Aliento de animal salvaje que lo cubres todo.
Palabras que susurra el viento
con verdades sangrientas para el corazón.
Lágrimas que forman riachuelos caudalosos en las
venas,
ingobernables ,
tumultuosas,
raídas por los dientes de la envidia más voraz del
resto de la manada.
Inexplicable sinfonía de
colores , que se van sucediendo conforme apareces,
sabores, que dejas con cada verso que transmite tu
voz,
sentidos , alarmados por la sobreexcitación de lo
nuevo,
de lo que ofreces,
y me vendes
una y otra vez.
Ruido celestial escuchar mi nombre ,
en mitad de esta sinfonía de éxtasis y descontrol.
Maniobra calculada
milimétricamente
hacerme saber que sólo puede haber una ,
pese a las miradas de los demás.
Endiablado demonio,
precipitado desde lo más alto a los más bajos
infiernos
en busca de lo único que nadie podía negarte,
de aquello que siempre andaste buscando.
Santo cordero de un dios sin nombre, espíritu ni dueño,
que cabalga sobre una llanura no virgen ,
masacrada en mil batallas
de insatisfechos resultados,
apoderándote de todo cuanto quede de inocencia ,
dejando tu impronta en cada poro de mi piel,
impregnando tu ser en cada mirada que
fijamente se
despliega como punto único de referencia,
profundizando cada surco que mis uñas dejan en ti
con cada gemido exhalado por tus cuerdas vocales .
Encuentro casual
convertido en brutal bacanal ,
donde el vino es nuestro sudor
que corre a manos llenas bañándolo todo,
y donde la noche y nuestra venus particular
amadrinará nuestra desnudez
aplaudiendo, como testigo fiel y silencioso,
la mayor muestra de entrega correspondida que jamás
haya podido apreciar,
su ángel caído, su predilecto, entregar,
y la sumisa desdichada , por fin sintiéndose
importante por querida, recibir.
Y la manada silenció
rindiéndose ante la evidencia.
Las murmuraciones ,
crecidas como antaño, detuviste ,
pero mientras ,
aquellas voces con mensajes indescriptibles,
con insultos por palabras razonables ,
con desmerecimientos, producto de la más insana de
las envidias,
te hicieron tomar mayor fuerza en el empeño.
Una caza sin cuartel
donde la presa llevaba elegida desde su nacimiento,
entregada sin saberlo a su señor
desde que se le apareciese,
sabiendo que habrías de ser tú
y nadie más,
por tu forma de mirarme,
de tocarme,
de hablarme sin decir nada , diciéndolo todo a la
vez.
Hábil cazador
que
en la noche de luna llena ,
supo hacer a su presa su mujer,
sellando por siempre,
lo que ningún espíritu era capaz de aseverar.
Hermosa leyenda la que forjaste
partiendo de un encuentro casual.
Hermoso cuento imposible
firmado con el mayor de los sacrificios ,
dejando todo atrás
por seguir adelante.
Ansiedad hasta la llegada del momento
en que dos manos unidas dieron píe a todo,
un roce entre pieles distintas
deseosas de lo mismo una y otra vez.
Hermosa leyenda que convertiste en nuestra
realidad,
en torno a la que la mitología no existe,
donde el final
acabará con la presa y el cazador
degollados en su misma felicidad,
muriendo como nacieron,
sin ropajes ,
con su propia desnudez por piel y abrigo,
y una mirada eterna a los ojos,
sin que nada ni nadie rompa ese silencio ruidoso
que nos rodeó por siempre,
el de las envidias .
Ana Patricia Cruz López
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