sábado, 28 de noviembre de 2015

UNA HISTORIA INACABADA . CAPITULO DECIMO TERCERO . Lo que es. Lo que siempre fue. (Registrado en SAFE CREATIVE JUNIO 2015)

CAPITULO DECIMO TERCERO
Créditos a quién corresponda

“Caí , no he podido evitarlo. Ni he querido.
Luché por no estar, pero mis fuerzas me pudieron
Escuchar tu voz en mi cabeza una y otra vez no ha ayudado.
Esto no tiene vuelta atrás, y si la tuviera , no la querría.
No hay contención posible ni ganas.
Rendición incondicional ante la más dura de las evidencias.
Todo lo demás es una lucha inútil ante la más cruda realidad.”

LO QUE ES. LO QUE SIEMPRE FUE.



Como cada mañana , ella se levantó con la noche encima aún. Esta vez, antes de ir a trabajar, le apeteció hacer una parada en la pastelería tradicional que se encontraba a la vuelta de la esquina de su casa. Un lugar acogedor y que a esa hora, recién abierto, aún no contaba con el barullo típico de los trabajadores. A lo sumo un  par de policías y algún despistado. Famosa por sus croissants de mantequilla francesa y su chocolate artesanal, Sarah se despertó con aquel especial antojo del que no disfrutaba tanto como antaño, recién mudada a su piso.
Mientras degustaba cada mordisco como si fuera el primero, la luz del alba lo iba iluminando todo, la calle comenzó a cobrar vida, los coches enardecían los silencios con el ruido de sus motores y claxon. Las prisas y el stress hacían acto de presencia. Los camiones de reparto que no comenzaban hasta esas horas, se  apoderaban de parte de las aceras casi obstaculizando el paso de los viandantes, mientras en la descarga de su contenido, todo se iba depositando donde podían.

Toda la ciudad comenzaba a levantarse. Sarah empezaba a reconocer la activación que le  otorgaba todos los adjetivos en el mundo que a uno pudiese ocurrírsele, y aún hoy, después de tantos años y pese a encantarle la ciudad, muchos días se preguntaba qué hacía ella allí, qué era lo que le resultaba tan adictivo de Nueva York como para jamás replantearse la decisión de irse de forma definitiva, opción que , por otra parte, sólo aparecía cuando le daban un disgusto memorable. Una ciudad que podría por sí sola ser capaz de devorarte sin dejar rastro de ti salvo que tú fueses más fuerte que ella. Animal urbano indómito, pequeño planeta dentro del planeta Tierra multicultural y salvaje. Sin normas de educación  claras ni de cortesía aparentes.
Grandes y largas avenidas pobladas de  altos edificios que  sobrecogen a los individuos con su inmensidad. Escaparates llamativos y luces de neón que jamás paran.


Apagón mental es el que uno puede sufrir en una ciudad como ésta. Una cruda y fría realidad para el que se encuentra solo , incapaz de adaptarse. Un abrigo envidiable para el nacido con la suerte necesaria de que la ciudad lo encumbre y pueda adoptarla como punto de partida.
La ciudad donde los sueños empiezan pero donde también terminan, siempre ha sido esa ciudad.

La realidad de las agujas de su reloj le recordaba que era hora de ir a su puesto de trabajo. Hoy tendría que enfrentarse a su primera clase conjunta con Steve y no le resultaría nada fácil dadas las circunstancias. Claro que, antes de marcharse, justo cuando iba a salir por la puerta, dio la vuelta y compró unos croissants para llevar.
Por una vez ella no era la primera en llegar. Steve ya se encontraba en el Departamento con los libros y los apuntes en la mesa,  y su tradicional taza de café al lado.
Tras entrar y dar los buenos días ,  recibiendo  una contestación más que formal por parte de él, depositó la bolsa de la pastelería abierta a su lado.

•             SARAH: Te aconsejo que acompañes el café con uno de esos (señalando a la bolsa) .

Steve cogió la bolsa y apenas se la acercó un poco a la nariz, el olor a mantequilla parecía penetrarle.  Cogió uno, lo mordió, y su paladar disfrutó de lo que en aquel momento resultó la delicia más jugosa, y eso se le notaba en su cara.

•             STEVE: Deliciosos. ¿Mantequilla francesa?
•             SARAH: No los hacen de otra forma.

Apenas unas palabras acordes al momento. Amabilidad natural,  no forzada.  Satisfacción en apenas un minuto. Ansiado pero extraño instante de normalidad dada la última conversación, pero en dónde el momento de exquisitez no fue interrumpido por nada .

Siendo puntuales como siempre, Steve abrió la puerta del aula y ambos descendieron aquellas escaleras ante la atenta mirada de todo el alumnado. Lo de las clases conjuntas en un programa común era una novedad  que,  pese a haberlo propuesto Sarah al Consejo y éstos aceptar, no se había podido realizar justamente por la asunción de ambas materias por parte de ella.

Ante la mirada atenta de todos los asistentes, ambos se quedaron apoyados en el filo de la mesa. Y como era costumbre, le tocaría a ella, por antigüedad, ejercer la presentación , siendo observada muy de cerca por él.

•             SARAH: Bien, buenos días a todos y todas. Obviaré presentarme puesto que todos me conocéis y también me ahorraré la del profesor Lowell , no así sin embargo la de esta nueva faceta que comenzaremos hoy y que nos mantendrá conjuntamente a vuestra disposición durante las próximas semanas.  Como os dije a principio de curso, durante este tiempo,  daremos las distintas perspectivas que debéis tener en cuenta sobre ciertos temas harto conflictivos desde el punto de vista de las editoriales o desde el público al que queréis dirigiros, y lo haremos extractando obras y comentándolas.  Aprenderemos a afrontar la libertad artístico-creativa por encima de los convencionalismos,  y como aquellos autores que más los tuvieron en su época supieron sobrellevarlo  o no.  ¿Recordáis  los fragmentos de Henry Miller que os leí el día de la presentación? Pues bien, comenzaremos por él . La temática sexual , y  las relaciones humanas a través de la sexualidad dentro de la literatura  y su evolución.

Una mirada suya a Steve fue la señal precisa para que él comenzase a hablar.

•             STEVE: Bien, como la profesora McBridge explicó en su momento, a Henry Miller no hace falta presentarlo de nuevo. Todos tenemos presente  su lucha continua por hacerse escuchar y que sus obras pudiesen publicarse en medio de una época religiosa, política y socialmente convulsa , donde los convencionalismos y la ocultación predominaban,  y donde la inquisición moderna, es decir, la censura, se hacía cargo inmediato de todo lo que pudiera resultar perjudicial para las mentes americanas más jóvenes del momento. ¿Hasta dónde un artista debe llevar su libertad de expresión  de cara al exterior? ¿Hasta dónde está dispuesto a arriesgar por defenderla y que su obra sea conocida tal y cómo se originó inicialmente en su cabeza?. Miller no fue polémico sólo por la temática o su forma de afrontarla, si no y en primer término, por algo tan necesario para comunicarse como para transmitir las ideas: las palabras. Lo que coloquialmente conocemos por “ llamar a las cosas por su nombre” .
•             SARAH: En el gusto del futuro consumidor está el asumir que eso forma parte de la obra o determinar que resulta demasiado violento y parar en seco sin continuar, lo que como lector, te limita bastante a la hora de hacer una crítica realista y objetiva sobre la obra. ¿qué podían decir las mismas cosas con otras palabras? Indiscutiblemente, pero si en la cabeza del autor y sobreponiéndose a la necesariedad de adaptarse a los futuros compradores y sus mentalidades, él hubiera decidido dejarlo así ¿Quiénes son las instituciones  para privar al autor de desplegar su creatividad como estime oportuno,  y al lector y usuario de la información creciente que se quiere transmitir?

Steve abrió el libro de Miller, y comenzó a leer:

“Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que, estimulados por impulsos  desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción. Con el abono muerto y la escoria inerte producen una canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando el universo, dejando todo patas arriba, con los pies chapoteando, siempre en sangre y lágrimas, con las manos siempre vacías, siempre tratando de agarrar y asir el más allá, el dios inalcanzable: matando todo lo que está a su alcance para calmar al monstruo que les roe las entrañas. Lo veo cuando se arrancan el cabello en su escuerzo por comprender, por aprehender lo que es eternamente inalcanzable, lo veo cuando braman como bestias enloquecidas y se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no hay otro camino. Un hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto y arrancarse las entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien y es justo, porque debe hacerlo! Y todo lo que se quede corto con respecto a ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagado, menos contagioso, no es arte. El resto es falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de vida.” (Trópico de Cáncer. Arthur Miller)

A continuación, buscó otra página , respiró hondo y procedió.



“Si soy inhumano es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque ser humano parece algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por preceptos morales y códigos, definido por trivialidades e ismos. Estoy echándome el jugo de la uva por el gaznate y descubro la sabiduría en él, pero mi sabiduría no procede de la uva, mi embriaguez no debe nada al vino…
Quiero desviarme de estas altas y áridas sierras donde se muere uno de sed y de frío, de esta historia “extratemporal”, de este absoluto, de tiempo y espacio en que no existen ni hombres, ni animales, ni vegetación, donde se vuelve uno loco por la soledad, por el lenguaje que es solo palabras, donde todo está desenganchado, desencajado, descompasado en relación con los tiempo. Quiero un mundo de hombres y mujeres, de árboles que no hablen (¡porque ya se habla demasiado en el mundo, tal como es!), de ríos que te lleven a algún lugar, no ríos que sean leyendas, sino ríos que te pongan en contacto con otros hombres y mujeres, con la arquitectura, la religión, las plantas, los animales: ríos que tengan barcos y en los que los hombres se ahoguen, no se ahoguen en el mito y la leyenda y los libros y el polvo del pasado, sino en el tiempo y el espacio y la historia. Quiero ríos que hagan océanos como Shakespeare y Dante, ríos que no se sequen en el vacío del pasado. ¡Océanos, sí! Que haya más océanos, océanos nuevos que borren el pasado, océanos que creen nuevas formaciones geológicas, nuevas perspectivas topográficas y continentes extraños y aterradores, océanos que destruyan y preserven al mismo tiempo, océanos en los que podamos navegar, zarpar hacia nuevos descubrimientos, nuevos cataclismos, más guerras, más holocaustos. Que haya un mundo de hombres y mujeres con dinamos entre las piernas, un mundo de furia natural, de pasión, acción, drama, sueños, locura, un mundo que produzca éxtasis y no pedos secos. Creo que hoy más que nunca hay que procurar conseguir un libro aunque solo tenga una gran página: hemos de buscar fragmentos, astillas, uñas de los pies, cualquier cosa que tenga mineral dentro, cualquier cosa capaz de resucitar el cuerpo y el alma.” (Trópico de Cáncer. Arthur Miller)

Continúo leyendo otro fragmento , después  de comprobar las reacciones más que interesadas de la audiencia y la atención llevada al extremo convertida casi en devoción reflejada en el rostro de Sarah.

“Soy un hombre que desearía vivir una vida heroica, hacer el mundo más soportable a su vista. Si, en algún momento de debilidad, de relajación, de necesidad, me desahogo dejando escapar un poco de cólera ardiente, cristalizada en palabras – un sueño apasionado, envuelto y atado con imágenes-, pues…tomadlo o dejadlo… ¡pero no me molestéis!
“Soy un hombre libre… y necesito mi libertad. Necesito estar solo. Necesito meditar sobre mi vergüenza y mi desesperación en soledad; necesito el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin conversación, cara a cara conmigo mismo, con la compañía exclusiva de la música de mi corazón. ¿Qué queréis de mí? Cuando tengo algo que decir, lo publico. Cuando tengo algo que dar, lo doy. ¡Vuestra inquisitiva curiosidad me revuelve el estómago! ¡Vuestros cumplidos me humillan! ¡Vuestro té me envenena! No debo nada a nadie. Solo sería responsable ante Dios… ¡si existiera!”. (Trópico de Cáncer. Arthur Miller)

Y lo cerró.

•             STEVE: Mismo autor, misma obra.

Volvió a abrirlo y volvió a leer.

“Lo malo de Irene es que tiene una maleta en lugar de un coño”. Quiere cartas voluminosas para embutirlas en su maleta. Inmensas, avec des choses inouïes. En cambio, Llona sí que tenía un coño. Lo sé porque nos envió unos cuantos pelos de ahí abajo. Llona: un asno salvaje que olfateaba el placer en el aire. En todas las colinas alias hacía de puta... y a veces en las cabinas telefónicas y en los retretes. Compró una cama para su rey Carol y un cubilete de afeitarse con sus iniciales. Se tumbó en Tottenham Court Road  con el vestido levantado y se acarició con el dedo. Usaba velas, candelas romanas y pomos de puerta. En todo el país no había una picha bastante grande para ella... ni una. Los hombres la penetraban y se encogían. Necesitaba pichas extensibles, cohetes de los que explotan automáticamente, aceite hirviendo compuesto de cera y creosota.
Si se lo hubieras permitido, te habría cortado la picha y se la habría guardado dentro para siempre. ¡Un coño único de entre un millón, el de Llona! Un coño de laboratorio, y no había papel de tornasol que pudiera tomar su color. También era una mentira, aquella Llona.
Nunca compró una cama a su rey Carol. Lo coronó con una botella de whisky, y su lengua estaba llena de piojos y de mañanas. Pobre Carol, lo único que podía hacer era encogerse dentro de ella y morir. Respiraba ella y él caía afuera... como una almeja muerta.” (Trópico de Cáncer. Arthur Miller)

Lo cerró definitivamente, lo colocó encima de la mesa, y se topó con una Sarah que le observaba casi obnubilada. Una mirada que él recordaba muy bien,  y que  en aquel instante le resultó agradable volver a encontrar.

Devolviendo la mirada al auditorio, prosiguió con la clase.

•             STEVE:  Cuatro fragmentos. Misma obra, mismo autor.  ¿Podría haberse juzgado la obra de Miller en su momento sólo por la forma en la que expresa los términos relacionados con el sexo más salvaje y natural? ¿ O podría esperarse que toda su obra resultase notablemente incómoda por lo que es capaz de decir entre líneas? La vana existencia humana expresada a través de unas letras tan crudas como realistas. Cada cosa tiene su denominación, y por mucho que se adorne seguirá significando lo mismo.Supongo, que si tenemos en cuenta la época a la que tuvo que enfrentarse el argumento puritano y estrictamente conservador  les venía mejor.

Tras un conocido gesto con su cabeza, Steve le dio paso a Sarah.

•             SARAH: Hasta hoy en día podría encontrarse con ciertas reticencias en editoriales y algún distribuidor. No tanto por lo que dice sino por cómo lo dice,  una de las razones de por qué tuvo que publicarse de la forma que lo hizo y en otro país que no era el suyo. Supongo que si el Marqués de Sade viviera hoy día, posiblemente no se encontraría con esos problemas dado lo que se edita y vende hoy día.Bien , antes de continuar con el análisis, nos interesa escucharles a ustedes.

Y ambos continuaron la clase interactuando con los alumnos hasta que llegase la despedida y su traslado al día siguiente, habiendo constatado que el tema gustaba.

Ambos esperaron a que todos los alumnos se marcharan, incluso los que una vez finalizada  se acercaron a departir con ellos y a preguntarles dudas, para recoger sus cosas.
Ella, atenta a colocarlas con el orden debido para evitar tener que hacerlo más tarde y así dejarlo listo para el día siguiente; él, más pendiente de ella que de sí mismo.
Sarah sabía que estaba siendo observada de forma continua , pero prefirió disimular por lo menos hasta tener todo listo. Con sus cosas apiladas en la mesa, delante suya, le miró directamente y rompió su silencio.

·        SARAH: Si sigues estando más pendiente de mí que de tus cosas no saldremos de aquí .

Una ligera sonrisa que suavizaba sus gestos. Un rostro iluminado y a la que un leve rayo de sol que atravesaba la ventana le reflejaba en un lado dándole un color especial a su piel. Una piel que él recordaba suave, vibrante y receptiva a sus caricias, aunque fueran inocentes. Una piel que se erizaba ante la más susurrante de sus palabras. Una piel que siempre había considerado suya.
Continuó recogiendo pensativo.

•             STEVE: Por un momento, pensé que me había reencontrado con la  Sarah que conocí. La Sarah con la que compartí tanto. Aquella a la  que le encantaba  escucharme leer en alto y  a veces me lo pedía porque decía que mi voz le traía paz. La misma que podía pasarse horas mirándome ,incluso velando mi sueño a costa del suyo porque le encantaba hacerlo. Por un momento, dando la clase , te he mirado y la he visto a ella.

Él, que mientras hablaba permanecía con la cabeza gacha, la elevó en aquel preciso instante y una sensación de ahogo angustioso cubrió su mirada. Ella la mantuvo todo lo que pudo, y como si esa misma sensación se la hubiese transmitido, comenzó a sentirse nerviosa y con ganas de salir de aquel espacio cerrado. Sin embargo esperó por él. Ambos subieron las escaleras con la cabezas en otro lugar, conscientes de a quién tenían a su lado, pero no queriendo  volver a encontrarse, no de momento.
En silencio, uno junto al otro, llegaron al Departamento, terminaron algunas cosas y recogieron . Steve fue el primero en estar listo para marcharse cuando ,  antes de salir por la puerta, Sarah desde su lado de la mesa le reclamó su atención.

•             SARAH: ¿Te vas ya a casa?
•             STEVE: No, he de pasar por la biblioteca antes. Hoy me temo que me marcharé bastante tarde de aquí. Que descanses.

Antes de contestar, su cuerpo fue girando hacia ella muy despacio. Gestos medidos con un halo de cierto misterio. Aquella imagen pero investida de una agradable sonrisa, la suya, era la que de pronto le venía a la mente, como si de un gesto muy típico suyo se tratase y no un mero acto reflejo. Sin embargo, el recordar a la antigua Sarah  le había afectado y apocado , y más serio de lo que solía tener acostumbrada a la gente, salió de allí hacia su nuevo destino.
Una de aquellas ocasiones , ese gesto supuso la despedida a una conversación previa. Una de aquellas ocasiones que cómo ya venía siendo habitual, le volvían a su mente . Puro recuerdo vivo de un época en dónde sólo ellos dos importanban.

Y fue su imagen la que , como en una toma continua de una sola cámara que se hubiera adentrado en la cafetería de la facultad , su espalda se iba haciendo más grande conforme ésta, convertido en él,  se acercaba . Ella se encontraba en la cafetería de la facultad en medio de una sesión de mesas redondas bastante conflictivas y densas en cuanto a la crudeza de los debates planteados.
Steve, que la llevaba buscando desde que desapareciese a toda prisa del salón de actos , en cuanto la encontró,  se sentó quizás demasiado eufórico para lo que a ella le hubiera gustado en ese momento.

·        STEVE: Te estaba buscando.

Sarah le miró por encima de sus gafas y su rostro lo decía todo por ella misma.

•             STEVE: ¡Upss! ¿Dolor de cabeza?
•             SARAH: ¿Crees que encontraré a alguien que sea capaz de explicarme cómo una Universidad como ésta y de la que salen tanto cerebritos cada año,  puede tener  claustros tan retrógrados y cerrados de mente? Porque la verdad, sé que estoy en Europa , y en la vieja Europa para ahondar más en el raciocinio hiriente, , pero  lo que ha pasado ahí dentro me ha parecido más propio de la Europa de la Edad Media  que de una civilización que progresó con la Revolución Industrial.
•             STEVE: Mejor no te saco la media de edad del profesorado, en este momento es un tema muy espinoso para ti.

Aquella sonrisa y felicidad manifiesta , en aquel preciso instante, la estaba desquiciando.

•             SARAH: Ya me gustaría verte a ti donde yo estoy,  discutiendo con ellos.
•             STEVE: Ya lo he hecho.
•             SARAH: ¿Y?
•             STEVE: Ganan ellos- hizo una pequeña pausa mientras intentaba arrancar una sonrisa a Sarah- Les doy la razón como los locos fanáticos de las viejas costumbres que son. Sólo a  ti se te ocurre discutirles como si fueran personas razonables. Pero bueno, no he venido a hablar de ellos.
•             SARAH: Steve no estoy de humor y creo que se me nota.
•             STEVE: Lo sé, pero también sé que lo que vengo a proponerte es irrenunciable y que te interesará.
•             SARAH: ¿De qué se trata?
•             STEVE: Es una sorpresa.
•             SARAH: No me gustan las sorpresas.
•             STEVE: ¡A todo el mundo le gustan las sorpresas!
•             SARAH: No, a todo el mundo no.

Como si un niño pequeño se tratase, se levantó de un salto de su silla para sentarse en la que tenía ella a su derecha y pasarle el brazo por la espalda acercándose mucho a su oído.

•             SARAH: ¿Se puede saber qué estás haciendo? A esto no le llamo discreción precisamente.
•             STEVE: Entonces deberás ser rápida contestándome.
•             SARAH: ¿Contestarte a qué?
•             STEVE : ¿Confías en mí?

Sarah comenzó a reírse , aquella situación le parecía del todo tanto sorprendente como ilógica , y los nervios por saber si alguien pudiera estar mirando e interpretando lo que parecía,  hacían que mirase de forma compulsiva a toda la sala.

•             SARAH: ¿te has vuelto loco?

Steve se acercó mucho más , ella casi podía sentir sus labios. Mientras tanto, él se lo pasaba bomba con esta situación. Le daba igual quién o cómo estuviesen mirando, la cuestión era conseguir su objetivo.

•             STEVE: Yo de ti contestaría deprisa,  o  acabarás viéndote en medio de la  sala conmigo comiéndote el cuello.
•             SARAH: ¿No te atreverás?

Sintió la mirada traviesa de él que de forma fija se depositaba en ella, y giró su cara hacia él para comprobarlo.

•             SARAH: ¡Oh Dios! Sí eres capaz.
•             STEVE: No me hagas tener que comenzar la cuenta atrás. Tres.
•             SARAH: Steve,  por favor.
•             STEVE: Dos. Me encanta el perfume que llevas hoy por cierto, me pregunto si sabe tal y como huele.
•             SARAH: Ni se te ocurra , te lo advierto.

Notándola tensa, más estiraba él de ese fino elástico imaginario con la que supuestamente la ataba.

•             STEVE: Uno.
•             SARAH: - Atropelladamente- Vale, de acuerdo.
•             STEVE: ¿Vale , de acuerdo qué?
•             SARAH: Que sí , que confío. Ahora a saber para qué.
•             STEVE: Bien, - Sacó un sobre de uno de los bolsillos de la chaqueta  y se lo entregó- Ábrelo.
Ella lo abrió y extrajo su contenido. Eran dos pasajes para París , para ese mismo fin de semana, en el tren rápido.

•             SARAH: ¿Qué se supone que es esto?
•             STEVE: Tú y yo nos vamos de fin de semana a París. Yo tengo que arreglar unas cosas y  no quería ir solo.

Ella no podía salir de su asombro.

•             SARAH: No sé qué decir.
•             STEVE: Entonces no digas nada.

La besó en la mejilla y salió prácticamente corriendo de la sala.”

Y la cámara que enfocaba parecía difuminarse, y la imagen desaparecer.


Para Sarah sin embargo, no eran los recuerdos lo que  le traían de cabeza. Muchas cosas se habían cruzado de golpe en los últimos días, demasiada información. Muchas reacciones a analizar, muchas equivocaciones que enmendar y una única persona en común con todas ellas.
No se sentía bien del todo consigo misma . Nunca había cometido tantos errores juntos,  jamás se había comportado así y no era una situación cómoda para ella, y menos aun tratándose de una persona que se supone que la había  querido tanto y que la había motivado lo suficiente como para no querer volver a su país.

Faltaban diez minutos para que la biblioteca cerrase y Steve aún continuaba en ella. Claramente había perdido la noción del tiempo cuando no menos del espacio,  siendo posible que se encontrase tan cómodo que creyese en realidad que estaba en su casa.
Su momento de soledad y concentración se vio interrumpida por la presencia de ella que fue a buscarle.

•             SARAH: Están a punto de cerrar.

Aquella voz no perturbó su presunta atención al libro que portaba  en las manos y leía con interés. Sólo un elegante gesto para mirar su reloj de muñeca, comprobando efectivamente  lo tarde que era, pero aún así, su nuevo gesto le devolvió al libro.

•             SARAH: ¿Llevas metido aquí sin salir desde antes del almuerzo?
•             STEVE: Es lo que se hace cuando el ambiente es tranquilo y uno tiene trabajo por hacer.
•             SARAH:  Bueno he…  venido para invitarte a cenar o a picar algo al menos. Hay una taberna típicamente irlandesa cerca de mi casa donde sirven unas deliciosas pintas de cerveza y unos fish  and chips deliciosos, y sobre todo rápidos.

Steve no parecía muy convencido cuando dejó el libro encima de la mesa y alzó los ojos para prestarle la atención que creía que debía ya que se dirigía a él, aunque en realidad lo más apropiado sería decir , que su rostro tenía bastante desconcertada a Sarah , la cual no sabía qué pensar.

•             SARAH: Vale , reconozco que no es el mejor plan del mundo, que podría invitarte a cenar tranquilamente a mi casa pero no tengo nada hecho y tardaría demasiado. También se podría llevar comida pero queda un poco cutre, y a la tuya – miró el reloj- no llegamos. Así que escogí un lugar rápido , bueno y que te resultase familiar. ¿te gusta la cerveza no?
•             STEVE: ¿Problemas para dormir?

Su actitud cada vez la desconcertaba más.

•             SARAH: No especialmente ¿por?
•             STEVE: Creo recordar que la cerveza te daba sueño.
•             SARAH: Y se ve que aún sigue haciéndolo, pero el vino no pega con ese menú. ¿qué me dices?

Steve cerró el libro, y se quedó pensativo. Sabía la respuesta desde el principio, pero prefirió conocer un poco más su objetivo con la invitación.

•             SARAH: ¡Venga! Tendrás que cenar digo yo.

Lo que más le agradaba a Steve era su tono de voz, sincero, como si nunca hubiera pasado nada, totalmente conciliador, y con una ternura en la cara que le recordaban a tiempos pasados. Demasiadas fotos fijas por un día.

•             STEVE: ¿Una tregua?

Las palabras justas en el momento propicio para bajarte a la más rotunda de las realidades, así era el Steve Lowell que ella estaba conociendo en este momento.

•             SARAH: Un nuevo comienzo. Una segunda oportunidad. Me da igual cómo quieras llamarlo. No sé ya cómo pedirte disculpas de todas las veces que parece debo habértelo dicho en el último mes.

Él volvió a mirar su reloj,  se levantó de la silla y cogió sus cosas.

•             STEVE: Tengo la moto en el parking.

El gesto serio de ella dio paso a una sonrisa de oreja a oreja.
En el ascensor no cruzaron palabra alguna. Por alguna razón,  ambos se encontraban muy tensos. Ella demasiado preocupada porque aquel que había denominado como nuevo comienzo saliese bien , y él por saber si todo aquello llevaría a un nuevo cambio de humor o salto inesperado de comportamiento.

Nada más llegar junto con la moto , ella se subió. Él la observaba resistiendo reírse porque por un momento le recordaba a una niña pequeña a la que le decían que pisaría Disneylandia por primera vez.
Cogió los cascos del maletero y se colocaba el suyo.

•             STEVE: Mis partes más queridas aún se acuerdan de la última vez que a mí se me ocurrió hacer eso con moto ajena.
•             SARAH: Es que la “Signora” es una dama muy exigente.
•             STEVE: Ah bien, entonces ya entiendo que se lleve tan bien contigo.

Aunque aquella ironía le molestase o le chirriase, prefirió pasársela como signo de buena voluntad.
Él le acercó su casco y ella se lo puso,  pero le costaba amarrárselo. Con la impaciencia por bandera, dada la tardanza , optó por  esperar para colocarse los guantes de cuero y cruzar los brazos.
•             STEVE: A este paso llegaremos con el local cerrado.
•             SARAH: Normalmente soy más rápida pero con el mío.

Se  acercó para ayudarla colocando los guantes en el tanque. Mientras cogía los laterales de la cinta de seguridad, ella buscaba una mirada cómplice que sólo encontró durante unos instantes .  Sarah   cogió los guantes  de dónde estaban y le observó con atención mientras se los colocaba  lentamente.  Estando dispuesto a subirse, ella se rodó hacia atrás,  y dando palmadas en el sillón de piel, le dijo:

•             SARAH: Vamos jinete, tu yegua te espera .

Con la mirada fue suficiente como para ponerla en una situación incómoda.

•             STEVE: Vaya,  una reentrada fuerte.
•             SARAH: - Intentó arreglarlo-  ¡Oh Dios! Sé lo que ha parecido, pero …………
•             STEVE: Déjalo ¿vas a quitar las manos o también pretendes que mis partes se sienten en ellas?
•             SARAH: - las retiró de golpe- lo siento.

Steve se subió a la moto, y sólo cuando se aseguró que ella no podía verle,  se rió silenciosamente y bien cubierto por  el casco .
Esta vez no hizo falta decirle que se agarrase a él. Apenas recién puestas las manos en el manillar, sintió que ella le rodeaba prácticamente y que su pecho quedaba junto a su espalda.
Realmente aquel nuevo comienzo comenzaba a interesarle , aunque su expectativa permanecía pendiente de algún posible arranque.

Nada más llegar al lugar, Steve se sintió como en casa, no sólo por la decoración,  sino incluso por el carácter de quienes atendían, entre ellos el dueño que conocía a Sarah desde hacía mucho tiempo y que se mostró encantado cuando se lo presentó.
Se sentaron en una de las mesas más alejadas de la puerta y del bullicio, aunque a decir verdad, la ventaja de ir un día entre semana es que estaba mucho más tranquilo.

Rara vez se recordaba a Sarah en una situación en la que le costase comenzar una conversación, pero con él, en esta ocasión se mostraba demasiado precavida.

•             STEVE: Ya que tú no pareces querer iniciar la conversación lo haré yo. ¿Hasta cuándo se supone que te va a durar?
•             SARAH: ¿El qué?
•             STEVE: La actitud conciliadora.

Franqueza y sinceridad, lo era y lo reclamaba, costase lo que costase.

•             SARAH: Eso es algo que no puedo garantizar.
•             STEVE: - bebiendo un sorbo – Arriesgado plantearlo entonces.

A la defensiva, táctica segura para él, lógica para ella.

•             SARAH: Sé que no he hecho las cosas como debería …..

Él la interrumpió.

•             STEVE: Eso me suena. Hazme un favor, ahórrate las disculpas posteriores.

De la postura defensiva pasó a la atacante justificativa.
Sarah decidió cambiar de técnica.

•             SARAH: ¿Cómo era la Sarah de la que te enamoraste?

Pregunta justa en momento justo. Su expresión fácil lo decía todo, y su tono aún dijo más.

•             STEVE: Querrás decir…………. la  que sigo amando.

Costándole tragar nada , decidió apurar su jarra sin miramiento a la cantidad. Por una vez , deseaba que apareciese un agujero en algún lado donde poder esconderse. ¿qué responder frente a eso?

Allí sentada, teniéndole en frente como el incipiente vencedor de aquella batalla convertida en eterna sin saber cómo.  Con la cabeza gacha y mirando hacia arriba devorando todo lo que se encontrase delante suyo, en este caso Sarah, era imposible intentar buscar una respuesta lógica .  Aquella “espada” se le estaba clavando cada vez más hondo, sólo cabía seguir hacia adelante.

Él, percatado de la reacción que de forma involuntaria había generado en ella, todavía dio una vuelta de tuerca más.

•             STEVE: ¿Demasiado franco? o ¿demasiado directo para ti?

Ella no podía evitar que sus ojos se fueran a su boca de forma constante. Aquella voz se metía en su cabeza para no salir.  Una voz que procedía de aquellos labios mostrados de forma natural mientras él jugueteaba con su lengua siendo consciente de que eran observados.

•             STEVE: ¿En serio quieres saberlo?

Sarah no respondió. Él se levantó de su silla, la cogió y la acercó justo a su lado. Lo suficientemente cerca como para resultar intimidante llegado el caso.
Con uno de sus brazos en el espaldar, el otro en la mesa y parte de su cuerpo inclinado hacia ella , mientras Sarah mantenía su vista al frente, aquella voz penetrante,  de dicción perfecta, comenzó a acariciarla mentalmente de nuevo.

•             STEVE: ¿En serio quieres saber por qué me enamoré de …..ti?  Nunca pude olvidar la forma en qué  me miraste aquel día en el salón de actos. Ya entonces comencé a confirmar la imagen que me había hecho de ti. El tiempo y conocerte más a fondo sólo lo confirmó. Una mujer  decidida, segura de sí misma, sin temor . Sabía lo que quería , cómo , dónde y cuándo. Previsora en la medida de lo posible pero sin que ello le impidiese ser arriesgada. Capaz de sorprenderme cada día con su espontaneidad que sabía utilizar a su conveniencia inteligentemente.  Le importaba poco lo que los demás dijeran de ella o de lo que hacía, no sentía la necesidad de justificarse ante los demás. – se acercó un poco más a ella- ¿Continúo?-  Tensa pero intentando disimular una calma fingida sintiéndole tan cerca y escuchándole hablar en aquel tono pausado y casi susurrante, se limitó a bajar la cabeza y él interpretó  que debía continuar- Una mujer capaz de amar infinitamente y sin medida, de entregarse sin rubor alguno porque su mente y su forma de entender las relaciones no se lo permitía. Capaz de que un hombre sepa lo afortunado que es  estando  loco por ella,   por su capacidad para hacerle sentirse deseado  todo el tiempo y en todo lugar, sin perder las formas o la perspectiva, pero sin retenerse.  Había días en que pasábamos horas interminables desnudos en la cama simplemente observándonos, sin nada que ocultar, con el alma al descubierto, y ser capaces de disfrutar más que con cualquier otra cosa, simplemente así, sin necesidad  si quiera de que nos tocásemos. Nuestros silencios eran especiales, y siempre recuerdo que transmitíamos más con ellos , que en una conversación.

Conforme continuaba hablando, su voz parecía ser la mano que a ella le parecía sentir subiendo desde su cintura lentamente por toda su columna vertebral hasta su cuello. Sensación tan placentera como arriesgada , producida por el escalofrío progresivo y gradual en intensidad que le producía escucharle así y ver tan gráficamente todo aquello que él decía.
Conscientemente, él se acercó aún más  percibiendo su perfume, un olor muy familiar.

•             STEVE: Especial. Pasional y tierna al mismo tiempo. Temperamental. La adoraba tanto por su capacidad para dejarme callado cuando la escuchaba,  como por lo sorprendido que me dejaba con su lenguaje no verbal, con todo su cuerpo. Y que a partir de aquellas Navidades no dejó de usar esta misma fragancia.

Aquello hizo que reaccionara.  Recordó la primera vez que entrando en una perfumería , ya en casa, al pasar al lado de un expositor un ligero olor le llegó de pronto. Lo estuvo buscando hasta que dio con él. No sabía por qué , pero aquella fragancia le resultaba familiarmente agradable, y fue a partir de entonces cuando decidió comprarla y usarla  preguntándose siempre  su origen tan conocido.
Sarah le miró. Entre sus rostros apenas habrían diez o quince centímetros de separación. Él , reteniéndose las ganas de besarla aunque le fuera difícil, y ella contrariada porque en sus adentros deseaba ser ella quién tomara la iniciativa y no terminaba de aceptarlo.
Steve retomó cierto gesto  de sonrisa irónica y lentamente se acercó apenas unos milímetros casi imperceptibles mientras ella no dejaba de mirarle los labios.

•             STEVE:  Hazlo .

No sentía voluntad ni fuerza. La mujer resistente y capaz de enfrentarse a él en otras circunstancias, se encontraba completamente desarmada.

•             SARAH: ¿El qué?

Habían pasado años, no muchos,  pero sí los suficientes. Tantos como para que las cosas , las sensaciones, los gestos de ella hacia él hubieran podido cambiar. La pérdida de memoria quizás…………….. Pero no. Cada gesto de su cuerpo, cada sensación transmitida, cada mirada a partes localizadas del cuerpo de él, nada había cambiado en realidad. Quizás más temerosa, desconfiada, algo más precavida , pero indudablemente aquella mujer que Steve tenía delante suyo, a escasos centímetros era ella. La Sarah que conocía tan bien pese al poco tiempo , y que aprendió a amar de forma incondicional sin esperárselo ni proponérselo a partir del instante en que ella cruzó su mirada con él el primer día de simposio. Una mirada fresca, confiada y segura cuyo mensaje oculto él supo descifrar al instante :” estás perdido , ya eres mío”. ¿La cafetería?  Ninguna reacción fue casual. Ella sabía que iría buscándola y nada más verlo comenzó a desarrollar su plan. 

Steve comenzaba a intercalar las nuevas imágenes de la Sarah dejada a su mano que tenía delante con la de la Sarah capaz de cogerle por el cuello de la camisa en un pasillo de la faculta, tirar de él rápidamente,  y empujarle al interior de alguna de las aulas o de los baños apoderándose   de su cuerpo a su antojo, con su connivencia  por supuesto.
Sabiéndose con ventaja, deseó seguir tirando del elástico un poco más para saber hasta dónde era capaz de llegar en aquel momento de supuesta debilidad.

Se le acercó al oído rozando toda su piel con la cara de ella, y le susurró.

•             STEVE: Aquello que estás deseando.

Ella , al sentir el cosquilleo de su aliento en el cuello, doblegó parte de su cabeza hacia la suya, y al volverse a incorporar Steve, su rostro tuvo el contacto pleno de su piel acariciándola con parte de sus labios.
Apenas un leve roce llegó a  contactar sus bocas sólo un instante. No había suficiente separación entre ambos, no circulaba suficiente aire entre ellos, ni suficiente voluntad.  Una sola mirada a sus ojos  y él no pudo continuar con aquella especie de juego comenzado de forma involuntaria.
Sólo fue capaz de seguir describiendo a la misma mujer que tenía a escasos centímetros, a una mujer incapaz de recordarse a sí misma amándole como lo hacía, recibiendo de él lo mejor y dándole todo cuanto de ella misma era capaz de dar.

No dejaba de resultar una sensación extraña. Hablar de alguien cuando lo tienes delante y  en esos términos, como si nunca hubiera estado o ya no existiera en las vidas de nadie , salvo en la de Steve de la que nunca había salido.

Su tono , pausado y tranquilo cambió. Aquellos susurros  iniciales, devoradores de su espíritu, pasaron a tener cierto aire de congoja añeja, de buen recuerdo más propio de un ambiente a la luz de las velas que de un local con gente. Casi de forma entrañable, Steve le habló de esa otra Sarah que , lejos de la mujer pasional y desbordante que le entró por primera vez en los ojos, fue descubriendo poco a poco pero sin ningún esfuerzo. La verdadera Sarah como le gustaba calificarla, la que de verdad se metía en el corazón y en la mente , y no salía nunca.

•             STEVE: ¿En serio quieres que te diga , por encima de todo,  qué fue lo que me enamoró de ella? Su inteligencia, su habilidad para descubrir en los demás lo bueno de cada uno y lo malo, su sexto sentido rara vez errado , su percepción de la realidad que la rodeaba y la manera cómo era capaz de transmitirla.  Hay una imagen que nunca se me ha borrado: apenas estaba amaneciendo, yo me desperté y ella ya no estaba, la busqué y entonces vi la imagen más hermosa que se podía ver. De píe, apoyada junto a la ventana, con su desnudez serena y la cabeza apoyados en la moldura de la ventana viendo amanecer. Tenía algo especial en su rostro, irradiaba una paz interior completamente indescriptible. Yo no le dije nada, sólo podía observarla pero ella lo notó. Me miró , y el sol ya aparecía con su luz anaranjada iluminándole toda su cara. No me dijo nada, sólo me miró y se sonrió levemente. No hicieron falta las palabras, ni los sonidos Sólo el silencio. Si estaba enojada por algo comenzaba a elevar la voz, y yo la miraba sonriente porque sabía que tarde o temprano se olvidaría, y así era. ¿Cómo no iba a enamorarme de ella? Era imposible no quererla, inútil no desearla. Nadie es capaz de entregarlo todo de esa forma y confiar como ella lo hizo a un desconocido,  sino es por instinto, y aquella Sarah lo hizo, confío por entero y aún no sé por qué. Imposible no seguirla amando.

Casi sin darse cuenta,  salvo al final, todos aquellos recuerdos le vinieron como una losa encima suya. Sólo hasta ese preciso instante, no se había dado cuenta realmente  de la posibilidad de haberla perdido. Aquella especie de autoafirmación de su realidad, la que les envolvió durante tres meses y la que le sumergió en un mar de dudas hasta ese momento y que aún lo ahogaba de forma incesante , le hacía más duro si cabe saber que , teniéndola al lado,  no se atrevía siquiera a tocarla por miedo a su reacción. Resultaba frustrante hasta para consigo mismo, sabiéndose  en tiempos atrás mucho más decidido y sin temor alguno pasase lo que pasase.
Sabía que era sólo cuestión de tiempo, pero se le agotaba la paciencia movido más por su fuero interno y lo que necesitaba expresarle,  que por la cordura que debía de mantener en estos momentos. Sólo abrazarla un instante, sólo con eso se hubiera conformado; sin embargo, debía contemplar cómo alguien que conocía bien,  se convertía en una desconocida delante suya. Como alguien de la que había disfrutado de cada centímetro de piel, de cada gota de sudor de su cuerpo , se marchaba de su lado cada tarde con un simple saludo más propio de quienes simplemente han sido y son conocidos  desde hace tiempo. Alguien de quien poseyó hasta sus entrañas, de quién tuvo su alma descubierta en sus manos, su dormitar cada noche y su sonrisa de buenos días cada mañana. Alguien a la que podía poseer de nuevo con muy poco esfuerzo, pero que sin embargo, no era ella.

Con la mirada perdida en algún punto de la mesa, sintió una cálida mano en la mejilla. Cerró los ojos y la apoyó casi dejándola caer.  Cuando los volvió a abrir, la vio a ella, a la Sarah que recordaba, complaciente, dulce, entregada para no verle sufrir, porque ella no quería que nadie sufriera a su alrededor. Aquella  que le decía “no  pasa nada, todo se arreglará mañana”, y sólo bastaba mirarla para entenderlo.

Ella se le fue acercando con la intención de besarle, y sólo cuando apenas quedaban unos milímetros para ello, él se incorporó. No podía hacerlo sin saber si era capaz de recordarle por entero tal y como era. Ella necesitaba recordar, pero él también necesitaba que aquellos años retrocedieran  , y que los tres meses vividos juntos recobraran toda la fuerza posible, de lo contrario los sentimientos se confundirían y esto sería una historia partida de cero , por lo menos para ella, nunca para él que partiría de lo que siempre ha sentido por ella, y que no había mermado en ningún momento.
Un gesto compasivo fue lo que ella encontró en él. 

•             STEVE: Será mejor que te acompañe a casa.

Ni ella misma era capaz de entender lo que había sucedido al final. Consciente de que había perdido el control  de la situación y que se dejó llevar sin importarle , es más, deseándolo, y que las cartas ya se habían descubierto sobre  que ciertamente sentía algo por él, ya nada había que ocultar, y sin embargo él había preferido interrumpir un desenlace más que previsible.

Silencio fue lo que les acompañó cuando la llevó a casa. La acompañó hasta su misma puerta,  pero aunque ella hubiese deseado decirle algo en el ascensor , tampoco se le ocurría cómo hacerlo. Con la llave dentro de la cerradura, ella aún intentaba pensar algo qué decir que no sonara a disculpa, porque en realidad tampoco sabía si se la debía o por qué.

•             STEVE: Buenas noches Sarah.

Y se marchaba  de nuevo hacia el ascensor. A ella sólo le quedó verlo irse, y a él, darse la vuelta un momento para asegurarse de que ella lo estaba viendo.

Ana Patricia Cruz López

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1 comentario:

  1. Me llevaste de un recuerdo hermoso, para pasar a una descripcion muy detallada de una sarah que a los ojos de el era sin mas lo unico bueno y real en su vida, para despues sentirme identificada con sarah con eso de que no le gustan las sorpresas hehehe a mi tampoco, para volver a descubrir a una mujer que despues de todo es vulnerable ante lo que siente, ante sus emociones y lo que la cabeza le dice que es lo propio, ciertamente una historia sin igual y espero seguir deleitandome mucho tiempo mas de estas OBRAS DE ARTE Gracias amada Canaria por esto que nos regalas semana a semana.

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