Como la profecía avecinaba,
mi alma se convirtió en la estatua de sal que todos
esperaban.
De nada sirvieron las advertencias ni los avisos.
Caída en picado y sin remisión,
envuelta en todo lo que tu mundo representa
sin que tan siquiera pueda pensar con claridad.
Mi piel conserva aún los restos y esencias de tu ser ,
mientras tu nombre queda grabado en ella como mi mayor
pecado capital,
recordándome mi condena.
Una noche bastó para entender que yo ya dejaba de ser
quién era por tenerte ,
por hacerte a mi lado como se cobija una mala enfermedad,
por sentirte como aquello que te tienta a seguir hacia el
borde del precipicio
y te obliga a saltar.
Una noche tan sólo para creer inocentemente que eras mío
cuando en realidad eras tú el que sabía que me tenías
rendida a tus píes.
Una noche para abandonar todos mis principios y dejarme llevar
movida por tus indicaciones ,
emitidas por aquella voz que acaricia mi cuerpo
como tus manos se apoderaron de él aquella maldita noche.
Una noche en la que creí en el demonio
cuando me decía que Dios sólo era una ilusión,
y encontraba la muerte más dulce poseída por tus
instintos.
Una pistola cargada a punto de disparar a bocajarro cada palabra
que me dices ,
cada sílaba tuya que escucho y no olvido,
cada petición que transformo en orden .
Y yo , en este basto infierno tan mío
que tú has convertido en gloria,
hundida sin poder salir de este deseo que acrecienta el
dolor
por algo que nunca podré tener.
Y yo, en este submundo en el que me he metido y del que
no deseo salir,
imbuida en mi propia locura,
sigo ansiando continuar siendo parte de ti
y no pasar a ser un bonito recuerdo de una noche
cualquiera.
Crueldad intolerable que convierte el dolor en placer,
la ansiedad en necesidad,
mi gusto enfermizo , en la cólera de una desquiciada
que pide a gritos
que me ames como te amo yo a ti.
Ana Patricia Cruz López
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