viernes, 7 de agosto de 2015

NADA ES LO QUE PARECE. CAPITULO TERCERO. TODO LO QUE EMPIEZA............( Registrado en SAVE CREATIVE en Junio 2015)



Durante aquellos años de Universidad, Heyden pudo estrechar los lazos de
amistad con Frank lentamente, mientras se convertía en la observadora silenciosa de su incipiente relación con Liz.
Y tanto los estrechó, que llegó a  convertirse en su amiga más íntima, y en muchas ocasiones,   esto le provocaría  sentimiento de culpa  cuando las cosas podían no haber ido demasiado bien, lo cual se dio en muy pocas ocasiones. A veces, llegó a tener  la sensación, de ser como el hijo de una pareja que se estuviese divorciando, siempre en medio,  y sin saber cómo reaccionar sin hacer daño a una de las partes.

Y entonces llegó el momento de separarse. Con la carrera finalizada aquel año por parte de todos, Frank le comunicaba a  Liz su alistamiento  en los Navy Seal y su consecuente traslado. Le ofreció ir con él o esperarle, y ella, tras pensárselo mucho,  le dijo que ni una cosa ni otra, que ella no podía llevar una relación a distancia, y menos cuando estaba a punto de iniciar  un proyecto profesional y personal con el que se sentía muy realizada. Él se marchaba,  y Liz caía en una media depresión bastante agudizada,  de la que sólo logró irse recuperando con la ayuda de David, el trabajo,  y la propia ciudad de Nueva York. Aunque le costaba dejar a su amiga  sola, no pudo rechazar el ofrecimiento de David de trabajar con él en su despacho.


Con el paso de los meses , durante los cuales procuró mantener un contacto casi a diario con ella, acabó acostumbrándose a la ciudad y a lo que conllevaba: sus anchas y largas avenidas, sus desayunos intempestivos a las cinco de la mañana, sus tiendas y teatros, así como  la variopinta oferta restauradora capaz de contentar al más exigente.
Con algo de dinero que tenía ahorrado y con la inestimable ayuda de David,  logró conseguir un apartamento muy coqueto y nada caro en pleno centro de la ciudad, cerca de la oficina y perfectamente comunicado.
 Aunque la relación entre ambos siempre había sido buena, el echo de trabajar diariamente les permitió llegar a convertirse en inseparables. David le aportaba una tranquilidad y una paz interior  propias de alguien muy maduro para su edad , con un recorrido en la vida muy determinado, incluso había noches,   en las cuales  cenaban juntos en el piso de él, pasando largas horas hablando de lo humano y lo divino.
 
Un día, habiendo  pasado muy temprano por el juzgado para recoger una documentación,  llegó más tarde de lo que acostumbraba a la oficina. Nada más encontrarse en el interior de la misma,  se dirigió directamente al despacho de David  con la intención de comentarle algo referente a uno de los contratos. Tocó la puerta, la abrió,  y se lo encontró atendiendo a  un hombre muy elegantemente vestido,  cuyo abrigo largo y oscuro reposaba en uno de los brazos de  las sillas que tenía en frente .


David, caballerosamente,  se levantó del asiento seguido por aquel hombre, y tras darse la vuelta para conocer a la  mujer competente y profesional de la que David llevaba bastante rato hablando, Liz sintió un escalofrío repentino . Era él.

Aquel hombre , con porte y exquisito atractivo  ,  y rostro más que familiar para ella ,  entraría a trabajar con ellos. Ahora que David les había presentado oficialmente, una de las mayores dudas suyas, su nombre ,  quedaba despejada , lo que desconocía , era que MICHAEL FASSWORTH resultaba ser un  conocido de David .
Por un instante, sólo una milésima de segundo, la fotografía fija de Heyden en su coche con él, le vino a la cabeza, y en su conglomerado de dudas, creyó entender el por qué su amiga podría haber tenido algo con él.
Tras conocer su nombre,, sólo le bastaron dos minutos en internet y un par de llamadas , para averiguar quién se escondía detrás de aquel impoluto aspecto.
Y es que , el atractivo y encantador “niño bonito” de Yale , pasó a protagonizar titulares a raíz  de un par de casos muy sonados ,  y por ser el director de campaña  más joven en la historia de las presidenciales norteamericanas. Conforme el tiempo fue pasando, llegó a cosechar la fama que tenía en la actualidad, uno de los tres mejores abogados del país en temas empresariales y bursátiles. 
Altamente reconocido por la revista Forbes como uno de los hombres más influyentes de los Estados Unidos , y también uno de los más sexys según Enquire, detalle que podría haber pasado más desapercibido,  si no fuera,  porque tanto sus profundos e impresionantes ojos azules como su ineludible atractivo se le quedarían grabados en la retina, Fassworth, había trabajado como asesor externo  de empresas muy importantes,  e incluso de la propia Casa Blanca. Conocía a David desde que éste se trasladó a Nueva York,  coincidiendo con él en numerosos encuentros legales, foros y conferencias, hasta el punto de estrechar una relación que ya duraba años.
En los círculos más selectos,  no se oía hablar más que de él y de algún que otro abogado  relacionado con grupos mafiosos  reconocidos.

Con todo aquel curriculum como inmejorable carta de presentación, tan sólo quedaba por averiguar, cómo Heyden llegó a conocerle , y si su relación con ella, habría venido de la mano de su “especial mundo laboral”.

Los días de trabajo se fueron sucediendo, y conforme ella más le observaba, más perfeccionista y serio se mostraba como parte de su don natural, llegando a resultar un sujeto tan responsable como opaco.
Por más que Liz intentase averiguar la verdadera personalidad de aquel hombre, el halo de misterio que le rodeaba a todas horas, sólo era  proporcional al incremento de la curiosidad de ella por lo que escondía en realidad.

El tiempo, la coincidencia en la llevanza de casos, las horas de preparación con  él…. Todo ello le permitió intimar más con él, aunque sin nunca olvidar el punto de partida de sus dudas.
Una de esas tardes –noches en que ambos llegaron a perder la noción del tiempo, los sonidos de los truenos fueron los únicos capaces de devolverles a la realidad. Michael miró hacia la ventana y vio como comenzaba a llover. Nada durante el día hacía presagiar aquella tormenta. Miró su reloj y vio que era demasiado tarde y que posiblemente serían los únicos en todo el edificio.

  • MICHAEL:  Vaya , se ha hecho muy tarde y encima con tormenta. Será mejor marcharse , esto no pinta bien.
  • LIZ: Está bien , espera un segundo que termine la frase.

Michael se acercó al perchero para coger su chaqueta y el bolso de ella.
Tras despedirse de la señora de la limpieza,  se dirigieron al ascensor. El silencio del pasillo y de las escaleras no otorgaba demasiada tranquilidad.

  • MICHAEL: ¿Te llevo a casa?
  • LIZ:  Vivo a tres manzanas de aquí. Suelo ir dando un paseo.
  • MICHAEL: Sí claro, pero ¿tú has visto la que está cayendo? Deja que  te lleve yo- con media sonrisa intencional- si quieres.

Ella se limitó a asentir con la cabeza .

Al entrar en el ascensor, ella se apoyó en el lado de los botones y él en frente. Al ver que no apretaba ninguno,  se acercó invadiendo su espacio.  Aquel acercamiento,  le permitió a ella poder disfrutar una vez más de la suave y agradable fragancia que portaba su cuerpo, y de un acercamiento que desde hacía tiempo no le desagradaba del todo .
Él se dio cuenta del cambio involuntario de reacción de ella al acercarse, y lejos de querer iniciar uno de sus juegos, volvió a apoyarse donde mismo estaba.

Cuando habían logrado bajar unos diez pisos, el ascensor se paró de pronto bruscamente y las luces se apagaron.  A los diez segundos , las tenues luces de emergencia hicieron su aparición.

Liz comenzó a ponerse nerviosa y no lograba ver con claridad el botón de emergencia, mientras Michael la observaba tranquilo , se  quitaba la chaqueta y se sentaba en el suelo.
Ella al ver que no conseguía que sonara ningún timbre de emergencia,  se dio la vuelta y se sentó también. No podía entender cómo Michael se encontraba tan plácidamente sentado y con un rostro de relajación inusual dadas las circunstancias: viernes por la noche, bastante tarde, con tormenta y encerrados.

  • LIZ: Menudo plan para un viernes noche.

Michael se aflojaba ligeramente la corbata.

  • LIZ: ¿Cómo lo haces?
  • MICHAEL: ¿El qué?
  • LIZ: ¿Estar tan jodidamente tranquilo en esta circunstancia?

Miró al techo, revisó toda la pequeña estancia y con aquella sonrisa característica tan típicamente suya le contestó.

  • MICHAEL: Bueno… si pensamos que son – miró su reloj-  las nueve,  es el cambio de turno y el de seguridad que entra ahora de servicio , me supongo que hará lo de siempre,   no hacer la ronda hasta dentro de una hora, así que digo yo , para qué estresarse.

Mientras pasaban unos minutos que a Liz le parecían horas, Michael aprovechaba para diseccionar visualmente a su compañera, mientras ella, lejos de incomodarse, reconocía en él aquella forma de mirarla, la misma que el primer día que se conocieron en el despacho de David.

Y es que aquellos penetrantes ojos resultaban muy difíciles de olvidar.

  • LIZ: Dios, me van a matar.
  • MICHAEL:  ¿Quiénes?
  • LIZ: Tenía que coger un avión dentro de una hora. Iba a Miami a ver a una buena amiga y cliente. Debía llevarle unos papeles.- extrajo el móvil del bolso –
  • MICHAEL: No hay cobertura.

Tras comprobar que era cierta,  lo volvió a lanzar enfadada dentro de su bolso.

  • LIZ: Joder, ¿no notas que falta aire?
  • MICHAEL: No- le dio una de las carpetas que llevaba en la mano- Aprovéchala y date aire. ¿No me digas que eres claustrofóbica?
  • LIZ: No, pero me pone nerviosa pensar que podemos quedarnos aquí toda la noche.
  • MICHAEL: Bueno…bien mirado….

El sólo pensar en dicho instante la ponía más nerviosa.

  • LIZ: No es que me importe mucho, por la compañía claro, pero…. La verdad… preferiría ……….
  • MICHAEL: Estar en Miami con tu amiga.
  • LIZ: Pues la verdad… no te lo voy a negar.
  • MICHAEL: Es curioso, yo también tengo una muy buena amiga en Miami. Claro que no puedo verla tanto como me gustaría.
  • LIZ: Pues si es tan buena amiga no deberías dejarla abandonada mucho tiempo. Las amistades dicen que son como las flores, hay que regarlas constantemente.
  • MICHAEL: -en tono irónico- Que curioso… eso mismo dicen de las mujeres en las relaciones.
  • LIZ: Ya te vale-  molesta, le tiró la carpeta.

Aquella sonrisa inquietante,  más propia de un ave rapaz captando el mejor ángulo con el que cazar a su presa, le iba descubriendo a otro Michael Fassworth en las distancias cortas, algo que no la terminaba de relajar .
Pasaban los minutos y el calor en el habitáculo subía por instantes. Había luz, aunque tenue,  pero el generador de emergencia no poseía tanta fuerza como para conectar el aire y apenas entraba por las pequeñas aberturas laterales del techo.

Mientras tanto, Liz continuaba incomodándose  por aquella forma de ser observada en todos y cada uno de los centímetros de su cuerpo.
Mientras,  evitaba cruzar su mirada con la de él y entretenerse con las pulseras o con el reloj. Largos e intensos silencios que sólo desesperaban más al no tener constancia real del tiempo de encierro  y hacerse más largo y cansino.

Molesta de las piernas por el tiempo que había transcurrido  sin moverse, se quitó los zapatos y empezó a apretarse los píes como pudo, aunque la falda entubada que llevaba tampoco le otorgaba demasiada facilidad de movimiento.

  • MICHAEL: ¿Problemas de circulación?
  • LIZ: Cansada. Muchas horas con los mismos zapatos.
  • MICHAEL: Déjamelos.
  • LIZ: ¿Perdón?
  • MICHAEL: Que me los dejes, a parte de mis numerosas habilidades mentales soy muy bueno con las manos.

Se acercó hasta la pared dónde se encontraba ella apoyada,  y extendiendo las manos le hizo el gesto de que se los diese.



Desconfiada en parte por si se trataba de una artimaña para conseguir algo más, decidió probar,  y le dio el derecho en primer lugar. Comenzó por una palpación suave de todo el pie con sus dos manos, para proseguir ejerciendo presiones intermitentes con sus dedos desde el interior de la planta hacia el exterior de la misma.
Ciertamente,  no mentía cuando hablaba de lo bueno que podía ser en el manejo de sus manos, por lo menos en ese aspecto.
Mientras ella se relajaba y disfrutaba del momento , a su imaginación comenzaban a llegar  conscientemente imágenes de lo que podrían hacer aquellas manos fuertes y decididas en otras partes de su cuerpo  igualmente castigadas por la tensión.
Una vez tuvo los dos pies apoyados encima de sus piernas, y ante la situación de relajación extrema, él comenzó a buscar lentamente otras partes de sus piernas, masajeándole los tobillos con movimientos circulares, ascendiendo lentamente por sus pantorrillas y deteniéndose en sus gemelos.
Sólo cuando sus manos se decidieron a hacer sus rodillas suyas, Liz volvió a la realidad , pero sin querer salir de su estado de relajación absoluta y lejos de querer detenerle , simplemente lo miró a los ojos, e introduciendo sus manos por el inicio del interior de sus muslos, fueron interrumpidos por el agente de seguridad que les gritaba mientras tocaba desde el otro lado la puerta del ascensor.

El mismo gesto de ambos por respuesta, sólo que con distinto significado, un suspiro de alivio para ella y de inoportunidad para él.

Lograron llegar al garaje una hora y media después de lo previsto,  y tras subirse al coche, en tan sólo cinco minutos  la llevó hasta la puerta del edificio dónde vivía.
Debido a la virulencia de la intempestiva tormenta, muchas de las calles mantenían un apagón nada tranquilizador. Una de ellas, dónde Liz vivía, así que  decidió acompañarla hasta la misma puerta de su piso, para quedarse más tranquilo.

 El interés de Liz por Michael crecía por momentos, en parte, por las mil y una preguntas que sobre él siempre rondaban y nunca se atrevía a hacerle. También era cierto, que negar esa lucha intestina que mantenían sus instintos y su cabeza, resultaba inútil. Una lucha , que se fraguaba sobre una realidad , que hacía mucho tiempo que no se sentía ni tan atraída ni tan cómoda con un hombre que resultaba completamente inalcanzable a priori.
Con la llave en la puerta,  y sin saber si en ese preciso instante sería o no una buena idea girar la llave, decidió no pensar más y abrir.

  • LIZ: ¿Quieres pasar  a tomar un café, o algo?

Pese a la oferta, tentadora, él decidió que aquel no era el momento. Acostumbrado a manejar las situaciones y marcar los tiempos, aquella situación  no sería diferente.

  • MICHAEL: No , gracias. He de levantarme temprano , y tú debes ir a Miami a ver a tu amiga.
  • LIZ: Sí claro.
  • MICHAEL: Bueno, me voy. Espero que descanses.
  • LIZ: Gracias. Tú también.

Ella no pudo evitar lanzar una última visualización a aquel cuerpo que se marchaba por el pasillo , y pensar una y otra vez en su cara, sus labios o sus manos , y en lo que ambas podrían hacer en el resto de su cuerpo.
Sólo con el tiempo, el aparente muro levantado por él entre los dos,  fue debilitándose para convertirse en una relación de confianza y amistad muy agradable. Fue a partir de ese momento , cuando ella descubrió lo que él era capaz de ofrecer y cómo ganaba realmente en las distancias cortas.
Amante de la cocina europea, del buen arte y la literatura, aprovechaba para invitarla al teatro alguna que otra vez e  insistía en que le acompañase a las inauguraciones de exposiciones en diversas salas cuyas invitaciones le llegaban prácticamente a diario.

Aquel hombre, aparentemente inalcanzable,  resultó ser como un enorme y precioso paisaje lleno de contrastes. Lo mismo disfrutaba de una cena elegante en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, como de un par de cervezas y música soul o jazz como fondo sonoro , vistiendo vaqueros y jersey, algo más informal, en alguno de los antros de moda.

Las semanas y los meses pasaron, y aquella relación en principio profesional,  fue reconvirtiéndose en algo más personal, donde las situaciones con doble sentido , aunque muy directas , se reproducían con demasiada asiduidad. Dónde los encuentros , muy poco casuales de ambos, en las distintas dependencias, suponían un iniciático juego de  idas y venidas de tentaciones continuas, indirectas veladas, miradas directas, y roces revestidos de supuestos accidentes. 

Una noche, ella había tenido que quedarse hasta tarde terminando unos informes, y para concentrarse mejor y alejarse del mundanal ruido, se colocó sus auriculares y se dispuso a escuchar su música favorita en su MP5.
Cuando se vino a dar cuenta, era tan tarde que no quedaba nadie en la planta salvo ella.
Al terminar,  apagó la luz,  recogió su bolso y la chaqueta de la silla,  y se dirigió a la salida. Conforme andaba por el largo pasillo,  pasó por delante de la puerta del despacho de David y  le pareció oír ruido. Tocó ,   preguntó desde la entrada  en voz alta por él, pero no obtuvo respuesta, y sin embargo, el ruido de fondo , que no lograba distinguir con nitidez, continuaba. Extrañada por todo aquello, decidió entrar. En ese momento , el ruido que se oía, se convertía en un claro sonido de agua correr, y como mismo vino ,se detuvo en seco , haciéndose el silencio  en aquel despacho.
Acercándose sigilosamente al cuarto de baño,  se tropezó literalmente con el húmedo cuerpo de Michael , al que sólo una  toalla alrededor de la cintura, ocultaba parte de su anatomía. Incapaz de moverse o reaccionar,  Liz comenzaba a notar la sudoración nerviosa de sus manos y no lograba centrar su vista en otro lugar que no fuera el cuerpo mostrado.  
El frío que experimentaba en su nuca, lo producía el echo de que aquellos penetrantemente azules se le clavasen de aquella forma tan suya,  y aunque su cabeza le enviase mensajes continuos de  que aquello no era una situación conveniente y que tenía que marcharse  , lo que deseaba realmente,  era quedarse y no dejar de tocar aquel esculpido y deseado cuerpo , y saborear cada una de las gotas de agua que aún bajaban por su pecho. Sin embargo, aún disfrutando él de la circunstancia y el encuentro, Liz decidió volver a la cruda realidad y separarse un poco.

  • LIZ: Lo siento, oí ruido al pasar por la puerta y pensé..
  • MICHAEL: Vaya Elisabeth, ¿tienes la costumbre de entrar siempre así en los despachos ajenos?
  • LIZ: Pregunté desde la puerta si había alguien y nadie contestó. – justo cuando se  daba la vuelta, Michael la cogió de la cintura con una de las manos  apoyándola en la pared, y uniendo su cuerpo por completo – Será mejor que me vaya a casa- dijo con cierta dificultad.
  • MICHAEL: ¿Y por qué abrías de irte?- ella permanecía con la cabeza baja, se sentía incapaz de mirarle para evitar que pudiera deducir  lo que estaba pensando en ese momento, pero aún así lo sabía, claro que lo sabía. Acercó su boca a su oído izquierdo, y mientras ella resistía todas las tentaciones habidas y por haber ante su olor  y la humedad de su piel, él, disfrutando, la tentaba aún más susurrándole mientras le acariciaba con la parte anversa  de su mano el brazo – Sé que quieres quedarte. Yo quiero que te quedes.- Perdiendo Elizabeth toda capacidad de decisión o de moverse, prefirió no pensar y dejarse llevar. De pronto  una de sus manos soltaba su toalla y ella pudo sentir  como caía cerca de sus pies.
  • LIZ: Esto no es una buena idea.


Él con una de sus manos la sostuvo por la mejilla y se le acercó lentamente para besarla pero sin apenas rozarla para comprobar si habría respuesta por su parte.  Al verse correspondido, decidió jugar un poco con ella, disfrutando de cada una de las reacciones de su cuerpo mientras le desabrochaba lentamente la blusa,  procurando que sus dedos rozaron levemente su piel, y notando como se erizaba poco a poco cada vez más. Cuando hubo liberado esa parte de su cuerpo , ascendió hasta los hombros,  y se la retiró lentamente hacia detrás, mientras aprovechaba para recorrer con sus labios cada uno de los recónditos senderos de su cuello.
Ella, dejándose llevar sin importarle siquiera dónde se encontraban, sentía el estremecimiento de cada parte de su cuerpo ante cualquier roce de sus labios, de las caricias firmes de sus manos en sus senos,  o de como la agarraba y atraía hacia sí sosteniéndola por la espalda. Mientras,  la conducía al enorme sofá que se encontraba en la salita anexa para hacerla suya definitivamente.

Pero , cuando sintió que su espalda chocaba con el sofá y que era el cuerpo de él el que tenía encima, abrió los ojos por un instante, le miró, y su voz sólo pudo susurrarle algo.

  • LIZ: ¿Es esto lo que le hacías a aquella chica?

Apoyado sobre sus brazos, y con gesto de no entender de qué hablaba, comenzó a preguntarle.

  • MICHAEL: ¿De qué estás hablando?
  • LIZ: La menor a la que ibas a buscar al campus , en Miami.

Se levantó bruscamente  mientras ella trataba de recolocarse la ropa y de sentarse correctamente. Andando de forma nerviosa en busca de su ropa dejada en el cuarto de baño, a su regreso, se colocó de forma rápida los pantalones , y antes siquiera de cerrarlos, fue directo hacia ella bastante enfurecido, y aunque tenía una ligera idea de a lo que se refería , decidió hacerse el ignorante.

  • MICHAEL: ¿Se puede saber de qué puñetas me estás hablando? ¿Qué menor? ¿Qué campus?
  • LIZ: Ella morena, normal , 19 años. Hace un tiempo. Campus Universitario de Miami. Ibas a buscarla muy a menudo con aquel deportivo.

Fue entonces cuando él confirmó a quién se refería, pero decidió proseguir tan sólo para averiguar hasta dónde quería llegar.

  • MICHAEL: ¿Me estás acusando de abusar de una menor?
  • LIZ: Yo no te he acusado, sólo preguntaba.

Algo más relajado, decidió proseguir con el interrogatorio.

  • MICHAEL: ¿Y cómo sabes tú eso? ¿Te lo dijo esa chica acaso?
  • LIZ: Ella es amiga mía , vivía conmigo, y la primera vez que te vi venir a por ella, salía conmigo de uno de uno de los edificios.
  • MICHAEL: Amiga tuya. ¿Heyden Nash?

El rostro de Liz cambió de repente.
Mientras continuaba vistiéndose , el silencio hizo aparición en la sala, pero no por mucho tiempo.  Mientras se abrochaba los botones de la camisa, y sin mirarla si quiera, decidió continuar con aquel interrogatorio, como si de un abogado contra un testigo hostil  se tratara.

  • MICHAEL: ¿En serio me estás acusando de abusar sexualmente de una menor? ¿De Heyden? ¿Qué te ha contado ella?
  • LIZ: - Con la voz temblorosa por los nervios-  Nada. En realidad ella y yo no hemos…
  • MICHAEL: ¿Nada? ¿Y te atreves a acusarme de agredir a una menor en base a algo de tan poco peso como que la fuera a recoger en coche?
  • LIZ: Sé a lo que se dedicaba cuándo no iba a clase, y su …..supuesto trabajo.

Aquello volvió a enervarle. Volvió a acercarse a ella colocando sus brazos a cada lado de sus hombros , obligándola a poyarse por completo en el espaldar del sofá.

  • MICHAEL: A ver si lo entiendo. Primero me acusas de abusar de una menor, después resulta que ella es tu amiga, y ahora la acusación deriva en que ¿fui yo quién la metió en el club? ¿Es ahí a dónde está intentando llegar  Liz o me equivoco? Dime que además de abuso de menores no me estás acusando de proxenetismo por favor.

Apenas la saliva circulaba por su garganta. Aquellos sudores , antes placenteros , se convertían en este instante, en el desagradable recordatorio, que aquellos penetrantes y absolutos ojos azules que antes la devoraban de forma sexualmente aguerrida, ahora pasaban a ser los afilados cuchillos con los que desgarraría la convivencia profesional  y hasta su propia imagen.

  • LIZ: Yo…………..

Incapaz de ordenar sus ideas por la tensión recibida de forma continua, y sin saber qué decirle, él , maestro consumado de este tipo de situaciones, decidió presionar un poco más.

  • MICHAEL: ¿Así que sabes qué es lo que hacía cuando no estaba en clase? ¿ En serio? ¿Todo?
  • LIZ: Lo sé y punto, no necesito conocer más.

La ironía se apoderó de él, y decidió separarse de ella sonriente, para terminar de vestirse.

  • MICHAEL: Y digo yo, por simple curiosidad, si sabes a lo qué se dedicaba , supongo que sabrías cuál es mi papel en ello no, ¿por qué preguntar acusando entonces? Siendo tan buenas amigas como dices que sois, supongo que ella te mantendría al día.
  • LIZ: No le pregunté jamás por los detalles, no me interesaba saber.
  • MICHAEL: ¿Qué es lo que realmente te molesta Liz? ¿ El hecho de saber que haya podido estar con ella o creerme tan depravado como para aprovecharme de una menor inconsciente y desvalida ávida de dinero? Por qué si es la segunda opción, Heyden hace mucho que abandonó ese estadio, y si es la primera, creo sinceramente que eso no es asunto tuyo.

Ella bajó la cabeza sin saber qué más decirle, pero , él, prosiguió con un tiro de gracia antes de marcharse, mientras se colocaba la chaqueta.

  • MICHAEL: Si realmente quieres saber la verdad, será mejor que hables con ella. Si la versión dada no te convence o aún notases que falta algo, ven a mí y trataré de saciar esa curiosidad malsana que parece no dejarte dormir y que ha estropeado lo que podía haber sido una noche deliciosa. Sin embargo, si aún preguntándole,  ella no te contase nada, no esperes jamás que yo lo haga. A diferencia  de las personas con las que hayas podido moverte o conocer, yo no traiciono a  mi gente.

Y , sin ni siquiera poder mirarle a la cara de nuevo, quedó allí sentada oyendo  levemente sus pasos por la moqueta, y la puerta del despacho cerrarse.

Ana Patricia Cruz López

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