el
húmedo cuerpo de Michael , al que sólo una toalla alrededor de la cintura, ocultaba parte
de su anatomía. Incapaz de moverse o reaccionar, Liz comenzaba a notar la sudoración nerviosa
de sus manos y no lograba centrar su vista en otro lugar que no fuera el cuerpo
mostrado.
El frío que experimentaba en su nuca,
lo producía el echo de que aquellos penetrantemente azules se le clavasen de
aquella forma tan suya, y aunque su
cabeza le enviase mensajes continuos de que aquello no era una situación conveniente y
que tenía que marcharse , lo que deseaba
realmente, era quedarse y no dejar de
tocar aquel esculpido y deseado cuerpo , y saborear cada una de las gotas de
agua que aún bajaban por su pecho. Sin embargo, aún disfrutando él de la
circunstancia y el encuentro, Liz decidió volver a la cruda realidad y
separarse un poco.
- LIZ: Lo siento, oí ruido al pasar por la puerta y pensé..
- MICHAEL: Vaya Elisabeth, ¿tienes la costumbre de entrar siempre así
en los despachos ajenos?
- LIZ: Pregunté desde la puerta si había alguien y nadie contestó. –
justo cuando se daba la vuelta,
Michael la cogió de la cintura con una de las manos apoyándola en la pared, y uniendo su
cuerpo por completo – Será mejor que me vaya a casa- dijo con cierta
dificultad.
- MICHAEL: ¿Y por qué abrías de irte?- ella permanecía con la cabeza
baja, se sentía incapaz de mirarle para evitar que pudiera deducir lo que estaba pensando en ese momento,
pero aún así lo sabía, claro que lo sabía. Acercó su boca a su oído
izquierdo, y mientras ella resistía todas las tentaciones habidas y por
haber ante su olor y la humedad de
su piel, él, disfrutando, la tentaba aún más susurrándole mientras le
acariciaba con la parte anversa de
su mano el brazo – Sé que quieres quedarte. Yo quiero que te quedes.-
Perdiendo Elizabeth toda capacidad de decisión o de moverse, prefirió no
pensar y dejarse llevar. De pronto
una de sus manos soltaba su toalla y ella pudo sentir como caía cerca de sus pies.
- LIZ: Esto no es una buena idea.
Él con una de sus manos la sostuvo por
la mejilla y se le acercó lentamente para besarla pero sin apenas rozarla para
comprobar si habría respuesta por su parte.
Al verse correspondido, decidió jugar un poco con ella, disfrutando de
cada una de las reacciones de su cuerpo mientras le desabrochaba lentamente la
blusa, procurando que sus dedos rozaron
levemente su piel, y notando como se erizaba poco a poco cada vez más. Cuando
hubo liberado esa parte de su cuerpo , ascendió hasta los hombros, y se la retiró lentamente hacia detrás,
mientras aprovechaba para recorrer con sus labios cada uno de los recónditos
senderos de su cuello.
Ella, dejándose llevar sin importarle
siquiera dónde se encontraban, sentía el estremecimiento de cada parte de su
cuerpo ante cualquier roce de sus labios, de las caricias firmes de sus manos
en sus senos, o de como la agarraba y
atraía hacia sí sosteniéndola por la espalda. Mientras, la conducía al enorme sofá que se encontraba
en la salita anexa para hacerla suya definitivamente.
Pero , cuando sintió que su espalda
chocaba con el sofá y que era el cuerpo de él el que tenía encima, abrió los
ojos por un instante, le miró, y su voz sólo pudo susurrarle algo.
- LIZ: ¿Es esto lo que le hacías a aquella chica?
Apoyado sobre sus brazos, y con gesto
de no entender de qué hablaba, comenzó a preguntarle.
- MICHAEL: ¿De qué estás hablando?
- LIZ: La menor a la que ibas a buscar al campus , en Miami.
Se levantó bruscamente mientras ella trataba de recolocarse la ropa
y de sentarse correctamente. Andando de forma nerviosa en busca de su ropa
dejada en el cuarto de baño, a su regreso, se colocó de forma rápida los
pantalones , y antes siquiera de cerrarlos, fue directo hacia ella bastante
enfurecido, y aunque tenía una ligera idea de a lo que se refería , decidió
hacerse el ignorante.
- MICHAEL: ¿Se puede saber de qué puñetas me estás hablando? ¿Qué
menor? ¿Qué campus?
- LIZ: Ella morena, normal , 19 años. Hace un tiempo. Campus
Universitario de Miami. Ibas a buscarla muy a menudo con aquel deportivo.
Fue entonces cuando él confirmó a quién
se refería, pero decidió proseguir tan sólo para averiguar hasta dónde quería
llegar.
- MICHAEL: ¿Me estás acusando de abusar de una menor?
- LIZ: Yo no te he acusado, sólo preguntaba.
Algo más relajado, decidió proseguir
con el interrogatorio.
- MICHAEL: ¿Y cómo sabes tú eso? ¿Te lo dijo esa chica acaso?
- LIZ: Ella es amiga mía , vivía conmigo, y la primera vez que te vi
venir a por ella, salía conmigo de uno de uno de los edificios.
- MICHAEL: Amiga tuya. ¿Heyden Nash?
El rostro de Liz cambió de repente.
Mientras continuaba vistiéndose , el
silencio hizo aparición en la sala, pero no por mucho tiempo. Mientras se abrochaba los botones de la
camisa, y sin mirarla si quiera, decidió continuar con aquel interrogatorio,
como si de un abogado contra un testigo hostil se tratara.
- MICHAEL: ¿En serio me estás acusando de abusar sexualmente de una
menor? ¿De Heyden? ¿Qué te ha contado ella?
- LIZ: - Con la voz temblorosa por los nervios- Nada. En realidad ella y yo no hemos…
- MICHAEL: ¿Nada? ¿Y te atreves a acusarme de agredir a una menor en
base a algo de tan poco peso como que la fuera a recoger en coche?
- LIZ: Sé a lo que se dedicaba cuándo no iba a clase, y su
…..supuesto trabajo.
Aquello volvió a enervarle. Volvió a
acercarse a ella colocando sus brazos a cada lado de sus hombros , obligándola
a poyarse por completo en el espaldar del sofá.
- MICHAEL: A ver si lo entiendo. Primero me acusas de abusar de una
menor, después resulta que ella es tu amiga, y ahora la acusación deriva
en que ¿fui yo quién la metió en el club? ¿Es ahí a dónde está intentando
llegar Liz o me equivoco? Dime que
además de abuso de menores no me estás acusando de proxenetismo por favor.
Apenas la saliva circulaba por su
garganta. Aquellos sudores , antes placenteros , se convertían en este instante,
en el desagradable recordatorio, que aquellos penetrantes y absolutos ojos
azules que antes la devoraban de forma sexualmente aguerrida, ahora pasaban a
ser los afilados cuchillos con los que desgarraría la convivencia profesional y hasta su propia imagen.
- LIZ: Yo…………..
Incapaz de ordenar sus ideas por la
tensión recibida de forma continua, y sin saber qué decirle, él , maestro
consumado de este tipo de situaciones, decidió presionar un poco más.
- MICHAEL: ¿Así que sabes qué es lo que hacía cuando no estaba en
clase? ¿ En serio? ¿Todo?
- LIZ: Lo sé y punto, no necesito conocer más.
La ironía se apoderó de él, y decidió
separarse de ella sonriente, para terminar de vestirse.
- MICHAEL: Y digo yo, por simple curiosidad, si sabes a lo qué se
dedicaba , supongo que sabrías cuál es mi papel en ello no, ¿por qué
preguntar acusando entonces? Siendo tan buenas amigas como dices que sois,
supongo que ella te mantendría al día.
- LIZ: No le pregunté jamás por los detalles, no me interesaba saber.
- MICHAEL: ¿Qué es lo que realmente te molesta Liz? ¿ El hecho de
saber que haya podido estar con ella o creerme tan depravado como para
aprovecharme de una menor inconsciente y desvalida ávida de dinero? Por
qué si es la segunda opción, Heyden hace mucho que abandonó ese estadio, y
si es la primera, creo sinceramente que eso no es asunto tuyo.
Ella bajó la cabeza sin saber qué más
decirle, pero , él, prosiguió con un tiro de gracia antes de marcharse,
mientras se colocaba la chaqueta.
- MICHAEL: Si realmente quieres saber la verdad, será mejor que
hables con ella. Si la versión dada no te convence o aún notases que falta
algo, ven a mí y trataré de saciar esa curiosidad malsana que parece no
dejarte dormir y que ha estropeado lo que podía haber sido una noche
deliciosa. Sin embargo, si aún preguntándole, ella no te contase nada, no esperes
jamás que yo lo haga. A diferencia
de las personas con las que hayas podido moverte o conocer, yo no
traiciono a mi gente.
Y , sin ni siquiera poder mirarle a la
cara de nuevo, quedó allí sentada oyendo
levemente sus pasos por la moqueta, y la puerta del despacho cerrarse.
Ana Patricia Cruz López
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